“El palacio de hielo”, un cuento de Francis Scott Fitzgerald

Infobae Cultura reproduce un relato del gran autor estadounidense, que pertenece al libro “Flaperas y filósofos”, su primer libro de textos breves, publicado recientemente por editorial Godot. #CuentosEnInfobae

infobae-image

La luz del sol salpicaba la casa como pintura dorada en un jarrón ornamental, y las motas de sombra aquí y allá no hacían más que acentuar el rigor del baño de luz. Las casas de los Butterworth y los Larkin, a cada flanco, se atrincheraban tras unos enormes árboles fornidos; solo la casa de los Happer recibía el sol de lleno y durante todo el día miraba la polvorienta calle-carretera con paciencia tolerante y bondadosa. Esta era la ciudad de Tarleton en el extremo sur de Georgia, una tarde de septiembre.

Arriba, junto a la ventana de su dormitorio, Sally Carrol Happer apoyó el mentón de diecinueve años en el alféizar de cincuenta y tan- tos, y observó cómo el viejísimo Ford de Clark Darrow doblaba la es- quina. En el coche hacía calor —al ser en parte metálico, retenía todo el calor que absorbía o emitía— y Clark Darrow, muy erguido al volante, tenía una expresión dolorida, crispada, como si se considerara a sí mismo una pieza de repuesto y con ciertas probabilidades de rom- perse. Cruzó laboriosamente dos surcos de polvo, con un chirrido indignado de las ruedas ante el encuentro, y luego con expresión ate- rradora le dio un tirón final a la dirección y depositó coche y persona más o menos enfrente del umbral de los Happer. Se oyó un resuello lastimero, un estertor, seguido de un breve silencio; y luego un silbido alarmante hendió el aire.

Sally Carrol bajó soñolienta la mirada. Empezó a bostezar, pero, como le resultaba totalmente imposible si no levantaba el mentón del alféizar, cambió de parecer y continuó en silencio contemplando el coche, cuyo dueño estaba sentado magnífica aunque mecánicamente en posición de firmes esperando una respuesta a su aviso. Al cabo de un momento, el silbido partió otra vez el aire polvoriento.

—Buenos día.

Con dificultad Clark dobló su cuerpo largo y torció la vista ha- cia la ventana.

—Ya pasó el mediodía, Sally Carrol.

—Cierto, ¿no?

—¿Qué haces?

—Me estoy comiendo una manzana.

—Vamos a nadar, ¿dale?

—Calculo que sí.

—¿Y si te das prisa?

—Cierto.

Sally Carrol lanzó un suspiro voluminoso y con profunda iner- cia se levantó del piso, donde había ocupado el tiempo de a ratos des- trozando pedazos de una manzana verde, de a ratos pintando muñecas de papel para su hermana menor. Se acercó a un espejo, contempló su expresión con languidez complacida y placentera, se aplicó dos toquecitos de rouge en los labios y una pizca de polvo en la nariz, y se cubrió el pelo cortado a lo bob, de color maíz, con una gorra para el sol atestada de rosas. Acto seguido pateó sin querer el agua de la pintura y la volcó, dijo: “¡Maldición!” (pero la dejó tirada) y salió de la habitación.

—¿Qué tal, Clark? —inquirió un minuto después, mientras se deslizaba con soltura por sobre el costado del coche.

—Formidable, Sally Carrol.

—¿Adónde vamos a nadar?

—Al remanso de Walley. Le dije a Marylyn que pasábamos a buscarlos a ella y a Joe Ewing.

Clark era moreno y delgado, y al caminar tendía a encorvarse un poco. Tenía unos ojos ominosos y una expresión algo malhumora- da excepto cuando se iluminaba alarmantemente con una de sus fre- cuentes sonrisas. Clark tenía “ingresos” —apenas lo suficiente para mantenerse a sí mismo con holgura y al auto con gasolina— y se había pasado los dos años desde su graduación en la Tecnológica de Georgia adormilado por las calles perezosas de su ciudad natal discutiendo cómo invertir mejor su capital para hacer una fortuna inmediata.

Andar dando vueltas por ahí no le resultaba para nada difícil; un grupo de niñas se habían convertido en bellezas, la increíble Sally Carrol primera entre todas; y disfrutaban que nadasen con ellas y bailasen con ellas y trataran de conquistarlas en las floridas tardes vera- niegas. Y a todas les gustaba muchísimo Clark. Cuando la compañía femenina dejaba de ser interesante, había otros cinco o seis muchachos que siempre estaban justo por hacer algo y, mientras tanto, estaban más que dispuestos a sumársele para unos hoyos de golf o un partido de billar o para beberse un cuarto de galón de “un fuerte licorcito amarillo”. Cada tanto, alguno de estos coetáneos hacía una ronda de visitas de despedida antes de marcharse a Nueva York o a Filadelfia o a Pittsburgh para dedicarse a los negocios, pero por lo general simplemente se quedaban en ese paraíso aletargado de cielos de ensueño y noches de luciérnagas y bulliciosas ferias callejeras de negros; y, en especial, de muchachas amables de voz suave criadas a base de re- cuerdos en lugar de dinero.

Tras inducir al Ford a una suerte de vida inquieta y rencorosa, Clark y Sally Carrol fueron traqueteando por la avenida Valley hasta la calle Jefferson, donde la carretera de tierra se convirtió en asfalto; a través de la soporífera calle Millicent, donde había media docena de mansiones prósperas y sólidas; y hacia la zona del centro. Conducir por aquí era peligroso, pues era la hora de las compras; los pobladores deambulaban despreocupados por las calles y una manada de bueyes era arreada entre gemidos leves delante de un plácido tranvía; incluso las tiendas parecían solo abrir sus puertas de un bostezo y hacer parpadear sus escaparates al sol antes de retraerse a un estado de coma total y finito.

—Sally Carrol —dijo Clark de repente—, ¿es un hecho que estás comprometida?

Ella lo miró al instante.

—¿Dónde oíste eso?

—Estás comprometida, ¿cierto?

—¡Pero qué pregunta!

—Una chica me contó que te has comprometido con un yanqui que conociste allá en Asheville el verano pasado.

Sally Carrol suspiró.

—Jamás se ha visto un pueblo más chismoso que este.

—No te cases con un yanqui, Sally Carrol. Acá te necesitamos. Sally Carrol se quedó un momento en silencio.

—Clark —lo interrogó de repente—, ¿con quién diablos me voy a casar?

—Ofrezco mis servicios.

—Cariño, tú no podrías mantener a una esposa —le contestó risueña—. Igual, te conozco de sobra como para enamorarme de ti.

—Eso no quiere decir que tengas que casarte con un yanqui

—perseveró.

—Pongamos que lo quiero. Él negó con la cabeza.

—No podrías. Sería muy distinto de nosotros, en todo.

Se interrumpió al detener el coche frente a una casa intrincada, ruinosa. Marylyn Wade y Joe Ewing aparecieron en la entrada.

—Hola, Sally Carrol.

—¡Ey!

—¿Qué tal todos?

—Sally Carrol —la interrogó Marylyn cuando reanudaron la marcha—, ¿te comprometiste?

—Por Dios, ¿de dónde salió todo esto? ¿No puedo ni mirar a un hombre sin que todo el pueblo me esté comprometiendo con él?

