
I
En los últimos años, hubo un regreso, desde las catacumbas surrealistas del arte, de Leonor Fini.
En 2018 se hizo una retrospectiva de su obra en el MoSEX de Nueva York y Dior lanzó una colección inspirada en su obra, y en 2019 la Sala Alcalá 31 de Madrid montó una exposición con varios de sus cuadros más importantes. Del modo que sea, Fini vuelve, regresa, siempre con algo nuevo para decir, con la potencia que la caracteriza.
Pero empecemos por el principio: ¿quién es esta mujer? Es Argentina. Nació en Buenos Aires en 1907, pero ante una conflictiva separación de sus padres, debió irse con su madre, Malvina Braun Dubich, a una ciudad al norte de Italia, Trieste, en las orillas del mar Adriático, casi metida adentro de Eslovenia. Allí las esperaba su tío.
Leonor tenía apenas dos años y para que su padre, Herminio Fini, no la reconociera (amenazó con raptarla sino le dejaban ver a su hija), la vestían de varón. Así creció, con un miedo recurrente, con la sensación de fuga en sus venas.
II
En 1924, antes de cumplir sus 17 años, ya sabía muy bien lo que quería: pintar. Entonces decidió irse de su casa, dejar la comodidad del hogar, salir a conocer el mundo.
Primer destino: Milán. Allí conoció a los artistas Arturo Nathan y Carlo Sbisà, y a los escritores Italo Svevo y Umberto Saba, de quienes se hizo amiga. Y allí comprendió la importancia de la creación como fenómeno colectivo, como resultado de una conversación intelectual y estética grupal. Y entendió, además, el rol de la experiencia: abrir los ojos y observar con atención todo lo que la rodeaba.
Luego, en 1931, decidió que era hora de moverse. Próxima parada: París. Y el mundo se le abrió todavía más. Ingresó a los círculos intelectuales parisinos y al ambiente surrealista. Conoció a Max Ernst, Paul Eluard Georges Bataille, Henri Cartier-Bresson, Salvador Dali, André Pieyre de Mandiargues, Picasso, Jean Cocteau, Giorgio de Chirico y Alberto Moravia.
Con algunos tejió una amistad mayor, íntima. Incluso fue amante de algunos de ellos. Nadie le quitaba los ojos de encima. Además de su belleza y de su excentricidad, su obra era única, especial, novedosa, diferente. Y ella lo sabía.
III
¿Cómo definir a Leonor Fini? Fue una artista osada, intrépida, con una personalidad arrolladora. Bella y extravagante, posó desnuda para Cartier-Bresson. En esas sensuales postales en blanco y negro, su cuerpo parece bailar en el agua.
La pintura fue sólo un fragmento de su vida, también se dedicó al diseño de vestuario y escenografías para obras de teatro, diseñó el envase del perfume “Shocking”, ilustró obras de Edgar Allan Poe, Marcel Aymé, Charles Baudealire, Shakespeare y el Marqués de Sade, y escribió tres novelas en francés: Rogomelec, Moumour, Contes pour enfants velu y Oneiropompe.
El surrealismo es clave en su obra, pero trascendió ese encasillamiento. Le interesaba también explorar las formas rígidas de la moralidad y atravesarlas con todo su deseo. Hay mucho erotismo en sus obras, sobre todo en los autorretratos. Le gustaba socavar los roles femeninos pasivos para crear mujeres activas y lujuriosas.
Le interesaba la androginia, esa concepción no binaria pero múltiple de la sexualidad. “Une el aspecto mental del hombre con el lado imaginativo de la mujer. Me gustaría considerarme andrógina”, dijo una vez. En ese sentido, tenía concepciones muy adelantadas para su época.
IV
Para decirlo en pocas palabras: Leonor Fini vivió como pintaba: con estilo, con intensidad, con fascinación.
En esta pintura que aquí presentamos, Autorretrato con sombrero rojo, realizada en 1968 y la que hoy se encuentra en una colección privada, da cuenta de cómo vida y obra en ella se nutrían mutuamente. En la mirada de la artista retratada yace su potencia en todo su esplendor.
Por entonces, cuando pintó este cuadro, vivía en un departamento de París con 23 gatos persas, sus criaturas preferidas.
Murió en 1996, a los 87 años. Sus restos están en el Cementerio Saint-Dyé-sur-Loire de París. Pero siempre vuelve. Leonor Fini siempre vuelve con algo nuevo para decir, con la potencia que la caracteriza.
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