Juego de mujeres: “El hombre de la ventana”

“Como los relatos de Chejov, de Natalia Ginzburg, de Julio Ramón Ribeyro, estos cuentos quedan en la memoria menos por lo que cuentan que por la calidad inconfundible de su voz", escribió Leopoldo Brizuela. Los sábados Infobae Cultura reproduce las historias que integran este libro de la escritora argentina, un pequeño cosmos que sus protagonistas habitan solidariamente y con fraternidad de género

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Ilustración: Mapi de Aubeyzon
Ilustración: Mapi de Aubeyzon

Aunque hacía ya tres meses que vivía en ese edificio, Lucía no había prestado atención a un hombre que, como lo vio ese día y los que siguieron, solía pararse junto a la ventana de su departamento. El pulmón de manzana estaba oscuro cuando volvía de la oficina. Cerraba las cortinas apenas llegaba porque la oscuridad de afuera agravaba el silencio y la sensación de ajenidad que le producía el departamento nuevo. Pero a fines de septiembre la ventana comenzó a tomar un color gris blancuzco y Lucía corría las cortinas para que entrara la claridad. Ya no se acurrucaba en el rincón de la puerta de entrada para llorar la pérdida de sus hijas que, después del juicio de divorcio, vivían con el padre: empezaba a sentir un cosquilleo de optimismo repecto del maldito futuro.

A principios de octubre empezó a abrir la ventana y dejar que se colara el ruido de la calle, apenas amortiguado por las paredes de los edificios lindantes. También se filtraban voces que provenían de otras ventanas y, de vez en cuando, el canto de algún pájaro.

Un día Lucía notó que el hombre la miraba. Ella cocinaba un omelette de arvejas y sentía sus ojos sobre el costado de su cuerpo expuesto al vacío del ventanal. Terminó de cenar y miró: lo vio sentado de espaldas, frente a una computadora, esta vez desentendido de lo que sucediera hacia el pulmón de manzana. Llegó a distinguir, en el mismo ambiente, un televisor contra la pared de la izquierda, que estaba apagado, y delante del televisor una mesita y un sofá, quizá de caña, con almohadones probablemente de goma espuma. Parecía la casa de un hombre que vivía solo, como ella.

Después llovió durante dos tardes seguidas, el vidrio veteado de estrías no le permitía mirar hacia afuera y los sonidos se oían sofocados y lejanos. La última tarde lluviosa Lucía se esforzó por encontrar lo de siempre. Pudo ver una luz encendida en el departamento del hombre y su silueta borrosa en un rectángulo amarillo y opaco.

Un viernes de octubre Lucía vio llegar al hombre a su departamento con un montón de cajas de cartón que apoyó en el piso. Comenzó a sacar libros de las cajas y a colocarlos sobre los estantes de una pequeña biblioteca. Se le ocurrió que, si él estaba siempre frente a la computadora cuando ella volvía de trabajar y además tenía tantos libros, seguramente trabajaría en su casa y sería un intelectual —periodista, escritor, filósofo, profesor–. Quizás no le costaría coincidir con ella en que el futuro es un colosal chantajista que debe ser ignorado, que conviene avanzar un día tras otro sin esperar absolutamente nada. Y más, ese hombre tal vez le diría: cuando se te haga difícil no caer en su red, emborrachate hasta quedarte dormida. No sabía por qué le gustaba atribuirle ese escepticismo larvado, si nunca había intercambiado con él una sola palabra.

Esa noche Lucía no pudo dormir y fantaseó conver-saciones con el hombre de la ventana. A las cinco de la mañana lo imaginó en su cama, sintió que le susurraba en el oído, sos bella, Lucy, y de repente se tentó de la risa por el sonido de la palabra “bella”, tan cursi, y terminó desvelándose. Sentía las manos del hombre sobre su abdomen mullido, sobre sus nalgas a punto de acalam-brarse, y cuando las sintió en la entrepierna, saltó de la cama y se metió en la ducha.

La noche siguiente vio al hombre con las manos apoyadas sobre el marco de la ventana, mirando hacia afuera, el torso desnudo. La luz de su departamento lo alumbraba desde atrás y no le permitía ver sus rasgos. Apenas pudo reparar en que tenía una incipiente pelada y que los hombros eran redondos, lo que le daba un aspecto un poco encorvado. De golpe el hombre se dio vuelta y caminó unos pasos hacia adentro. Lucía lo vio sentarse en el sofá y hablar por teléfono. Ella se quitó la ropa y fue a la cocina a prepararse una ensalada de lechuga con huevo duro y zanahoria. ¿La estaría mirando? Abrió una botella de vino que le habían regalado en la oficina. Encendió la radio y puso el canal de música clásica. Mientras cenaba retomó la conversación que construía en su cabeza con el hombre de la ventana. Notó que, en las conversaciones, él la comprendía y acotaba frases brillantes que le producían confianza en sí misma. El efecto del vino fue útil para no sentir vergüenza por su desnudez, derivar en una conversación interesantísima y, también, para quedarse dormida.

