“El caza Zero”, un cuento de Diego Muzzio

Infobae Cultura reproduce un relato del autor argentino, que pertenece al libro “Doscientos canguros”, publicado por editorial Entropía en 2019. #CuentosEnInfobae

"The Beach At Pourville" (1882) de Claude Monet
"The Beach At Pourville" (1882) de Claude Monet

Largo: 29,7 pies. Ancho: 39,3 pies. Motor: 1.

Potencia del motor: 950 hp. Velocidad máxima: 336

mph. Armamento: dos cañones de 20 mm, dos

ametralladoras de 7.7, dos bombas de 132 libras.

Alcance: 1.160 millas. Altura máxima: 32.810 pies.

Tripulantes: 1.

I

Diminuto, reseco, arrugado como una tortuga, el anciano pasaba sus días detrás de la caja registradora de la tintorería controlando el trabajo de sus hijos. Cada vez que Teiji bajaba la plancha, húmedas vaharadas de vapor lo ocultaban momentáneamente de la mirada de su padre; pero cuando la niebla expulsada por la máquina se dispersaba Teiji volvía a encontrarse con los ojos inflexibles del viejo que, envuelto en la penumbra sempiterna del local, mascullando palabras ininteligibles y masticando semillas de girasol, lo observaba trabajar.

Aiko, a diferencia de su hermano, evitaba la mirada de su padre. Teiji quizá tuviera aún la fuerza de desafiarlo, si es que aquel mutismo suyo y las furibundas miradas de soslayo que le dirigía al viejo podían considerarse un desafío. En cuanto a ella, hacía mucho tiempo había decidido que esa forma de silenciosa rebelión que Teiji continuaba ejerciendo era estúpida, inútil. Si bien era cierto que el anciano los había extorsionado de todas las maneras posibles para retenerlos a su lado –llegando a emplear incluso las tretas más bajas, como la de simular durante años una enfermedad terminal–, también debían admitir que si continuaban ahí, trabajando doce horas por día en la tintorería, era porque, de alguna manera, así lo habían decidido. Pero Teiji se negaba a reconocer esa verdad evidente. Para él, la culpa era de su padre. Lo detestaba. Consideraba que, de una forma u otra, había arruinado la vida de todas las personas que lo rodeaban; primero la de su esposa, Reiko, la madre de ambos, que había muerto joven trabajando hasta el agotamiento en aquel agujero oscuro; luego la de su hermana Aiko quien, a los cuarenta y cuatro años, era una mujer soltera y consumida; y, por último, el viejo había arruinado también su propia existencia.

Desde la infancia, Teiji Onamura había sido entrenado por su padre para ser un obrero rápido y eficiente. Ahora era un hombre de treinta y ocho años, sin amigos ni relaciones, que no sabía hacer otra cosa que trabajar lavando y planchando ropa, y sin ninguna perspectiva de futuro, a no ser la de continuar ejerciendo su oficio en aquella tintorería execrable hasta el final de sus días. Las muchas horas que había pasado de pie frente a la plancha habían arruinado su columna vertebral, y Teiji intentaba paliar sus dolores practicando natación tres veces por semana, siempre por la noche, al finalizar la jornada de trabajo. Algún domingo, cuando la pileta olímpica del club lo encerraba demasiado, buscaba las aguas abiertas del Río de la Plata. Pero entonces el regreso al trabajo, el lunes, resultaba anímicamente devastador.

Sin duda todas estas razones eran más que suficientes para que Teiji aborreciera a su progenitor, pero había otro motivo, quizá menos evidente pero seguramente más importante: el menosprecio que el anciano demostraba por el pasado familiar.

Shintaro Onamura –el abuelo de Teiji, el padre de su madre Reiko– había sido piloto de caza durante la Segunda Guerra Mundial. Participó del ataque aéreo a Pearl Harbor, sobrevivió y continuó prestando servicio hasta el final de la guerra. Unas semanas antes de la rendición de Japón, el Zero de Shintaro Onamura fue derribado por un Corsair de la armada estadounidense durante un vuelo nocturno de reconocimiento. Al finalizar la guerra, la esposa de Shintaro Onamura, embarazada ya de seis meses, abandonó Japón con sus padres. Recalaron un tiempo en Brasil, y luego se instalaron en Buenos Aires, donde abrieron una tintorería en el barrio de Flores.

