La belleza del día: “El almuerzo de los remeros”, de Pierre-Auguste Renoir

En tiempos de incertidumbre y angustia, nada mejor que regalarse imágenes hermosas

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El almuerzo de los remeros
El almuerzo de los remeros (1881) de Pierre-Auguste Renoir

Una tarde de descanso, posiblemente de domingo, en la terraza del restaurante Maison Fournaise es la escena que pinta Pierre-Auguste Renoir en esta obra de 1881 titulada El almuerzo de los remeros.

Los que están allí, bebiendo, charlando y riendo, son sus amigos y algunos clientes habituales del lugar ubicado sobre el río Sena en Chatou, Francia. Actrices, periodistas, barones, remeros. También su hermana Alphonsine y quien más adelante, en 1890, se casaría con él, Aline Charigot, de profesión costurera.

Para entonces, Renoir ya era un pintor destacado en el mundo del arte. Había pintado obras que pasarían a la historia de la pintura como El cabaret de la mère Anthony (1866), Paseo a caballo en el bosque de Boulogne (1873), El palco (1874) y Baile en el Moulin de la Galette (1876). Cuando pintó El almuerzo de los remeros estaba, podría decirse, en su punto más alto de creatividad.

A diferencia de otros artistas de la época que también pintaban exacerbando la luz y el color, Renoir ofrece una interpretación más sensual del impresionismo, más inclinada a lo ornamental y a la belleza, y retratando escenas sociales donde, en general, los protagonistas ríen, se divierten y muestran la alegría de vivir.

En cierto aspecto es un pintor clásico, porque siempre está mirando el pasado, obras emblemáticas de siglos anteriores y sobre ellas se apoya para crear las suyas. Por ejemplo, El almuerzo de los remeros evoca ciertos elementos profanos de Las bodas de Caná (1563) de Paolo Veronese, una de las preferidas de Renoir. Además, por supuesto, está su paleta de colores luminosos, que es muy particular.

El almuerzo de los remeros fue presentado en la séptima exposición impresionista, año 1882, y fascinó a todos. Sabiendo el potencial de esta obra, el marchand Durand-Ruel la compró y la llevó a recorrer el mundo. Londres, Nueva York, Boston... en todas las ciudades donde la presentaba, la obra fascinaba.

En 1923 la compró el coleccionista Duncan Phillips por 125 mil dólares para galería que había fundado dos años antes. Allí está hoy la obra, en la Colección Phillips, el museo de arte ubicado en Washington, Estados Unidos, esperando que nuevas visitas lleguen y, como ocurre desde 1882, se fascinen al verla.

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