Clark miraba al frente con los ojos clavados en un pestillo del estruendoso parabrisas.

—Sally Carrol —dijo con curiosa intensidad—, ¿no te gustamos nosotros?

—¿Qué?

—Nosotros, los de acá.

—Vamos, Clark, tú sabes que sí. Los adoro a todos, muchachos.

—Entonces, ¿por qué vas y te comprometes con un yanqui?

—No sé, Clark. No tengo claro qué voy a hacer, pero…, bueno, quiero conocer lugares y ver gente. Quiero que mi mente crezca. Quiero vivir donde las cosas suceden a gran escala.

—¿A qué te refieres?

—Ay, Clark, yo te quiero, y a este, Joe, también, y a Ben Arrot, y a todos ustedes, pero ustedes…, ustedes van…

—¿A ser todos unos fracasados?

—Sí. No me refiero al fracaso económico solamente, sino a algo como…, como ineficaces y tristes y…, ay, ¿cómo te digo?

—¿Te refieres a que nos quedamos aquí en Tarleton?

—Sí, Clark; y a que les gusta, y nunca quieren cambiar las cosas o pensar o avanzar.

Él asintió y ella se le acercó y le apretó la mano.

—Clark —le dijo con suavidad—, no te cambiaría por nada del mundo. Eres un dulce así como eres. Esas cosas que te hacen un fracaso siempre las voy a amar: que vivas en el pasado, los días y noches de ocio que pasas, y toda esa despreocupación y generosidad tuya.

—¿Pero te vas?

—Sí; porque jamás podría casarme contigo. Ocupas un lugar en mi corazón que ningún otro podría ocupar jamás, pero atada a este lugar me pondría inquieta. Sentiría que estoy... desperdiciándome. Mira, yo tengo dos costados. El costado soñoliento de siempre que tú amas; y una especie de energía: ese sentimiento que me impulsa a hacer cosas alocadas. Esa es la parte mía que podría ser útil en algún lado, la que va a perdurar cuando yo no sea ya hermosa.

Se interrumpió de esa manera repentina característica suya y suspiró: “¡Ay, dulzura!”, en tanto su estado de ánimo cambiaba.

Entrecerrando los ojos y echando la cabeza atrás hasta apoyarla en el respaldo, dejó que la brisa deliciosa le abanicara los ojos y ondeara los esponjosos rizos de su pelo cortado a lo bob. Iban por el campo ahora, a toda prisa entre marañas de matas y pastos verde brillante y árboles altos cuyas ramitas con follaje pendían en fresca bienvenida sobre la carretera. Cada tanto pasaban delante de alguna cabaña de ne- gros destartalada donde el más viejo y canoso de los moradores fumaba una pipa de mazorca junto a la puerta y media docena de negritos escasos de ropa hacían desfilar sus muñecas andrajosas sobre el pasto salvaje del frente. Más allá se veían unos perezosos campos de algodón en los que incluso los trabajadores parecían sombras intangibles prestadas a la tierra por el sol, no para trabajar sin tregua, sino para entretener cierta tradición ancestral en los campos dorados de septiembre. Y rodeando el pintoresquismo adormilado, sobre los árboles y las chozas y los ríos barrosos, fluía el calor, nunca hostil, solo reconfortante, como un enorme y tibio seno nutritivo para la tierra infante.

—Sally Carrol, ¡llegamos!

—La pobre duerme como un tronco.

—Cariño, ¿al fin te moriste de pura pereza?

—¡Agua, Sally Carrol! ¡El agua fresca te espera! Sus ojos se abrieron soñolientos.

—¡Ey! —murmuró con una sonrisa.


II

En noviembre Harry Bellamy, alto, ancho y brioso, bajó des- de su ciudad norteña para pasar cuatro días. Su intención era arreglar un asunto que había quedado en suspenso desde que él y Sally Carrol se conocieron en Asheville, Carolina del Norte, a mediados del vera- no. El arreglo no llevó más que una tarde tranquila y una nochecita delante de un hogar encendido, ya que Harry Bellamy tenía todo lo que ella quería; y, además, lo amaba: lo amaba con ese costado que ella reservaba especialmente para amar. Sally Carrol tenía varios costados definidos con cierta claridad.

La última tarde salieron a caminar y ella notó que sus pasos se dirigían seminconscientemente hacia uno de sus lugares preferidos, el cementerio. Cuando lo tuvieron a la vista, blanco grisáceo y verde dorado bajo el sol risueño de la última hora, ella se detuvo, indecisa, ante la puerta de hierro.

—¿Eres por naturaleza sombrío, Harry? —le preguntó esbozando una sonrisa.

—¿Sombrío yo? No.

—Entremos acá, entonces. A algunos los deprime, pero a mí me gusta.

Atravesaron el portón de entrada y siguieron un sendero que pasaba por un ondulado valle de tumbas: de un gris polvoriento y enmohecidas las de los cincuenta; con un singular tallado de flores y jarrones las de los setenta; recargadas y espantosas las de los noven- ta, con unos querubines gordos de mármol en sueño letárgico sobre almohadones de piedra y enormes ramos imposibles de unas flores de granito desconocidas. Cada tanto veían alguna figura de rodillas con un tributo de flores, pero en la mayoría de las tumbas había silencio y hojas marchitas con la fragancia apenas que su propio recuerdo borroso podía evocar en las mentes de los vivos.

Llegaron a lo alto de una colina, donde los enfrentó una lápida alta, circular, moteada de manchas oscuras de humedad y seminvadida por las enredaderas.

—Margery Lee —leyó ella—; 1844-1873. Qué linda, ¿no? Murió a los veintinueve. Querida Margery Lee —agregó suave—.

¿No la ves, Harry?

—Sí, Sally Carrol.

Él sintió una manito que se insertaba en la suya.

—Era morena, me imagino; y siempre se ponía una cinta en el pelo y unas preciosas faldas con miriñaques en azul Alicia y rosa viejo.

—Sí.

—¡Ay, era una dulzura, Harry! Y era esa clase de chica naci- da para recibir a la gente de pie en un porche amplio, con columnas. Me imagino que tal vez muchos hombres se fueron a la guerra con la intención de regresar y estar con ella; pero quizá nunca volvió ninguno.

Él se agachó junto a la lápida en busca de algún registro de matrimonio.

—No hay nada aquí que lo demuestre.

—Claro que no. ¿Cómo podría haber ahí algo mejor que “Margery Lee” nada más y esa elocuente fecha?

Ella se le acercó y a él se le subió un nudo inesperado a la gar- ganta cuando ese pelo rubio le rozó la mejilla.

—Puedes ver cómo era, ¿no, Harry?

—La veo —asintió él con ternura—. La veo a través de tus ojos preciosos. Estás hermosa ahora, por eso sé que ella debió ser hermosa también.

Juntos y en silencio se quedaron allí, y él le sintió un leve tem- blor en los hombros. Una brisa mansa barrió la colina y agitó el ala del alicaído sombrero de Sally Carrol.

—¡Bajemos hasta allá!

Apuntaba hacia una extensión plana del otro lado de la colina donde, a lo largo de la hierba verde, había un millar de cruces de un blanco casi gris, extendidas en interminables filas ordenadas, como los pabellones de fusiles de un batallón.

