
Son las 12:29 del viernes 22 de noviembre de 1963. John F. Kennedy saluda a los ciudadanos de Dallas desde un lujoso auto convertible. Es un paseo por la Plaza Dealey, un acto político. Es un joven Presidente y su país es el más importante del mundo. Sonríe con ganas mientras ve cómo sus compatriotas agitan las banderas estadounidenses en agradecimiento por su visita. Un minuto después y tres balas impactan sobre su cuerpo. Una en la cabeza, otra en el cuello, otra en la garganta. Media hora después, la muerte.
A la mañana siguiente, Alberto Greco lee la noticia en el diario. Es argentino pero las vueltas de la vida lo llevaron a Madrid. había estado viajando mucho por Europa, conociendo de primera mano las vanguardias estéticas de eso que luego se llamó arte contemporáneo. Algo que él también hacía e impulsaba con pasión: romper con las casillas, los géneros y las disciplinas que se estancan en un molde. A Greco le interesaba, como siempre le interesó, ir más allá. Entonces lee la noticia de la muerte de Kennedy y sus ojos se vuelven enormes.
Cuando terminó de leer el diario, de analizar todos los detalles, de divagar por las incógnitas y las conspiraciones, pensó lo siguiente: “Tengo que hacer algo con ésto”. La idea quedó boyando en su cabeza todo el sábado. El domingo fue el funeral del Presidente de Estados Unidos. Asistieron representantes de 90 países, incluyendo la Unión Soviética. Cubierto con la bandera nacional, el cajón con los restos de Kennedy fue trasladado al Capitolio para una vista pública. Ese domingo, cientos de miles de personas visitaron el féretro.
Cuando Greco vio las imágenes del funeral, la idea se expandió en toda su cabeza. Volvió a pensar: “Tengo que hacer algo con ésto”. Entonces hizo recortes de distintos diarios y se puso a armar un collage. Esa era su nueva técnica, su nueva estética, donde ponía toda su potencia creadora. Lo terminó en un par de meses. Impresión fotográfica, tinta y gouache, todo sobre lienzo. Alrededor, un marco de 62,5 centímetros de alto por 53,5 centímetros de ancho. Lo tituló Asesinato de Kennedy. Hoy se conserva en el Museo Reina Sofía de Madrid.
Cuando lo expuso en sociedad tenía 33 años. Ya había transitado en el informalismo argentino junto a Baulari, Pucciarelli, Wells y Luis Felipe Noé y ya se había adentrado en el campo del arte conceptual. Estaba en Madrid, agitando esa nueva faceta artística que empezaba a nacer en España. A lo que hacía le llamaba “arte vivo” porque, además de ser un pintor multimedia, también hacía poesía. Era un combo brutal que funcionaba como un grito en medio del desierto aburrido del mundo.
Ya había pintado su famoso mural en la Facultad de Derecho de la UBA, ya había montado una muestra en la galería Antífona de Buenos Aires, en La Roue de París, en el Museo de Arte Contemporáneo de Brasil. Ya había lanzado durante la inauguración de la Bienal de Venecia un montón de ratas al paso del Presidente de Italia. Ya se había disfrazado de monja en Roma durante el Concilio Vaticano II. Ya le había mostrado al mundo su “arte vivo”, ya había trastocado los pilares solemnes del arte.
A los 34 años decidió que ya había vivido suficiente. Era octubre de 1965. Le avisó a sus amigos que se iba a suicidar, luego tomó una gran dosis de barbitúricos y se desvaneció. Lo encontraron en su casa de Madrid rodeado de lápices y carbonillas. Sobre la pared, se leía: “Esta es mi mejor obra”. Y en la palma de su mano izquierda, una palabra: “Fin”. Murió en el hospital. Como siempre quiso, su muerte fue una obra de arte. Cruel, doloroso, impactante. Pero obra de arte al fin. En sus palabras, “mi mejor obra”.
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