De su abuelo aviador sólo quedaban una docena de fotos y una carta, ajada y amarillenta, en la que el Estado Mayor japonés notificaba a la familia la desaparición del piloto. Si la carta y una de aquellas fotos aún existían, era gracias a Reiko, quien, una tarde, las había salvado de la furia vindicativa de su marido. Teiji aún lo recordaba. Debía tener diez u once años. Su padre lo había estado buscando por todas partes (necesitaba que fuera a entregar las camisas de un cliente), pero Teiji había desaparecido. Cuando su padre por fin lo encontró horas después, bajo su cama, con la caja de zapatos en la que su madre Reiko guardaba las fotos del piloto y la carta, su reacción fue desmesurada. No le pegó –su padre jamás le había puesto una mano encima– sino que le arrancó de las manos la caja de zapatos, fue al baño a buscar una botella de alcohol, salió al patio, roció las fotos y la carta, y les prendió fuego.

Teiji corrió alrededor de la pequeña hoguera como una gallina decapitada, chillando y agitando los brazos. Sin mirar hacia atrás, su padre regresó a la tintorería, y su madre, con el estoicismo que le era propio, sin decir una palabra ni pronunciar una queja, corrió a la cocina para volver poco después con una jarra de agua que vació sobre la caja. Sólo una de las fotos se salvó del fuego. Tomada pocos días antes del ataque aéreo a Pearl Harbor, en ella se ve al joven Shintaro Onamura, de pie junto a su avión en la cubierta de un portaviones. A sus espaldas se distinguen dos soles: el de la bandera que flamea, inmóvil, y el que emerge del mar.

A partir de ese día, las desavenencias entre padre e hijo se multiplicaron. Si en un principio la historia de su abuelo sólo había despertado en Teiji cierta inevitable curiosidad, después de aquel incidente se transformó en una verdadera obsesión. Teiji había pasado parte de su infancia escondiéndose de su padre para construir maquetas de los aviones que habían intervenido en el ataque a Pearl Harbor: el Nakajima B5, el Aichi D3 y el Mitsubishi A 6M2 Zero. Su hermana se las compraba en una juguetería del barrio, y Teiji las armaba por la noche, a escondidas, bajo la luz de una linterna, en el cuarto que compartía con Aiko. Una vez terminados y pintados, ocultaba los aviones en el sótano de la tintorería. Durante la mañana, mientras estaba en el colegio, o por la tarde, cuando cumplía con su trabajo en el local, a menudo lo asaltaba la imagen de aquel tesoro oculto en el sótano. Imaginaba los aviones en la oscuridad, y aquel secreto lo llenaba de una íntima satisfacción, de una modesta alegría.

Luego, en la adolescencia, fueron las películas de la Segunda Guerra, y más tarde los libros que analizaban el conflicto. Teiji solía pasar mucho tiempo mirando las fotos de una enciclopedia: los Zeros japoneses, las hélices en marcha, listos para despegar, alineados sobre las cubiertas de los portaviones, o pasando en vuelo rasante sobre los barcos en llamas, o emergiendo entre las negras columnas de humo vomitadas por los aviones americanos destruidos en tierra. Teiji solía imaginar que alguno de esos Zeros fotografiados en pleno ataque era el de su abuelo, y estudiaba cada avión bajo la lupa, con la esperanza absurda de descifrar los rasgos de los pilotos dentro de sus cabinas.

En cuanto al viejo, aquel mudo enfrentamiento con su hijo lo había convertido, con el paso del tiempo, en la caricatura de algo que en realidad estaba lejos de ser: un pacifista a ultranza. Era un trabajador incansable, práctico, avaro, enemigo de cualquier tipo de derroche, y se consideraba a sí mismo la única persona sensata de la familia. De su hija Aiko no tenía la mejor opinión: era una mujer, es decir, un espíritu simple, capacitada sobre todo para ciertas formas de amor y de abnegación. En cuanto a Teiji, lo creía inteligente pero apocado y sin ambiciones. Día a día lo observaba encerrarse un poco más en el pasado, como si aquella vieja guerra y la manera estúpida en que su abuelo materno había desperdiciado la vida fueran lo único real. El hecho de que Teiji no demostrara ningún interés en el negocio familiar lo había atormentado durante años. Más tarde, la indiferencia de su hijo lo fue empujando a la ira, al rencor y, finalmente, a aquel estudiado aborrecimiento abstracto y general de cualquier tipo de contienda. Si Teiji admiraba el valor de su abuelo, era necesario demoler las bases mismas sobre las cuales aquel coraje se había elevado. Naturalmente, bastaba con analizar su conducta hacia Teiji para advertir que dicho repudio de la violencia era superficial, simple consecuencia de la rivalidad entre ambos. El anciano solía burlarse de las obsesiones de su hijo. En ocasiones, cerraba los puños a ambos lados de la máquina registradora e imitaba el sonido de una ametralladora, para echarse a reír luego como un chico que acaba de hacer una travesura. También canturreaba el himno de Japón, o imitaba el sonido del motor de un avión –con aquella irritante, tenaz sonrisa en los labios–, mientras negaba con un lento movimiento de cabeza y escupía cáscaras de semillas de girasol.