—Esos son los confederados muertos —dijo Sally Carrol con sencillez.

Las recorrieron leyendo las inscripciones, siempre un nombre y una fecha únicamente, a veces por completo indescifrables.

—La última fila es la más triste; allá, ¿la ves? Todas las cruces

tienen solamente una fecha y la palabra “Desconocido”.

Lo miró y los ojos se le inundaron de lágrimas.

—No puedo explicarte lo real que es esto para mí, querido, si tú no lo sabes.

—Como lo sientes me parece hermoso.

—No, no, no soy yo, son ellos... ese tiempo lejano que he pro- curado mantener vivo en mí. Estos fueron hombres no más, sin im- portancia, es evidente, o no habrían sido “desconocidos”; pero murieron por lo más hermoso del mundo: el sur muerto. Mira —continuó, con la voz aún tomada, los ojos brillantes de lágrimas—, la gente tiene sueños y se los infunde a las cosas y yo me crié siempre con ese sueño. Fue así de fácil porque todo estaba muerto y nada podría causarme una desilusión. De alguna manera he intentado estar a la altura de esos antiguos valores de nobleza obliga; quedan apenas los últimos restos,

¿sabes?, como las rosas de un viejo jardín que se van muriendo a nuestro alrededor: trazos de inusual cortesía y caballerosidad en algunos de estos muchachos y las historias que le escuchaba contar a un sol- dado confederado que vivía al lado de mi casa y unos pocos negros viejos. ¡Ay, Harry, había algo ahí, había algo ahí! Jamás podría hacerte entender, pero estaba ahí.

—Entiendo —volvió a asegurarle él con serenidad.

Sally Carrol sonrió y se secó los ojos con la punta de un pañuelo que sobresalía del bolsillo delantero de Harry.

—No estás deprimido, ¿no, amor? Hasta cuando lloro soy feliz acá, y de eso saco una especie de fortaleza.

Tomados de la mano dieron media vuelta y se alejaron despacio. Cuando encontraron pasto blando, ella lo hizo sentarse a su lado con las espaldas contra los restos de una parecita rota.

—Ojalá se largaran esas tres ancianas —protestó él—. Quiero besarte, Sally Carrol.

—Yo también.

Esperaron impacientes que las tres figuras dobladas se retiraran y luego ella lo besó hasta que el cielo pareció desvanecerse y todas las sonrisas y lágrimas de ella, esfumarse en un éxtasis de segundos eternos.

Después regresaron caminando despacio, mientras en las esquinas el crepúsculo jugaba una partida soñolienta de damas blancas con- tra negras con el final del día.

—Estarás allá más o menos a mediados de enero —dijo él— y tienes que quedarte un mes como mínimo. Va a ser impecable. Hay un carnaval de invierno y si nunca viste nieve de veras va a ser para ti como el país de las hadas. Va a haber patinaje y esquí y toboganes y trineos, y toda clase de desfiles de antorchas en raquetas para nieve. No ha habido algo así en años, así que va a ser sensacional.

—¿Voy a pasar frío? —preguntó ella de repente.

—Desde luego que no. Puede que se te congele la nariz, pero no vas a tiritar de frío. Es un clima severo y seco, ¿sabes?

—Creo que soy una criatura veraniega. Nunca me gustó el frío. Ella se calló y se quedaron los dos en silencio un minuto.

—Sally Carrol —dijo él muy despacio—, ¿qué dices si... en marzo?

—Digo que te amo.

—¿Marzo?

—Marzo, Harry.


III

Toda la noche hizo mucho frío en el coche cama. Tocó el timbre para pedirle otra manta al camarero y, cuando este no pudo dársela, in- tentó en vano, haciéndose un ovillo en el fondo de su litera y plegando la ropa de cama, arrebatar unas horas de sueño. Quería verse lo mejor posible en la mañana.

Se levantó a las seis y tras deslizarse incómoda dentro de su ropa fue tambaleándose al coche restaurante a tomar una taza de café. La nieve se había filtrado a los descansillos y cubría el piso con una capa resbaladiza. Era intrigante el frío este; se colaba por todos lados. El aliento era bien visible y sopló al aire con ingenuo placer. Sentada en el coche restaurante contempló a través de la ventanilla colinas y valles blancos y pinos dispersos, cuyas ramas eran cada una un plato ver- de para un frío festín de nieve. A veces la casa solitaria de una granja pasaba volando, fea y lóbrega y desolada sobre la blanca inmensidad; y, con cada una, ella sentía un momentáneo escalofrío de compasión por las almas encerradas ahí dentro esperando la primavera.

Dejó el coche restaurante y al regresar al coche cama meciéndose de un lado a otro experimentó un vertiginoso acceso de energía y se preguntó si acaso estaría sintiendo aquel aire vigorizador del que había hablado Harry. ¡Esto era el norte, el norte: su tierra ahora!

—Pues, vientos, ¡a soplar! Que ya me lanzo a andar —canturreó exultante para sí.

—¿Cómo dijo? —inquirió amable el camarero.

—Dije: “Mi abrigo, lo tiene que cepillar”.

Los largos cables de los postes del telégrafo se duplicaron; dos vías corrían a la par del tren, tres..., cuatro; vino una sucesión de casas de techo blanco, la imagen fugaz de un tranvía con las ventanillas cubiertas de escarcha, calles, más calles, la ciudad.

Se quedó durante un segundo de estupor en la estación escarchada hasta que vio tres figuras envueltas en pieles que se abalanzaban hacia ella.

—¡Ahí está!

—¡Sally Carrol!

Sally Carrol soltó su bolso.

—¡Ey!

Una cara helada apenas familiar la besó y luego estaba en me- dio de un grupo de caras que parecían emitir grandes nubes de humo espeso; les daba la mano. Eran Gordon, un hombre bajo y vehemente de unos treinta años, que parecía un aporreado modelo amateur de Harry, y su esposa, Myra, una mujer apática de pelo rubio paji- zo bajo una gorra de piel para automóvil. Casi de inmediato, Sally Carrol pensó que tenía algo de escandinava. Un chofer risueño agarró su bolso y, entre rebotes de frases a medias, exclamaciones y apáticos, mecánicos “mis queridos” por parte de Myra, salieron en tropel de la estación.

Después iban en un sedán que rumbeó por una tortuosa suce- sión de calles nevadas, donde decenas de chiquillos enganchaban trineos de los furgones de comestibles y de los automóviles.

—¡Guau! —gritó Sally Carrol—. ¡Quiero hacer eso!

¿Podemos, Harry?

—Eso es para niños. Pero podríamos...

—¡Parece tremendo circo! —dijo ella lamentándose.

Su casa era una intrincada edificación de madera sobre un blanco lecho de nieve y allí conoció a un hombre corpulento, canoso, que le cayó bien, y a una mujer que parecía un huevo y que le dio un beso: eran los padres de Harry. Transcurrió una hora sin respiro, indescriptible, atiborrada de oraciones a medias, agua caliente, tocino con huevos y confusión; y luego se halló a solas con Harry en la biblioteca, preguntándole si no sería imprudente que fumara.

