
“El color tiene que hacerlo todo”, le dijo Vincent van Gogh a su hermano Theo en una carta del 16 de octubre de 1888.
Dos años antes de morir, este pintor holandés, uno de los más grandes de la historia, se despertó con una nueva obsesión. Por supuesto, tenía que ver con el color y las formas. “Quiero expresar un reposo absoluto mediante todos los tonos de mi cuarto”, le escribió a su hermano.
Los tonos eran tangibles, palpables. Así los describió en la carta: “Los muros lila pálido, el suelo de un rojo gastado y apagado, las sillas y la cama amarillo de cromo, las almohadas y la sábana verde limón muy pálido, la manta roja sangre, la mesa de aseo anaranjada, la palangana azul, la ventana verde".
Estaba en la ciudad francesa de Arlés en el número 2 de la Place Lamartine, Bocas del Ródano, Francia, conocida como la Casa Amarilla. Era la primera habitación propia que tenía Van Gogh y, como tal, apareció aquella obsesión: pintarla, pero no de cualquier forma, ni con un realismo duro ni con metáforas estridentes; “el color tiene que hacerlo todo”.
Lo pintó en 1888 y luego, al año siguiente, pintó dos copias más. La primera pintura, que se deterioró en una inundación ocurrida durante la hospitalización del pintor, está en el Museo Van Gogh de Ámsterdam. De las otras dos, una está en el Art Institute de Chicago y la otra en el Museo de Orsay.
Eligió ese título, simple y directo: El dormitorio en Arlés. Muchos pintores suelen poner nombres rimbombantes y excéntricos para dar un vuelo interpretativo a la obra. Otros, como Van Gogh, prefieren que el título no repercuta en la apreciación. Era un pintor postimpresionista: los colores y sus formas lo son todo.
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