Padre e hijo no se dirigían la palabra. Si, excepcionalmente, debían comunicarse algo, lo hacían utilizando a Aiko como intermediaria. A veces, desde su puesto detrás de la caja registradora, el viejo descubría una arruga en el pantalón que su hijo planchaba. El anciano susurraba entonces unas palabras en japonés dirigidas a Aiko, y Teiji volvía a estirar la prenda y a bajar la plancha. El calor, el siseo del vapor, la invariable repetición de los mismos movimientos en la penumbra del local lo sumían en un hondo estado de sopor que favorecía la obsesiva reiteración de un único pensamiento: mi abuelo era piloto de Zero. Mi abuelo piloteaba un Zero. Mi abuelo, Shintaro Onamura, murió en 1945 piloteando un caza Zero.

II

La muerte del viejo, una lluviosa mañana del mes de abril, tomó a los hermanos por sorpresa. Quizá, de un modo secreto, lo habían juzgado eterno, como a sus propias desdichas.

Los días posteriores al entierro, Aiko y Teiji continuaron inmersos en la rutina de siempre. Se despertaban a las seis, abrían la tintorería a las ocho, cerraban a la una para almorzar, volvían a abrir a las dos y trabajaban sin interrupción, en silencio, hasta las nueve de la noche. A menudo, Teiji levantaba la vista, miraba en dirección a la máquina registradora y, al descubrir vacío el lugar que solía ocupar su padre, sufría un breve sobresalto, una suerte de vértigo. Lo mismo le sucedía cuando, de casualidad, en algún rincón del local encontraba una reseca cáscara de girasol, un diminuto fragmento de materia que, alguna vez, había sido mascado por los dientes de su padre. Entonces lo invadía un triste bienestar, una mezcla confusa de alivio y desolación, y para apartar de su mente aquella contradicción pensaba en Shintaro Onamura atravesando las nubes en su Zero, hacia su último combate.

Aiko fue la primera en introducir una modificación en el orden invariable de sus vidas: una mañana, llevó a la tintorería una radio portátil. Escuchaban música y las noticias, que comentaban después con cierto desgano, aunque satisfechos de poder distraerse mientras sus manos ejecutaban, a lo largo de las horas, una idéntica concatenación de movimientos mecánicos y eficaces.

La vivienda detrás del local era pequeña, poco confortable. Los hermanos habían compartido desde siempre la misma habitación. La repentina desaparición del viejo los perturbó tanto que tardaron algunas semanas en advertir que ya no tenían motivo para seguir durmiendo en el mismo cuarto.

Una noche, Teiji vació la antigua habitación de su padre y mudó ahí sus cosas. En una biblioteca, ordenó su colección de libros y películas sobre la Segunda Guerra Mundial y, luego de limpiarlos con un paño húmedo, alineó sobre uno de los estantes los aviones que durante años habían juntado polvo en el sótano. Había una veintena: dos Chance Vought F4U Corsair, con sus absurdas alas quebradas, dos P-36 Hawk, un desangelado P-40 Warhawk, y después la limpidez creciente de cinco Nakajima B5, siete Aichi D3 y, por último, diez perfectos Mitsubishi A 6M2 Zero.

Al verlos por fin reunidos, impecables sobre la biblioteca, Teiji sintió una extraña exaltación, como si aquellos juguetes fueran parte de un verdadero ejército personal listo para ejecutar sus órdenes.

Todas las noches, después de cerrar el negocio, los hermanos preparaban juntos la cena y comían en la intimidad de la pequeña cocina. Después se trasladaban al living y, hasta la hora de acostarse, cada cual disfrutaba del tiempo libre a su modo: Aiko tejía, o hacía solitarios, mientras Teiji leía alguno de sus libros o repasaba una vez más las fotos de la enciclopedia. De vez en cuando, Teiji comentaba con su hermana algún pormenor de la lectura, y ella, que conocía el tema de manera fragmentaria y superficial, formulaba una duda, una pregunta, ocasión que Teiji aprovechaba para desplegar sus conocimientos en la materia.