Era una habitación grande con una virgen sobre la chimenea y filas y más filas de libros con cubiertas en oro claro y oro oscuro y rojo brillante. Todas las sillas tenían cuadraditos de encaje para apoyar la cabeza, el sofá era meramente cómodo, los libros daban la impresión de haber sido leídos —algunos— y Sally Carrol tuvo una visión instantánea de la vieja y destartalada biblioteca de su casa, con los enormes libros de medicina de su padre y los óleos de sus tres tíos abuelos y el viejo sofá que habían ido remendando durante cuarenta y cinco años y donde aún era un lujo soñar. Esta habitación no le resultaba ni atractiva ni otra cosa en particular. Era simplemente una habitación con un montón de cosas bastante caras que parecían no tener más de quince años.

—¿Qué te parece el norte? —interrogó Harry con vehemencia—. ¿Te sorprende? Quiero decir, ¿es lo que esperabas?

—Tú eres, Harry —dijo ella en voz baja y le tendió los brazos.

Pero después de un beso corto, él pareció ansioso por sonsacarle algún entusiasmo.

—El pueblo, quiero decir. ¿Te gusta? ¿No sientes la chispa en el aire?

—Ay, Harry —rio ella—, vas a tener que darme tiempo. No me estés acribillando a preguntas.

Ella aspiró del cigarrillo con un suspiro de satisfacción.

—Una sola cosa quiero pedirte —empezó él como disculpándose—; ustedes los sureños ponen mucho énfasis en la familia y todo eso; que está muy bien, pero vas a ver que acá es un poco distinto. Quiero decir: vas a notar un montón de cosas que te van a parecer una especie de exhibición vulgar al principio, Sally Carrol; pero solo recuerda que este es un pueblo de tres generaciones. Todos tienen un padre y más o menos la mitad tenemos abuelos. Más atrás no llegamos.

—Por supuesto —murmuró ella.

—Nuestros abuelos, verás, fundaron este lugar y muchos tuvieron que ocuparse en trabajos de lo más insólitos mientras lo fundaban. Por ejemplo, hay una mujer que actualmente es algo así como el modelo social del pueblo; bueno, su padre fue el primer recolector de basura público; cosas por el estilo.

—Vaya —dijo Sally Carrol, perpleja—, ¿creíste que iba a hacer comentarios sobre la gente?

—Para nada —interrumpió Harry—; y no me estoy disculpando por nadie tampoco. Es solo que..., bueno, una chica sureña vino el verano pasado y dijo algunas cosas poco afortunadas y..., eh, solo creí que debía contártelo.

Sally Carrol de pronto se sintió indignada como si le hubieran dado una nalgada injusta; pero era claro que Harry consideraba cerrado el asunto, pues continuó con un arranque de entusiasmo.

—Es época de carnaval, ¿sabes? El primero en diez años. Y ahora están construyendo un palacio de hielo, el primero que hacen desde el 85. Construido con bloques del hielo más cristalino que encontraron, a una escala tremenda.

Ella se puso de pie y, acercándose a la ventana, corrió de un tirón el pesado cortinaje turco y miró hacia afuera.

—¡Ah! —gritó de pronto—. ¡Hay dos chiquillos haciendo un muñeco de nieve! Harry, ¿te parece que puedo salir a ayudarlos?

—¡Estás soñando! Ven acá y dame un beso. Ella se alejó de la ventana con cierta renuencia.

—No parece que este clima invite mucho a besarse, ¿no? Quiero decir, no hace que te den ganas de quedarte sentado, ¿no?

—No vamos a quedarnos sentados. Tengo vacaciones la primera semana que vas a estar acá y hay una cena-baile esta noche.

—Ay, Harry —le confesó, desplomándose en un ovillo, me- dio cuerpo en su falda, medio sobre los almohadones—, realmente me siento confundida. No tengo idea de si me va a gustar o no, y no sé qué espera la gente o qué sé yo. Vas a tener que decírmelo tú, cariño.

—Yo te lo voy a decir —le dijo él con suavidad—, si tú me dices que estás contenta de estar acá.

—¡Contenta! ¡Tremendamente contenta! —le susurró, insinuándose hacia sus brazos en esa forma suya tan peculiar—. Donde tú estás para mí es mi casa, Harry.

Y al decir esto tuvo la sensación casi por primera vez en su vida de estar interpretando un papel.

Esa noche, entre las velas refulgentes de una fiesta en la que los hombres parecían ser prácticamente los encargados de la conversación mientras que las chicas se la pasaban sentadas en actitud de altiva y costosa displicencia, ni la presencia de Harry a su izquierda consiguió hacerla sentirse en casa.

—Son un grupito muy apuesto, ¿no crees? —la interrogó él—. Míralos nada más. Ese es Spud Hubbard, placador en Princeton el año pasado, y Junie Morton: él y el pelirrojo que está al lado fueron ambos capitanes de hockey de Yale; Junie estaba en mi clase. Bueno, los mejores atletas del mundo son de estos estados de por acá. Esta es patria de hombres, te lo digo yo. ¡Fíjate en John J. Fishburn!

—¿Ese quién es? —preguntó Sally Carrol con inocencia.

—¿Acaso no sabes?

—Lo he oído nombrar.

—El productor de trigo más importante del noroeste y uno

de los financieros más importantes del país.

Ella se volvió de pronto hacia una voz a su derecha.

—Me parece que se olvidaron de presentarnos. Mi nombre es Roger Patton.

—Mi nombre es Sally Carrol Happer —dijo ella con gentileza.

—Sí, lo sé. Harry me contó que venías.

—¿Eres pariente suyo?

—No, soy profesor.

—Ah —rió ella.

—En la universidad. Eres del sur, ¿no?

—Sí; Tarleton, Georgia.

A ella le cayó bien enseguida: bigote castaño rojizo bajo unos llorosos ojos azules que tenían algo que a esos otros ojos les faltaba, cierto carácter apreciativo. Cruzaron oraciones sueltas a lo largo de la cena y ella resolvió que volvería a verlo.

Después del café les presentaron a numerosos jóvenes apuestos que bailaban con intencionada precisión y que parecían dar por senta do que ella no quería hablar de otra cosa sino de Harry.

—¡Cielos! —pensó—, hablan como si estar comprometida me hi- ciera mayor que ellos; ¡como si fuera a ir a sus madres con el cuento!

En el sur una chica comprometida, una joven casada incluso, contaba con la misma cuota de chanza y lisonja semiafectuosa que se le concedería a una debutante, pero acá todo eso parecía vedado. Un joven, después de haberse adentrado bastante en el asunto de los ojos de Sally Carrol y de cómo lo habían cautivado desde que ella entró en la habitación, pasó a un estado de violenta confusión cuando supo que estaba visitando a los Bellamy; que era la prometida de Harry. Dio la impresión de que se sentía como si hubiera cometido un desatino burdo e inexcusable, se puso formal de inmediato y se alejó en la primera oportunidad.

Se alegró entonces cuando Roger Patton intervino y le sugirió que se sentaran afuera un rato.

—¿Y bien? —inquirió él parpadeando divertido—. ¿Cómo está la Carmen del sur?

—Formidable. ¿Cómo está..., cómo está el Peligroso Dan McGrew? Perdón, pero es el único norteño del que sé algo.

