
Es cierto: jamás hubo tiempos serenos, bellos, de paz absoluta. La historia del mundo es como el mar en una noche de tormenta, escribió o dijo Joseph Conrad, el genial marinero. Pero a François Villon, pendenciero, ladrón, asesino, carne de burdel y de taberna, poeta del populacho, le tocaron negros, largos, trágicos…
Nació en París como François de Montcorbier en 1431, mientras Francia e Inglaterra se desangraban en la Guerra de los Cien Años –116, en verdad–, Juana de Arco moría en la hoguera, el hambre golpeaba sin piedad, y aquellos que volvían del frente, heridos, acababan de morir en los más helados inviernos de ese tiempo sombrío.
Hijo de aldeanos pobres, padre muerto muy temprano, madre viuda y sin oficio, dejó al niño, ya marcado por la miseria, en manos del maestro, cura y capellán de Saint-le-Bétourné Guillaume de Villon, que no sólo le dio su apellido: lo adiestró en la fe religiosa y lo inscribió en la licenciatura de Arte. Pero, aunque alumno destacado, arrumbó el título y optó por la vagancia, las peleas de cantinas y bodegones, los lupanares, el robo y el crimen: el estigma del arroyo…

Un tal Philippe Sermoise, cura, cometió el pecado de birlarle una mujer, y François lo degolló. Huyó de París, lo condenaron a muerte en ausencia, pero por influencia de su padre adoptivo logró el perdón. Todavía no se había trenzado la soga que habría de partirle el cuello, pero anticipó su fin en el (acaso) su mejor poema: La Balada de los Ahorcados.
Fragmento:
"Soy François y el nombre me duele,
Nacido en Pontoise, cerca de París,
Y balancéandome al cabo de una cuerda,
Sentirá mi cuello lo que mi culo pesa"
Sin embargo, el perdón no fue enmienda. Ni por asomo. Como un prólogo viviente de Jean Genet (1910-1986), novelista y dramaturgo luminoso, y ladrón contumaz, François se unió a la pandilla de los Coquillards –Concha de Molusco, nombre de los bandidos que asaltaban o estafaban a los peregrinos– y una noche saquearon el Colegio de Navarre alzándose con una fortuna en monedas de oro.
Otra vez en manos de la ley, fue a parar a una mazmorra en la prisión de Meung-sur-Loire… Pero no fue tiempo muerto: entre esas paredes y rejas escribió Pequeño Testamento, autobiografía de 2.023 versos, seguida cinco años después por Gran Testamento. Sin discusión, sus obras maestras: popurrí sobre el tiempo, la muerte, la religión, mezclado por bromas, burlas, blasfemias… Lo que hoy llamaríamos "sinceridad brutal".

Libre otra vez, y dueño de una asombrosa facilidad para la rima, vagabundeó por pueblos y aldeas cambiando baladas por comida y vino, no necesariamente en ese orden. En esas correrías conoció a la gorda Margot, prostituta, vivió de ella y de su recaudación diaria, pero –según la balada que la inmortalizó– también la amó.
Balada de la gorda Margot, fragmento:
"Mas si amanece y no aportó dinero
¡ay de Margot! Entonces enfurezco,
No puedo verla, degollarla quiero (…)
Pero vuelve la paz, se tira un pedo
Más criminal que de un cañón la bala,
Riendo me da un golpe, luego, quedo,
"¡súbete!" dice, en tanto que se instala.
Dormimos como un zueco, ambos beodos (…)
"Por tu lujuria nos desvencijamos!",
En el burdel en donde el pan ganamos".
Que llueva o truene, tengo el pan seguro.
Soy vicioso y halléme una viciosa.
No sé cuál de los dos lo es más, lo juro.
Y la basura nos parece hermosa
Y el honor nos repugna y lo ahuyentamos
En el burdel en donde el pan ganamos"
Pero a esa vida aventurera la corrían el pasado y sus crímenes. Encarcelado –¡y torturado!– en la atroz prisión de Châtelet, confesó hasta quedar vacío, y el asesinato del fraile Philippe Sermoise le valió, en noviembre de 1462, "a ser colgado y estrangulado". Pero en enero del año siguiente un tribunal anuló la sentencia y la cambió por un exilio: "No podrá volver a París por diez años".
Partió, y todo rastro se perdió de él. Algunos ecos no demasiado sonoros revelaron que no vivió más allá de sus 32 años. Es todo.
Pero su miedo a la muerte y a la condenación eterna, marca a fuego de su educación religiosa, le dictó un largo epitafio cuyo final mucho explica:
"Príncipe Jesús, que sobre todo reinas,
procura que el Infierno no lleve nuestras almas:
nada tenemos que hacer ni pagar en su lodo.
Hombres, en esto no hay burla alguna:
¡y rogad a Dios que nos absuelva a todos!"

Los juicios críticos sobre su obra tardaron largo tiempo. En el siglo XVI fue apenas descubierto, pero el editor Clemént Marot, en 1532, imprimió todo el corpus al considerar que "no sólo renovó la poesía de su tiempo, sino que dio una nueva vida a temas heredados de la cultura medieval y los animó con su propia y original personalidad. A contrapié del ideal cortés, invirtió los valores admitidos, oficiales, y celebró a las gentes destinadas al patíbulo, ofició a las descripciones burlescas y a las bromas subidas de tono, y multiplicó el lenguaje. Esa combinación confirió a sus escritos y baladas una sinceridad singular, feroz, y casi sin antecedentes en su tiempo".
En los años 30, las baladas fueron readaptadas por el poeta húngaro György Faludy. Con impensable éxito. Hoy nadie niega que Villon está en el parnaso de los poetas malditos, de la poesía negra, del realismo salvaje. Y es justicia.
(Post scriptum. Las veintiún baladas de Villon están al alcance de todos en varios sitios de Internet. Su lectura, ya minuciosa, ya profunda, ya a simple vuelo de pájaro, es una extraña aventura, y también una autopsia de ese espíritu libérrimo en lucha contra los estrechos límites medievales.)
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