Otro día, al volver del trabajo, Lucía subió las escale-ras de la torre opuesta hasta el primer piso. Observó que de ese lado las letras de los departamentos iban de la “A” a la “E” y que el departamento del hombre debía ser el “C”, porque la suya era la ventana del medio. Esa noche, al desvestirse, miró sus pechos en el espejo y los vio como los dos biberones fláccidos que habían amamantado a sus hijas. Trepó a la tapa del inodoro y se miró; de frente y de costado, después se puso de espaldas al espejo y enroscó la cabeza para mirarse atrás. Volvió a ponerse de frente y vio sus pechos bellos y eróticos. Esa noche comió un sándwich, enojada con su repentina frivolidad. Una cosa era acostumbrarse a aceptar su nueva vida y otra, muy distinta, olvidarse de todo lo que había perdido, dejándose llevar por el primario instinto. Se durmió llena de vergüenza. A la madrugada se despertó llorando, con la cara mojada: había tenido una pesadilla en la que estaban sus hijas. Apenas amaneció, llamó al padre para preguntarle por ellas.

El sábado se topó con el hombre de la ventana en la entrada del edificio. Se quejaba ante el encargado de que el diariero no le había dejado el libro de compra opcional que venía con el diario. Abrió la puerta de calle y el hombre la detuvo tomándola de un brazo.

—Esperá —dijo—. Nos conocemos. Vivís en el departamento que está frente al mío. Nuestras ventanas coinciden.

El hombre sonrió una mueca que Lucía no logró des-cifrar. Se quedó mirándolo. Después hizo unos pasos como para seguir su camino al mercadito chino de la esquina, como si no estuviese segura de conocerlo.

–Te invito a desayunar –dijo él–. Descongelo unas medialunas. Dale, así charlamos un rato. ¿Vivís sola, no?

El departamento era idéntico a como se veía por la ventana: la computadora, la tele, la mesita. Las pilas de libros ahora forraban las paredes, sobre repisas de melamina. Lucía confirmó que el sofá y la mesita eran de caña y los almohadones, de goma espuma. El hombre hablaba rápido y su tono de voz era chillón. Le contó que su padre había muerto hacía poco y se había traído todos sus libros. Mientras hablaba, encendía la cafetera eléctrica y ponía las medialunas en el microondas. Le contó cuánto tiempo había durado la enfermedad, cómo él se ocupó de ese hombre que lo había ningune-ado toda la vida, pero era hijo único y había sido su responsabilidad o, mejor dicho, no le había quedado otra y ahora tenía una sensación de extrañeza mientras revisa-ba los libros con sus anotaciones. No podría saber, verdaderamente, quién había sido su padre. Mientras hablaba, se detenía en algunos detalles como si nunca hubiera pensado en lo que estaba diciendo y escarbara un significado que antes se le había escurrido. Después dijo que su madre los había abandonado cuando él era muy chico.

El café era estupendo pero el microondas había estropeado las medialunas, que estaban pastosas. Lucía esperaba que se hiciera un silencio para contarle sobre ella, sobre sus hijas, que su abogado no había podido hacer nada para conseguir la tenencia. Pero de repente el hombre hizo dos pasos y ella se encontró boca arriba sobre los almohadones con un cuerpo fofo y torpe encima, que le gritaba que bajara sus pantalones, que lo acariciara, que lo apretara, que abriera la boca, puta de mierda, a qué carajo había venido. De golpe Lucía se puso a llorar suave, en silencio. Miró hacia su ventana, completamente blanca, porque a esa hora los rayos del sol se inclinaban hacia el lado opuesto, el lado en el que ella estaba ahora. Por un segundo se vio parada junto a su ventana, mirando hacia este lado que ahora conocía, desnuda, con unos brazos que rodeaban su cintura amorosamente, desde atrás, y no la aspereza en sus palmas y ese olor inmundo que emanaba de estos almohadones de goma espuma. De golpe, la imagen que veía desde su ventana se convirtió en una mancha borrosa. Ahora estaba con el jean a la altura de sus tobillos, sobre el sofá de caña, un hombre desnudo sobre ella, las piernas flexionadas hacia atrás, sus empeines sobre los almohadones. Empujó al hombre cuando vio que perdía su fuer-za, se levantó el jean, bajó la remera y manoteó el bolso. Alcanzó a distinguir una mueca de sorna en aquella cara horrible.

Ilustración: Mapi de Aubeyzon.

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