A él pareció agradarle eso.

—Desde luego —confesó él—, como profesor de literatura se supone que no debería haber leído al Peligroso Dan McGrew.

—¿Eres oriundo de acá?

—No, soy de Filadelfia. Importado de Harvard para enseñar

francés. Pero estoy acá desde hace diez años.

—Nueve años y trescientos sesenta y cuatro días más que yo.

—¿Estás a gusto acá?

—Ajá. ¡Claro!

—¿En serio?

—Este... ¿por qué no? ¿No doy la impresión de estar pasándola bien?

—Te vi mirar por la ventana hace un minuto... y estremecerte.

—Imaginaciones mías —rio Sally Carrol—. Estoy acostumbra- da a que todo sea quietud afuera, y a veces miro y veo una nevisca y es como si se estuviera moviendo algo muerto.

Él asintió comprensivo.

—¿Habías estado en el norte antes?

—Pasé dos julios en Asheville, Carolina del Norte.

—Un grupito de lo más apuesto, ¿no? —propuso Patton seña lando el torbellino de la pista.

Sally Carrol se sobresaltó. Ese mismo había sido el comentario de Harry.

—¡Claro que sí! Son... caninos.

—¿Cómo? Ella se sonrojó.

—Perdón; eso sonó peor de lo que quise decir. Mira, yo siempre pienso a las personas como felinas o caninas, con independencia del sexo.

—¿Tú qué eres?

—Felina. Al igual que tú. Al igual que la mayoría de los hombres sureños y la mayoría de estas chicas de acá.

—¿Harry qué es?

—Harry es claramente canino. Todos los hombres que conocí esta noche parecen ser caninos.

—¿Qué implica ser “canino”? ¿Cierta masculinidad intencionada por oposición a sutileza?

—Digamos que sí. Nunca lo analicé; tan solo miro a las personas y en el acto digo “canino” o “felino”. Es totalmente absurdo, supongo.

—No, para nada. Me interesa. Tenía una teoría sobre esta gente.

Pienso que se están congelando.

—¿Cómo?

—Pienso que se están volviendo como los suecos: ibsenianos. Muy gradualmente van tornándose lúgubres y melancólicos. Son estos largos inviernos. ¿Has leído a Ibsen?

Ella negó con la cabeza.

—Bueno, en sus personajes encuentras cierta rigidez reconcentrada. Son rectos, estrechos y grises, sin infinitas posibilidades para grandes tristezas o alegrías.

—¿Sin sonrisas ni lágrimas?

—Exacto. Esa es mi teoría. Verás que hay miles de suecos por aquí. Vienen, me imagino, porque el clima es muy parecido al suyo, y ha habido una mezcla gradual. Es probable que no haya ni media docena esta noche acá, pero... tuvimos cuatro gobernadores suecos. ¿Te estoy aburriendo?

—Me interesa muchísimo.

—Tu futura concuñada es mitad sueca. En lo personal me cae bien, pero mi teoría es que los suecos tienen una reacción bastante negativa ante nosotros en conjunto. Los escandinavos tienen la tasa de suicidio más alta del mundo, ¿sabes?

—¿Por qué vives acá si es tan deprimente?

—Bah, a mí no me afecta. Estoy muy bien enclaustrado y supongo que en cualquier caso los libros me importan más que las personas.

—Pero los escritores siempre hablan del sur como lo trágico. Ya sabes: señoritas españolas, pelo oscuro y dagas y música hechizante.

Él negó con la cabeza.

—No, las razas del norte son las razas trágicas: no se permiten el lujo regocijante de las lágrimas.

Sally Carrol pensó en su cementerio. Supuso que era vagamente a eso a lo que se refería ella al decir que no la deprimía.

—Los italianos han de ser el pueblo más alegre del mundo; pero es un tema árido —se interrumpió él mismo—. Como sea, quiero decirte que te vas a casar con un hombre magnífico.

A Sally Carrol la acometió un impulso de seguridad.

—Lo sé. Soy de esa clase de persona que quiere que se ocupen de ella hasta cierto punto, y estoy segura de que así será.

—¿Bailamos? Te digo algo —continuó mientras se ponían de pie—, es alentador encontrar a una chica que sabe por qué se casa. Nueve de cada diez se imaginan que es como caminar hacia un atardecer de película.

Ella se rio y lo encontró inmensamente agradable.

Dos horas después, de regreso a casa, se acurrucó cerca de Harry en el asiento trasero.

—¡Ay, Harry —le susurró—, hace tanto frío!

—Pero está calentito acá, niña querida.

—Pero afuera hace frío; y, ¡ay, los aullidos del viento!

Hundió la cara de lleno en el abrigo de piel de Harry y tembló involuntariamente cuando los fríos labios de él le besaron la punta de la oreja.


IV

La primera semana de su visita se pasó en un torbellino. Tuvo su prometido paseo en un tobogán atado a la parte trasera de un automóvil en medio de un frío atardecer de enero. Arropada en pieles, pasó una mañana tirándose en tobogán por la pendiente del club de campo; hasta probó esquiar, navegar por el aire durante un momento glorioso y luego aterrizar hecha una enmarañada bola de risas sobre un mullido banco de nieve. Le gustaron todos los deportes de invierno, excepto una tarde en que hicieron una caminata con raquetas para nieve sobre una llanura resplandeciente bajo un sol amarillo pálido, pero pronto se dio cuenta de que esas eran cosas para niños; de que le estaban dan- do el gusto y de que el gozo a su alrededor no era más que un reflejo del propio.

Al principio la familia Bellamy la dejó perpleja. Los hombres eran confiables y le caían bien; al señor Bellamy, en especial —con su pelo gris hierro y esa enérgica dignidad—, le tomó cariño de inmediato, apenas se enteró de que había nacido en Kentucky; esto lo convertía en un lazo entre la vida vieja y la nueva. Pero hacia las mujeres sentía una clara hostilidad. Myra, su futura concuñada, parecía la esencia del convencionalismo falto de espíritu. En su conversación había tal ausencia de personalidad que Sally Carrol, proveniente de una tierra donde una cierta cantidad de encanto y seguridad se daba por sentada en las mujeres, se sentía inclinada a despreciarla.

“Si no son hermosas esas mujeres”, pensaba, “no son nada. Se desvanecen no bien las miras. Son criadas engrandecidas. Los hombres son el centro de cualquier grupo mixto”.

Por último estaba la señora Bellamy, a quien Sally Carrol detestaba. La imagen de un huevo, que se le había ocurrido el primer día, se confirmaba: un huevo de voz cascada y venosa, y un porte retacón tan poco agraciado que Sally Carrol creía que, si llegara a caerse, se- guro se convertiría en un revuelto. Además, la señora Bellamy parecía tipificar al pueblo en su innata hostilidad con los forasteros. A Sally Carrol la llamaba “Sally” y no hubo forma de persuadirla de que el nombre compuesto era algo más que un sobrenombre fastidioso y ridículo. Para Sally Carrol acortarle así el nombre era como presentarla en público semivestida. Le encantaba “Sally Carrol”; aborrecía “Sally”. Sabía también que la madre de Harry no miraba con buenos ojos su corte de pelo a lo bob; y nunca más se había atrevido a fumar en la planta baja desde ese primer día en que la señora Bellamy entró en la biblioteca olfateando violentamente.

