
No sólo pasó mucho tiempo desde el Quattrocento, sino que los documentos oficiales en torno a la vida de Piero della Francesca se han perdido. Por lo tanto, los datos biográficos son imprecisos o, para decirlo mejor, aproximados. Diremos, entonces, que este pintor italiano, geómetra y matemático llegó a Urbino alrededor del año 1469. Tenía 54 años y ya era un artista respetado. Como era común en la época, viajaba de ciudad en ciudad dependiendo de qué aristócrata compre sus servicios.
Allí, en ese municipio italiano, gobernaba desde 1444 el Duque Federico da Montefeltro, también conocido como Federico III, un hábíl diplomático, un conocedor de todas las artes y un entusiasta del conocimiento que ordenó la construcción de una gran biblioteca, quizá la mayor de Italia después de la Biblioteca Apostólica Vaticana. Cuando supo de las obras de Piero della Francesca, él mismo fue a recibirlo a la puerta.
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Ya establecido en Urbino, el pintor realizó diversos trabajos que se le iban solicitando, sin embargo ninguno tuvo la importancia ni la trascendencia que el retrato que el propio duque le pidió: pintar al matrimonio gobernante.
Su segunda esposa, Battista Sforza, acababa de fallecer a los 26 años, aunque posiblemente el cuadro lo empezó a realizar cuando la duquesa aún viva. Debía pintarla igual. Se cree que Piero della Francesca usó la máscara mortuoria para hacer el retrato, una copia fiel del rostro obtenida por la técnica de vaciado en yeso.
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Es un díptico, una obra con dos cuadros: de un lado el duque de Urbino, del otro la duquesa. Ambos se encuentran de perfil como los de las monedas romanas, un rasgo típico de la pintura italiana de la época. Hay además una influencia flamenca en la forma de colocar las figuras elevadas con un amplio paisaje de fondo.
Pero la obra, que lleva por título Díptico del duque de Urbino, no termina ahí. Hay un reverso. Es la representación de la llegada triunfal de ambos esposos a la villa de Urbino sobre carros alegóricos acompañados por ángeles y unicornios, símbolos de la castidad.
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Es una pintura romántica, en el sentido amoroso del término, y una obra que quedó en la historia, no sólo como postal de una época y de un estilo, sino también como una influencia. El cubismo, una de las grandes vanguardias del siglo XX, se apoyó en la técnica de composición de cuerpos geométricos de Piero della Francesca para construir sus retratos.
La obra es un óleo sobre tabla. Hoy está en la Galería de los Uffizi, un palacio en Florencia, Italia, construido en 1560 e inaugurado al público como museo en 1765. Allí hay colecciones muy antiguas y muy famosas. En 2015 la Galería de los Uffizi recibió casi dos millones de visitas. El Díptico del duque de Urbino es, sin dudas, una de sus mejores obras.
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