Aunque el nombre en código oficial que le daban los Aliados era Zeke –explicaba Teiji a su hermana–, el avión es universalmente conocido como Cero (o Zero en inglés) por su designación naval japonesa. Fue diseñado por el ingeniero Jiro Horikoshi, y su nombre respondía al sistema de numeración que empleaba la fuerza aérea de la Armada Japonesa. Dicho sistema asignaba a los aviones el último dígito del año en que empezaban a producirse. En el caso del A6M, el año fue 1940 (el año 2600 en el calendario japonés), por lo que se lo denominó “caza embarcado Tipo 0”, rei shiki kanjo sentoki. Rei significa cero; shiki, tipo; kanjo, embarcado, y sentoki, caza. Los japoneses tenían una contracción oficial, Rei sentoki (“caza cero”), Rei-sen, pero utilizaban más familiarmente la de Zero-sen. Aiko abandonaba las cartas o el tejido, y escuchaba a su hermano asintiendo, formulando nuevas preguntas. El ataque a Pearl Harbor empezó a las 7:53 del domingo 7 de diciembre, hora de Hawái –se explayaba Teiji, mientras buscaba entre las páginas de la enciclopedia los gráficos de la batalla–; los aviones japoneses, trescientos cincuenta y tres en total, avanzaron en dos oleadas. Los aviones torpederos encabezaron la primera, de ciento ochenta y tres máquinas, aprovechando la sorpresa para atacar, mientras que los bombarderos se lanzaban en picada sobre las bases aéreas estadounidenses en Oahu, comenzando por Hickam Field, la más grande, y Wheeler Air Field, la principal base de aviones. Los ciento setenta aviones de la segunda oleada se abalanzaron sobre Bellows Field y Ford Island, una base aeronaval y de infantería de marina en el centro de Pearl Harbor...

Con su diseño minimalista y sus dos cañones de 20 milímetros –continuaba Teiji–, el Zero-sen, aquella máquina tan frágil como letal, llegaba más lejos que el Wildcat americano y que el Spitfire inglés. Podía entrar profundo en cielo enemigo y atacar por sorpresa y desde atrás. A fuerza de agilidad y poder de fuego, ganaba casi todo duelo aéreo a baja velocidad, pero al carecer de blindaje el Zero estallaba al ser tocado por apenas dos o tres balas calibre .50 de la ráfaga de los pesados cazas americanos, pensados más para proteger al piloto propio que para destruir al adversario. La filosofía de diseño del Zero excluía totalmente la piedad, fuera para enemigos o para propios. El Zero de nuestro abuelo –concluía– era un avión para guerreros capaces de amar la muerte y la belleza de la muerte.

Antes de la medianoche, los hermanos se iban a acostar. En la oscuridad de su cuarto, mientras buscaba el sueño, Teiji era asaltado por dos tipos de imágenes: aquellas en las que se veía frente a los comandos de un Zero, sobrevolando el mar encrespado y azul, y las otras, en donde una mujer sin rostro lo acariciaba lascivamente. En su cerebro, las imágenes entablaban una guerra secreta por prevalecer. Si la imagen del Zero triunfaba, Teiji terminaba por dormirse imaginándose al mando de un caza que, en vuelo rasante sobre el océano, avanzaba hacia un horizonte cubierto de nubes. Pero si la imagen de la mujer desplazaba a la del avión, le era imposible conciliar el sueño si antes no procuraba aliviar su deseo. Mientras se masturbaba, la figura fantasmal de la mujer se desvanecía poco a poco, como si se tratara de una muñeca envuelta en llamas. En el momento del orgasmo, de la mujer no quedaba nada más que un último gesto de desesperación, el movimiento fugaz de sus brazos agitándose en el fuego.

Entonces, como todas las noches desde hacía años, las características técnicas del caza Zero volvían a desfilar en su cabeza.

Teiji repasaba una vez más el mantra, para él lleno de significados y claves sobre su propia vida y destino. Largo: 29,7 pies. Ancho: 39,3 pies. Motor: 1. Potencia del motor: 950 hp. Velocidad máxima: 336 mph. Armamento: dos cañones de 20 mm, dos ametralladoras de 7.7, dos bombas de 132 libras. Alcance: 1.160 millas. Altura máxima: 32.810 pies. Tripulantes: 1.

El sueño llegaba casi de inmediato.

Los cambios que los hermanos habían introducido en su vida común se convirtieron, al cabo de pocos meses, en una nueva rutina. Al comenzar la primavera, agregaron una nueva modificación: después de la cena se trasladaban al patio, y se quedaban ahí sentados hasta la medianoche, bebiendo té helado. Aiko, como era su costumbre, tejía o hacía solitarios mientras su hermano leía. De tanto en tanto, Teiji levantaba la vista del libro que tenía entre las manos y, a través de la puerta abierta que comunicaba la tintorería con el patio, miraba las prendas que colgaban del techo enfundadas en sus bolsas de plástico, y más allá de la vidriera y la cortina metálica que la protegía, el tráfico nocturno en la avenida.