De todos los hombres que conoció, prefería a Roger Patton, una visita asidua en la casa. Él jamás volvió a aludir a las tendencias ibsenianas de esa población, pero cuando un día entró y la encontró hecha una rosca en el sofá doblada sobre Peer Gynt, se rio y le dijo que se olvidara de lo que le había contado; eran puras tonterías.

Y entonces una tarde de la segunda semana Harry y ella estuvieron al borde de una discusión peligrosamente escarpada. Ella juzgaba que él había precipitado del todo la cuestión, aunque la Serbia del caso fue un desconocido con los pantalones sin planchar.

Caminaban rumbo a casa entre altos montículos de nieve apilada y bajo un sol que Sally Carrol apenas reconocía. Se cruzaron con una nena toda arrebujada en lana gris a tal punto que parecía un osito de peluche, y Sally Carrol no pudo contener un suspiro de apreciación maternal.

—¡Mira! ¡Harry!

—¿Qué?

—Esa nena..., ¿le viste la cara?

—Sí, ¿por?

—Estaba roja como una frutillita. ¡Ay, era preciosa!

—¡Pero si tu propia cara ya está casi igual de roja! Todos tienen buena salud acá. Andamos en el frío no bien aprendemos a caminar.

¡Es un clima extraordinario!

Ella lo miró y tuvo que asentir. Se lo veía de lo más saludable; lo mismo que a su hermano. Y había notado ese rojo nuevo en sus propias mejillas esa misma mañana.

De pronto algo atrajo y retuvo sus miradas y se quedaron un momento con la vista clavada en la esquina de más adelante. Había un hombre de pie, con las rodillas flexionadas, los ojos fijos hacia arriba con expresión tensa como si estuviera a punto de dar un salto hacia el cielo helado. Y entonces los dos estallaron en alaridos de risa, porque al acercarse descubrieron que había sido una disparatada ilusión momentánea producida por los pantalones extremadamente bolsudos del hombre.

—Me parece que en esta caímos —rio ella.

—Debe de ser sureño, a juzgar por esos pantalones —sugirió Harry maliciosamente.

—Pero, ¡Harry!

Su cara de sorpresa debió de molestarlo.

—¡Esos malditos sureños!

A Sally Carrol se le encendieron los ojos.

—¡No les digas así!

—Lo lamento, querida —le dijo Harry en malvada disculpa—, pero ya sabes lo que pienso de ellos. Son medio..., medio degenera- dos; nada que ver con los sureños de antes. Hace tanto que viven allá con todos los de color que se han vuelto perezosos y holgazanes.

—¡Cállate la boca, Harry! —le gritó enfadada—. ¡No son así! Puede que sean perezosos (cualquiera lo sería con ese clima), pero son mis mejores amigos y no quiero oír que se los critique de semejante forma indiscriminada. Algunos son los hombres más íntegros del mundo.

—Sí, ya sé. Son pasables cuando vienen al norte a la universidad, pero de toda la sarta de sinvergüenzas, mal vestidos y desaliñados que he visto, ¡un manojo de sureños pueblerinos son los peores!

Sally Carrol apretaba las manos enguantadas y se mordía el labio con furia.

—Mira —continuó Harry—, en New Haven había uno en mi clase, y todos creímos por fin haber encontrado al genuino aristócrata sureño, pero resultó que no era un aristócrata en absoluto; tan solo el hijo de un oportunista del norte, dueño de más o menos todo el algodón de Mobile.

—Un sureño no hablaría como tú estás hablando ahora —le dijo ella con calma.

—¡No tienen la energía!

—O la otra cosa.

—Lo lamento, Sally Carrol, pero a ti misma te oí decir que nunca te casarías con...

—Eso es muy distinto. Te dije que no querría atar mi vida a ninguno de los chicos que están hoy en Tarleton, pero nunca hice generalizaciones indiscriminadas.

Siguieron caminando en silencio.

—Quizá se me fue un poco la mano, Sally Carrol. Lo lamento.

Ella asintió con la cabeza pero no respondió. Cinco minutos después, cuando estuvieron en el zaguán, le echó de pronto los brazos al cuello.

—Ay, Harry —exclamó, con los ojos rebosantes de lágrimas—, casémonos la semana que viene. Me da miedo tener altercados como este. Me da miedo, Harry. No sería así si estuviéramos casados.

Pero Harry, como había actuado mal, todavía estaba molesto.

—Sería una idiotez. Acordamos marzo.

Las lágrimas en los ojos de Sally Carrol se desvanecieron; su expresión se endureció levemente.

—Muy bien; supongo que no debí decir eso. Harry se ablandó.

—¡Tontita linda! —exclamó—. Ven a darme un beso y olvidémoslo.

Esa misma noche al final de un espectáculo de vodevil la or- questa tocó “Dixie”12 y Sally Carrol sintió que algo más fuerte y perdurable que las lágrimas y sonrisas de ese día rebosaba en su interior. Se inclinó hacia adelante agarrándose de los brazos de la silla hasta que la cara se le puso carmesí.

—Te emociona, ¿no, querida? —le susurró Harry.

Pero ella no lo oyó. Al son del pulso animado de los violines y el latir inspirador de los timbales, sus viejos fantasmas pasaban marchando y se internaban en la oscuridad, y cuando silbaron y suspiraron los pífanos en un bis apagado, le pareció verlos perderse de vista, tanto que podría haberles dicho adiós con la mano.

Volver, volver,

¡Volverme al sur a Dixie! Volver, volver,

¡Volverme al sur a Dixie!


V

Era una noche particularmente fría. Un deshielo repentino casi había despejado las calles el día anterior, pero ahora las atravesaba de nuevo un espectro polvoroso de nieve disgregada que viajaba en líneas sinuosas a los pies del viento y llenaba el aire bajo de una neblina de finas partículas. No había cielo; solo una tienda oscura, ominosa, suspendida al final de las calles y que en realidad era un vasto ejército de copos de nieve en avance; mientras que por encima de todo aquello, helando la calidez del fulgor verde y marrón de las ventanas iluminadas y amortiguando el trote parejo del caballo que tiraba del trineo, batía interminable el viento norte. Era un pueblo tétrico al fin y al cabo, pensó; tétrico.

Algunas veces por la noche había tenido la impresión de que allí no vivía nadie, que todos se habían ido hacía mucho dejando que las casas iluminadas se cubrieran con el tiempo de fúnebres cúmulos de aguanieve. ¡Ay, si fuera a haber nieve sobre su tumba! Yacer todo el invierno bajo grandes pilas de nieve, donde hasta su lápida sería una sombra tenue entre tenues sombras. Su tumba: una tumba que debería estar regada de flores y bañada de sol y lluvia.

Volvió a pensar en esas casas de campo aisladas que su tren había dejado atrás y en la vida allí durante todo el largo invierno: el resplandor incesante a través de las ventanas, la costra que se formaba sobre los blandos bancos de nieve, por fin el derretimiento lento, mustio, y la primavera cruda de la que Roger Patton le había hablado. Su primavera —perderla para siempre— con sus lilas y esa dulzura perezosa que le encendía el corazón. Estaba sepultando esa primavera; más tarde habría de sepultar esa dulzura.

Con gradual insistencia la tormenta se desató. Sally Carrol sintió una capa de copos derretirse rápidamente en sus pestañas y Harry alargó un brazo enfundado en piel y le caló la enrevesada gorra de franela. Luego los copitos caían como una línea de hostigadores y el caballo dobló paciente el cuello cuando una transparencia blanca le apareció un momento sobre el pelo.

—Ay, tiene frío, Harry —dijo enseguida ella.

—¿Quién? ¿El caballo? Ah, no, no tiene frío. ¡Le gusta!

Después de otros diez minutos doblaron una esquina y tuvieron a la vista su destino. Sobre una colina alta, perfilado en un vívido verde resplandeciente contra el cielo ventoso, se erguía el palacio de hielo. Se elevaba tres pisos hacia el aire, con almenas y cañoneras, y carámbanos en las ventanas angostas, y las innumerables lámparas eléctricas del interior convertían el gran salón central en una transparencia espléndida. Sally Carrol agarró la mano de Harry bajo el cobertor de piel.

—¡Es hermoso! —exclamó él alborozado—. ¡Guau, sí que es hermoso! ¡No se hacía uno acá desde el 85!

De algún modo, la noción de que no hubiera habido uno desde el 85 la oprimió. El hielo era un fantasma y esta mansión de hielo con seguridad estaba poblaba por esas sombras de los ochenta, de ca- ras pálidas y pelo nebuloso lleno de nieve.

—Vamos, querida —le dijo Harry.

Salió del trineo detrás de él y esperó mientras ataba el caballo. Una partida de cuatro —Gordon, Myra, Roger Patton y otra chica— se detuvo al lado con un formidable repiqueteo de campanillas. Ya había una buena multitud, todos envueltos en pieles o pellejas de cordero, gritándose y llamándose entre sí mientras se movían por la nieve, tan espesa ahora que apenas podía distinguirse a las personas a pocas yardas de distancia.

—Tiene ciento setenta pies de altura —le decía Harry a una figura embozada a su lado mientras caminaban con esfuerzo hacia la entrada—; cubre seis mil yardas cuadradas.

Pescó fragmentos de conversación: “un salón principal”, “pare- des de veinte a cuarenta pulgadas de espesor”, “y la gruta de hielo tiene casi una milla de...”, “el canadiense que lo construyó...”.

Lograron entrar y, aturdida por la magia de las inmensas pare- des cristalinas, Sally Carrol se encontró repitiendo una y otra vez dos versos de “Kubla Khan”:

Un milagro de ingenio sin otro paralelo,

Jovial mansión de ensueños con sus cuevas de hielo.

En la gran caverna refulgente que no dejaba entrar la oscuridad, se sentó en un banco de madera y la opresión de aquella noche se disipó. Harry tenía razón: era hermoso; y recorrió con la mirada la tersa superficie de las paredes, los bloques, seleccionados por su pureza y claridad para obtener ese efecto opalescente, translúcido.

—¡Mira! ¡Ya empieza! ¡Qué bueno! —exclamó Harry.

Una banda en un rincón alejado empezó a tocar “Hail, Hail, the Gang’s All Here!”, que rebotó hacia ellos con acústica desenfrenada y difusa, y entonces las luces se apagaron de repente; el silencio pareció discurrir por los laterales helados y arrasar con todos ellos. Sally Carrol aún podía ver su propio aliento blanco en la oscuridad y una fila borrosa de caras pálidas del otro lado.

La música se apaciguó hasta volverse un quejido suspirante y desde afuera llegó flotando el canto clamoroso, a voz en cuello, de los clubes a paso de marcha. Se hizo más fuerte, como un canto de alguna tribu vikinga de camino a través de un páramo antiquísimo; se expandió: estaban más cerca; entonces apareció una fila de antorchas, y otra y otra más, y al compás de los mocasines en sus pies irrumpió una larga columna de figuras en chaquetones grises, con las raquetas echadas a los hombros, las antorchas en alto y parpadeantes en tanto sus voces ascendían por las inmensas paredes.

La columna gris terminó de pasar y le siguió otra; la luz se derramaba chillona ahora sobre gorras de esquí rojizas y chaquetones de carmesí encendido, y a medida que entraban se unían al estribillo; después vino un largo pelotón en azul y blanco, en verde, en blanco, en amarillo y marrón.

—Esos de blanco son el club Wacouta —le susurró Harry entusiasmado—. Son los hombres que conociste en los bailes.

El volumen de las voces aumentó; la gran caverna era una fantasmagoría de antorchas que se agitaban en grandes masas de fuego, de colores, y al ritmo de pasos envueltos en cuero suave. La columna principal giró y se detuvo, pelotón delante de pelotón hasta que la procesión entera formó una sólida bandera de fuego, y entonces mil voces estallaron en un grito formidable que colmó el aire como el estampido de un trueno, haciendo titilar las antorchas. ¡Era algo magnífico!, ¡tremendo! Para Sally Carrol era el norte ofreciendo un sacrificio al gris dios pagano de la nieve sobre un altar formidable. Cuando el grito se extinguió, la banda volvió a tocar y hubo más cantos y después largos vivas reverberantes por parte de cada club. Ella se quedó muy quieta escuchando mientras las exclamaciones en staccato hendían la quietud; y enseguida se sobresaltó, porque hubo una ráfaga de explosiones y grandes nubes de humo se remontaron aquí y allá por toda la caverna —los fotógrafos con sus cámaras de flash en plena tarea— y la reunión se terminó. Con la banda a la cabeza, los clubes se formaron en columna una vez más, reanudaron el canto y empezaron a marchar hacia fuera.

—¡Vengan! —gritó Harry—. ¡Vamos a ver los laberintos de aba- jo antes de que apaguen las luces!

Todos se levantaron y se dirigieron hacia la rampa; Harry y Sally Carrol al frente, la pequeña manopla de ella enterrada en el enorme guante de piel de él. Al final de la rampa había una larga habitación de hielo vacía, con el techo tan bajo que debieron agacharse, y las manos de ambos se separaron. Antes de que ella pudiera advertir la intención de Harry, él había salido disparado hacia alguno de los varios pasillos refulgentes que daban a la habitación y era apenas un manchón borroso que se perdía contra la claridad verde.

—¡Harry! —lo llamó.

—¡Ven! —exclamó él en respuesta.

Recorrió con la vista la cámara vacía; los otros miembros de la partida evidentemente habían decidido irse a casa, ya estaban afuera por algún lado en la nieve entorpecedora. Vaciló y luego salió disparando en pos de Harry.

—¡Harry! —gritó.

Había llegado a una curva treinta pies más abajo; oyó una res- puesta débil, amortiguada, lejos a la izquierda, y con una pizca de pánico se lanzó hacia allá. Dejó atrás otra curva, otros dos pasadizos de boca ancha.

—¡Harry!

No hubo respuesta. Empezó a correr en línea recta hacia delante, y luego viró como un rayo y regresó a toda velocidad por donde había venido, envuelta en un repentino terror helado.