Fue en el apacible transcurso de esas noches que Teiji advirtió –al principio con cierta perplejidad, luego con un inocultable sentimiento de alivio– que ya no estaba obligado a permanecer ahí. Lo único que lo retenía era su hermana. No podía abandonarla sin más, dejándola sola a cargo de la tintorería. Y, sin embargo, distintas posibilidades invadían su imaginación; ideas confusas, envueltas en una incandescencia mágica y perentoria. Pero debía pensar con claridad, proyectar los pasos a seguir, y en ese sitio, entre esas paredes infectadas de malos recuerdos, le resultaba imposible conjeturar nada. Era como si una mano anónima hubiese abierto la puerta de su celda, y él, por costumbre o por desidia, continuara adentro, inmóvil, sin atreverse a probar los beneficios de aquella flamante libertad, como uno de sus aviones de juguete sobre la repisa.

Sin reflexionar más, una madrugada cualquiera obedeció al impulso que lo empujaba a alejarse de aquel lugar. Guardó algo de ropa en una valija, escribió una breve nota para su hermana, y se dirigió a la terminal de ómnibus. Eligió un pequeño pueblo junto al mar. Pagó el boleto. Durante una hora y media esperó en el bar, debatiéndose con un creciente sentimiento de culpa.

Estuvo a punto de romper el pasaje y volver a la tintorería.

Sin embargo, a las siete de la mañana subió al ómnibus y abandonó Buenos Aires.

III

La ruta se extendía como la pista de despegue de uno de esos portaviones, desde los cuales –una mañana de diciembre de 1941– su abuelo había decolado al mando de su Zero. Durante el viaje, la culpa que sentía fue silenciada por la novedad. Teiji contempló la ciudad, los suburbios, el campo; dormitó, pensó con rencor en su padre y con tristeza en su hermana. Aiko ya habría leído la nota, y ahora estaría trabajando como todos los días, pero sola.

El ómnibus arribó al pueblo a las tres de la tarde. Fue el único pasajero que descendió en el lugar. Las puertas se cerraron y el micro regresó a la ruta y se perdió en la distancia como un espejismo. En la boletería de la terminal, preguntó por un hotel. Le informaron que había dos, uno al final de la avenida principal, frente a la playa.

Teiji caminó en dirección al mar. A ambos lados de la calle, debajo de la sombra de los pinos, se sucedían las casas de temporada y los comercios, cerrados en esa época del año. La brisa marina le golpeó la cara; respiró con satisfacción el aire salado.

En el hotel le asignaron una habitación en el primer piso. Era un cuarto austero, limpio, con vista al mar: una cama de dos plazas, una mesita de luz, un ventilador de techo, un placard y una televisión que colgaba de un soporte fijado a la pared.

Teiji dejó la valija y decidió hacer una caminata.

La playa estaba desierta. El viento barría la arena, y las gaviotas volaban en círculos sobre las olas. Caminó a lo largo de la costa, alejándose del hotel. Se sentía extraño, incómodo, algo perdido. Recordó a Aiko. Casi inmediatamente cayó en la cuenta de que aquel viaje tenía como objetivo la toma de una determinación importante, crucial, y se obligó a recapacitar sobre las distintas posibilidades que, al principio borrosas y difusas, más tarde revestidas de una súbita consistencia, se presentaban ante él. Para empezar, debía persuadir a su hermana de vender la tintorería y la casa. Con la parte que le correspondía, podría comprar un pequeño departamento y buscar una nueva ocupación, o viajar a Japón en busca de la familia de su madre. Mientras avanzaba sobre la playa, empezó a sentirse un hombre nuevo, alguien con el valor de luchar, de cambiar y prevalecer sobre el pasado.

Regresó al hotel al anochecer. Subió a su habitación y se dio un baño. Pensaba salir a cenar, pero se recostó en la cama y se quedó dormido.

Se despertó muy temprano. Había dormido mal. El viaje y el colchón demasiado blando habían reavivado los dolores de espalda. Por otra parte, durante toda la noche había soplado el viento y, por debajo del ruido incesante del oleaje, tenía la sensación de haber escuchado llantos de bebés, gritos, y otro sonido bastante peculiar, semejante al resoplido de un gigantesco fuelle o al insistente gorgoteo de tuberías rotas. Se levantó y abrió las persianas. A lo lejos, entre la bruma que flotaba sobre la playa, distinguió unos bultos oscuros, alargados. Algunos se movían con lentitud, oscilando en la resaca, bajo el estridente chillido de las gaviotas.

Eran ballenas piloto, supo más tarde; enormes y pesados delfines negros, una manada de no menos de cien individuos.