Llegó a una curva —¿era acá?—, tomó a la izquierda y fue a parar a lo que debía haber sido la salida a la larga habitación baja, pero no era más que otro pasillo refulgente con oscuridad al fondo. Llamó de nuevo, pero las paredes le devolvieron un eco sordo, sin vida, sin reverberos. Volviendo sobre sus pasos dobló en otro recodo, que esta vez daba a un pasillo amplio. Era como el callejón verde entre las aguas abiertas del mar Rojo, como una cripta húmeda que comunicaba tumbas vacías.

Se resbalaba un poco ahora al caminar, porque se le había formado hielo en la base de los chanclos; tuvo que andar tocando con los guantes las paredes entre resbalosas y pegajosas para mantener el equilibrio.

—¡Harry!

Tampoco hubo respuesta. El sonido que hizo rebotó burlón hasta el fondo del pasillo.

Entonces en un segundo las luces se apagaron y se quedó en una oscuridad total. Soltó un gritito asustado y se hundió en el hielo hecha un menudo ovillo helado. Al caer sintió que se hizo algo en la rodilla izquierda, pero apenas lo notó pues un terror profundo mucho más grande que el temor de estar perdida se apoderó de ella. Estaba a solas con esta presencia que provenía del norte, esa soledad funesta que se levantaba de los balleneros atrapados en el hielo del mar Ártico, de inmensidades sin humo ni huellas donde yacían esparcidos los huesos blanqueados de la aventura. Era un aliento de muerte gélido; bajaba rasante surcando la tierra para agarrarla a ella.

Con energía furiosa, descorazonada, volvió a levantarse y se adentró a ciegas en la oscuridad. Tenía que salir. Podría estar perdida acá durante días, morir congelada y quedar incrustada en el hielo como esos cuerpos sobre los que había leído, conservados en perfecto estado hasta el derretimiento de un glaciar. Harry probablemente pensó que se había marchado con los demás..., ya se habría ido; nadie iba a saber hasta entrado el día siguiente. Penosamente intentó tomarse de la pared. Cuarenta pulgadas de espesor, habían dicho; ¡cuarenta pulgadas de espesor!

—¡Ay!

A cada costado en las paredes sentía cosas que se arrastraban, húmedas almas que rondaban el palacio, el pueblo, el norte.

—¡Ay, que venga alguien..., que venga alguien! —gritó fuerte.

Clark Darrow: él comprendería; o Joe Ewing; no podían abandonarla acá para que errara por siempre; para que se congelara, corazón, cuerpo y alma. Esta fue su... ¡Fue Sally Carrol! Vaya si fue una criatura feliz. Fue una chiquilla feliz. Le gustaba el calor y el vera- no y Dixie. Estas cosas le eran ajenas..., ajenas.

—No estás llorando —algo le habló en voz alta—. No vas a llorar nunca más. Tus lágrimas tan solo se congelarían; ¡aquí todas las lá- grimas se congelan!

Se desparramó totalmente en el hielo.

—¡Ay, Dios! —balbució.

Pasó una larga fila india de minutos y con un gran cansancio sintió que los ojos se le cerraban. Entonces le pareció que alguien se sentaba junto a ella y le tomaba la cara con manos cálidas y suaves. Levantó la vista agradecida.

—Vaya, si es Margery Lee —musitó suave para sí—. Sabía que ibas a venir.

Realmente era Margery Lee, y era justo como Sally Carrol imaginó que sería, de frente blanca y joven y ojos grandes, acogedores, y con una falda con miriñaque de algún material suave sobre el que era tan reconfortante descansar.

—Margery Lee.

Ya oscurecía, y oscurecía más; deberían repintar todas esas lápidas, cierto, solo que se arruinarían, desde luego. Pero igual, habría que poder verlas.

Después, tras una sucesión de momentos que pasaron rápido y después lento, pero que parecían finalmente resolverse en una multitud de rayos difusos que convergían hacia un sol amarillento, oyó un crujido fuerte que vino a romper su flamante quietud.

Era el sol, era una luz; una antorcha, y una antorcha detrás, y otra, y voces; una cara se materializó bajo la antorcha, unos brazos gruesos la levantaron y sintió algo en la mejilla; algo húmedo. Alguien la aferraba y le frotaba la cara con nieve. ¡Qué ridículo!, ¡con nieve!

—¡Sally Carrol! ¡Sally Carrol!

Era el Peligroso Dan McGrew; y dos caras más que no conocía.

—¡Niña, niña! ¡Hace dos horas que te estamos buscando!

¡Harry está como loco!

Las cosas raudamente volvieron a su lugar: los cantos, las antorchas, el gran grito de los clubes que marchaban. Se revolvió en los brazos de Patton y lanzó un grito bajo y prolongado.

—¡Ay, me quiero ir de acá! Me vuelvo a casa. ¡Llévame a casa

—su voz se elevó en un alarido que provocó un escalofrío en el corazón de Harry mientras se acercaba a la carrera por el pasillo contiguo— mañana! —exclamó con desenfrenada pasión delirante—. ¡Mañana!

¡Mañana! ¡Mañana!


VI

Todo el caudal de luz dorada derramaba un calor por completo enervante aunque singularmente confortador sobre la casa donde el día entero miraba el polvoriento tramo de carretera. Dos pájaros armaban un gran alboroto en un rinconcito fresco hallado entre las ramas de un árbol vecino y en la calle una mujer de color se anunciaba melodiosa como proveedora de frutillas. Era abril por la tarde.

Sally Carrol Happer, con el mentón apoyado en el brazo y el brazo en un viejo asiento bajo la ventana, bajó soñolienta la mirada hacia el polvo de lentejuelas de donde las ondas de calor ascendían por primera vez en esa primavera. Observaba como un viejísimo Ford doblaba una esquina peligrosa y traqueteaba y gemía hasta detenerse de una sacudida al final del trayecto. No pronunció sonido alguno, y al minuto un estridente silbido familiar hendió el aire. Sally Carrol sonrió y parpadeó.

—Buenos día’.

Abajo, una cabeza se asomó tortuosamente por debajo de la capota del coche.

—Ya pasó el mediodía, Sally Carrol.

—¡Cierto! —dijo ella con pretendida sorpresa—. Supongo que sí.

—¿Qué haces?

—Me estoy comiendo un durazno verde. Capaz que me muero en cualquier momento.

Clark se torció un último grado imposible para poder verle la cara.

—El agua está calentita como el vapor de una caldera, Sally Carrol. ¿Quieres ir a nadar?

—Odio moverme —suspiró con pereza Sally Carrol—, pero calculo que sí.

*Traductores: Pablo Ingberg (coordinador), Carla Inda, Mariángel Mauri y Diana Ortega

'El palacio de hielo', en "Flaperas y filósofos" (Godot), de Scott Fitzgerald. Traductores: Pablo Ingberg (coordinador), Carla Inda, Mariángel Mauri y Diana Ortega
'El palacio de hielo', en "Flaperas y filósofos" (Godot), de Scott Fitzgerald. Traductores: Pablo Ingberg (coordinador), Carla Inda, Mariángel Mauri y Diana Ortega

SIGA LEYENDO

“El caza Zero”, un cuento de Diego Muzzio

“El insomnio más largo”, un cuento de Guillermo Saccomanno




MAS NOTICIAS

Te Recomendamos