A lo largo de la mañana, una multitud de rescatistas inundó la playa. La gente llevaba baldes, sogas y cámaras de fotos. También acudieron la policía, los bomberos y el periodismo. Los rescatistas se dividieron en dos grupos: el primero rociaba a las ballenas que aún vivían con agua de mar, mientras que el segundo intentaba colaborar con un grupo de buzos de Prefectura para devolverlas al agua antes de que el peso de sus corpachones en seco les aplastara los pulmones. Un viejo tractor verde iba y venía a lo largo de la costa, un helicóptero sobrevolaba la zona y, más allá de la segunda rompiente, dos lanchas navegaban en amplios círculos concéntricos.

Cuando Teiji se decidió por fin a salir del hotel era ya mediodía. Avanzó en dirección a las ballenas, pero a último momento se arrepintió, giró hacia la derecha y, siguiendo la línea de la costa, se alejó de los cetáceos y de la multitud.

Caminó durante una hora. Cuando estuvo lo suficientemente lejos se desvistió, se internó en el agua y braceó hacia el horizonte. Traspasó la segunda rompiente y se abandonó boca arriba, mirando el cielo cubierto de nubes y, a lo lejos, la pequeña mancha del helicóptero que volaba en círculos. Cerró los ojos; tuvo una visión fugaz de su hermana, de la tintorería, de las camisas, los vestidos y los trajes colgando de las perchas como animales vacíos, de la caja registradora detrás de la cual su padre se sentaba.

El agua lo hamacaba lentamente y, llevado por la costumbre, repasó las características técnicas del caza Zero. Se interrumpió cuando cayó en la cuenta de que estaba ahí para pensar en su futuro. Sin embargo, el recuerdo de la tintorería volvió a colarse en su cerebro. Irritado, empezó a nadar de regreso hacia la costa. Advirtió de pronto que, aunque braceaba con todas sus fuerzas, no lograba avanzar. Teiji luchó con la corriente que lo retenía y pensó que, al fin de cuentas, su abuelo Onamura había muerto sobre el mar, o adentro del mar, y que esa era una muerte noble. Después de unos minutos de lucha extenuante, recordó que la única forma de librarse de una trampa como aquella, incluso para un nadador experimentado como él, era dejarse arrastrar por la corriente y derivar en oblicua, intentando ganar la playa poco a poco, sin desesperarse y sin agotar las fuerzas inútilmente.

Casi una hora después logró salir del agua muy cerca del lugar donde habían encallado las ballenas, a dos o tres kilómetros de su punto de entrada al mar. Ocupados en su tarea, sólo unos pocos rescatistas lo vieron salir del agua y desplomarse sobre la arena.

Asustado, exhausto, Teiji permaneció durante un tiempo tendido en la orilla, los ojos cerrados, recuperando el aliento. Cuando volvió a abrir los párpados, vio a la mujer.

–¿Está bien? –preguntó ella, sonriendo.

Teiji asintió. Mientras se ponía de pie, observó a la desconocida. Debía tener unos cuarenta años. Era rellena, de piernas cortas, macizas, y senos opulentos; la nariz respingada, los ojos verdes, el pelo oscuro y enrulado rozándole los hombros.

–Respire despacio, respire –dijo la mujer, al tiempo que inhalaba lenta y profundamente, adaptándose ella también al ritmo de su respiración–. ¿Hace cuánto tiempo que está en el agua? Está todo morado; espere, descanse un poco más y después vamos para allá y le doy una toalla y un café caliente...

Un rato después, sin protestar, Teiji se dejó arrastrar hacia la zona donde habían encallado las ballenas.

–¡Qué desastre! –comentó ella mientras se acercaban–; hace unos años pasó lo mismo, pero aquella vez eran menos, unas treinta. Algunos dicen que la ballena guía, que siempre es una hembra, por alguna razón pierde el rumbo, y arrastra a la manada hacia la muerte; otros aseguran que son suicidios colectivos, como esos locos que en los años setenta se suicidaron en Guyana, ¿se acuerda?

La mujer se detuvo junto a un bolso amarillo, a unos cincuenta metros del lugar donde trabajaban los rescatistas. Se sentó y sacó una toalla y un termo.

–Tome, séquese.

Teiji agarró la toalla que la mujer le extendía y se secó los hombros y la cabeza.

–Apenas me enteré vine a dar una mano –comentó la mujer, sirviendo café en dos vasos de plástico–. Vivo acá, en el pueblo. Me llamo Gloria...

Teiji se presentó, se sentó junto a ella, le agradeció la toalla y el café.

De pronto, como si recordara algo, Gloria se puso de pie de un salto.

–Disculpe, pero voy a seguir ayudando. ¿No quiere venir?

Teiji la acompañó.

Durante el resto del día, trabajaron juntos. Mientras llenaban baldes de agua y mojaban la piel reseca de los cetáceos, Gloria le contó que trabajaba como cajera en un supermercado y que tenía un hijo de dieciocho años que vivía en Buenos Aires. Teiji la escuchaba en silencio. De tanto en tanto, el estertor de alguna de las ballenas interrumpía el discurso de la mujer, y Teiji aprovechaba aquellos breves intervalos para observarla.

Más tarde, ella le preguntó qué hacía ahí, si estaba de vacaciones, dónde vivía, a qué se dedicaba, si era casado y si tenía hijos, pero responder a todas esas preguntas hubiese sido, para él, como develar el problemático núcleo de su existencia, de manera que mintió o respondió vaguedades. Aunque en un principio Gloria le había parecido poco atractiva, al cabo de unas horas sus ojos verdes, su voz grave y cálida, sus gestos e, incluso, su manera de moverse, lograron hacerlo cambiar de opinión.

Teiji se sentía cohibido y al mismo tiempo exaltado, como si hubiese bebido.

El tractor continuaba yendo y viniendo, intentando remolcar a las ballenas de regreso al agua, pero era una tarea inútil. Apenas si lograba arrastrarlas algunos metros mar adentro, y las ballenas quedaban ahí, indefensas, tan varadas como antes. Peor aun, las pocas que el tractor pudo llevar a aguas de cierta profundidad, en cuanto salían de la varadura ejecutaban una vuelta en redondo y, a pesar de los gritos desesperados de los rescatistas, se dirigían nuevamente a la playa donde volvían a encallarse, más aterradas de quedarse solas que de morir. Al anochecer sólo sobrevivían dos o tres animales, y cuando estos también murieron la gente empezó a abandonar el lugar.

–Es una pena, una pena... –susurró Gloria, llorando, mientras se alejaban de la playa.

Entonces Teiji se atrevió a preguntarle si al día siguiente estaba libre, si quería que volvieran a verse.

Gloria se detuvo. Durante unos instantes, lo miró extrañada. Después se secó las lágrimas, sonrió y dijo:

–Sí, me encantaría. Puedo pasar a buscarlo a la mañana por el hotel y nos vamos a caminar un rato por la playa... ¿Qué le parece?

Teiji respondió que le parecía bien, y que, tal vez, podían empezar a tutearse.

Gloria volvió a sonreír, le dio un rápido beso en la mejilla y se alejó en dirección al pueblo.

IV

Al día siguiente amaneció nublado.

Teiji apenas había podido dormir. No sólo a causa de la excitación que le provocaba la inminente cita con Gloria, sino también porque, durante buena parte de la noche, no había dejado de pensar en Aiko. A eso de las once, después de resistirse tenazmente durante horas, había levantado por fin el tubo y marcado el número de su casa. Cuando su hermana respondió, no pudo articular palabra. Aiko, sin embargo, supo enseguida que era él y, después de intentar en vano arrancarle una palabra, había terminado por colgar, deseándole las buenas noches en japonés.

Teiji se duchó, se vistió y se acercó a la ventana. Vio los cuerpos de las ballenas en la playa, lamidos por las olas.

Se preguntó cómo resolverían las autoridades del pueblo aquel problema. ¿Qué harían con aquel centenar de ballenas muertas? Era un lugar turístico. No podían dejarlas ahí, pudriéndose durante meses. Imaginó la playa cubierta por los esqueletos blancos, ya limpios, de los cetáceos, y a los turistas veraniegos, hombres, mujeres y niños, jugando entre las enormes costillas y los cráneos. ¿Se llevarían los cuerpos tierra adentro para sepultarlos en algún lugar, o quizá los cortarían antes en pedazos para que la tarea resultara más sencilla? Y, si se decidían por esta última solución: ¿cómo destazarían aquellas enormes masas de grasa y carne, sin contar los huesos, enormes aunque porosos como cartón, que componían el esqueleto? El asunto parecía banal, pero no lo era. Se le ocurrió una tercera solución, que parecía la más apropiada: conseguir un remolcador, un barco pequeño pero con la potencia suficiente como para arrastrar mar adentro a las ballenas y dejarlas hundirse en paz, lejos de la costa.

Aún era temprano y salió del hotel para ir a desayunar. Cuando regresó, una hora y media más tarde, Gloria lo esperaba en la recepción. Confundido, Teiji observó su reloj y se disculpó, pero Gloria dijo que, en todo caso, era ella la que debía excusarse, ya que había llegado antes de la hora convenida. Se había despertado muy temprano, explicó, y no había querido quedarse en su casa haciendo tiempo hasta el momento de la cita.

Abandonaron el hotel, caminaron hasta la playa y, luego de echar un vistazo a las ballenas muertas, se alejaron del lugar.

Como el día anterior, Gloria empezó hablando de ella misma. Parecía alegre, distendida, como si estuviese habituada a ese tipo de situación. Teiji, por el contrario, se sentía cada vez más tenso y angustiado. Observaba a la mujer de soslayo, aturdido, sonriendo de vez en cuando, respondiendo escuetamente sí o no a las preguntas que Gloria le formulaba. En un momento ella lo tomó del brazo. El contacto de esa mano femenina lo sobresaltó de tal modo que Gloria se detuvo y le preguntó si se sentía bien. Teiji dijo que sí, que estaba bien, y siguieron la caminata. Ahora Gloria le contaba detalles de su divorcio. Las nubes que cubrían el cielo se fueron dispersando poco a poco, y el sol asomó en lo alto. Siguieron caminando un poco más. Después se sentaron en la arena, cerca de la orilla. En el horizonte, diminuto, cortado por el vuelo circular de las gaviotas, descubrieron la silueta de un barco. Quizá para aplacar su nerviosismo, Teiji señaló la embarcación en la distancia, y mientras retraía nuevamente el brazo, ella le acarició la mejilla y lo besó.

Teiji la observó un momento, sorprendido, y después volvió a besarla y sus manos buscaron sus pechos. Gloria lo dejó hacer, pero cuando Teiji intentó desabrocharle la camisa ella lo detuvo con dulzura y, acercándose a su oído, le dijo:

–Después, en casa...

Teiji asintió. Ella recostó la cabeza contra su hombro, él la abrazó y se quedaron así, mirando al mar. Después, Teiji volvió a observar el barco. Estaba contento, exultante, y entonces, sin poder atajarse, improvisó una larga explicación sobre los portaviones japoneses que habían participado en la Segunda Guerra; enumeró sus tonelajes, los aviones que transportaban, y de nuevo se oyó hablar del caza Zero. El avión, dijo, había sido diseñado por el ingeniero Jiro Horikoshi, y había recibido aquel nombre a causa del sistema de numeración que empleaba la Fuerza Aérea de la Armada japonesa. En el caso del A6M, el año fue 1940 –el año 2600 en el calendario japonés, explicó–, por lo que se le denominó “caza embarcado Tipo 0”, rei shiki kanjo sentoki. Rei significa cero; shiki, tipo, kanjo, embarcado, y sentoki, caza. El caza Mitsubishi A 6M2 Zero-san, prosiguió, medía 29,7 pies de largo y 39,3 pies de ancho, tenía un solo motor, cuya potencia era de 950 hp, podía alcanzar una velocidad máxima de 336 mph, y estaba armado con dos cañones de 20 mm, dos ametralladoras de 7.7, dos bombas de 132 libras...

La risa de Gloria interrumpió su explicación. Teiji la miró sin comprender. Poco a poco, la carcajada se fue apagando, y ella se disculpó y explicó que nunca habría imaginado que alguien pudiera retener en la memoria tanta cantidad de datos inútiles.

Teiji no dijo nada. Permaneció en silencio, confundido. Gloria quizá notó su contrariedad, porque entonces se puso de pie, lo tomó de las manos e intentó levantarlo.

–Vamos a nadar –dijo, pero Teiji rechazó la proposición y bajó la vista. Cuando volvió a mirarla, ella se estaba sacando la ropa. Tenía la malla abajo, y cuando terminó dijo:

–Voy a nadar un rato, y después podemos ir a casa...

Como en un sueño, Teiji la vio correr hacia el mar.

Gloria se zambulló y nadó mar adentro, cortando las olas en dirección a la segunda rompiente. Teiji volvió a oír la risa de la mujer retumbando entre las paredes de su cráneo, y pensó en Aiko, y a su alrededor creció una oscuridad pétrea, los altos muros de una cárcel de la cual, ahora lo sabía, era imposible escapar.

Se puso de pie y miró una vez más hacia el horizonte. Un sol rojo, rabioso, limpio y centelleante subía hacia el cielo como en aquel amanecer del 7 de diciembre de 1941. En ese instante, entre las olas, vio los brazos en alto de la mujer agitándose con terror. La corriente la empujaba mar adentro. Teiji sintió que sus músculos adquirían una extraña rigidez y se transformaban en algo duro y denso como el metal. Oyó un grito lejano, apagado, apenas discernible del trueno del oleaje. Avanzó unos pasos hacia la orilla, y permaneció ahí, de pie, inmóvil. Pasaron los minutos. De la mujer ya no quedaba nada más que un último gesto de desesperación.

Teiji ni siquiera advirtió que sus labios rezaban, en un murmullo inaudible, el temible armamento del caza Zero.

"Doscientos canguras " de Diego Muzzi
"Doscientos canguras " de Diego Muzzi


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