“Heroína, la guerra gaucha” (Kintsugi), de Nicolás Correa
“Heroína, la guerra gaucha” (Kintsugi), de Nicolás Correa

En Heroína, la guerra gaucha, la última novela de Nicolás Correa, podemos leer cosas como: "No puedo pedir más de lo que viví. Fui y volví de Malvinas. Soy una lady hecha y derecha", o "Eso no se le hace a una woman como yo, que fue a la guerra y volvió enterita".

Narrada en primera persona, en un tono confesional, espiamos la vida de una voz sin nombre para quien las Islas siguen siendo una imagen de pura actualidad, una sombra terrible que no necesita invocar, porque sola va encontrando su propio espacio. En Malvinas hubo heroísmo, y en Malvinas llegó también la transformación: de muchacho enlistado por amor a otro recluta, a alta princess. Una lady, una woman. No es raro, entonces, que diga cosas como la peluca flameando me hizo acordar a la bandera inglesa en las Malvinas, o que los recuerdos no te dejan, se quedan ahí, manoseando tus pensamientos, te hunden y si no salís te vas para abajo como el Belgrano.

En la novela, Malvinas es apenas el recuerdo de un viejo escenario, un dolor persistente del cuerpo. Un telón de fondo sobre nuevos tormentos. El problema es que Malvinas nunca puede ser un detalle o un accesorio de ninguna trama, porque Malvinas tiene la potencia transformadora de cambiar de signo a cualquier historia. Por necesidad lo tiñe todo, lo impregna de su niebla y de su hambre, de su barro, de sus tumbas.

Nicolás Correa
Nicolás Correa

Correa usa un procedimiento interesante, desde el comienzo mismo de la novela. La voz narrativa le habla a un interlocutor desconocido, que nunca interviene. Un periodista, un investigador. Al comienzo pensamos también en una juez y en una declaración indagatoria. Dice, en algún momento: "yo estaba sentado". Después hay una digresión, son frecuentes las digresiones en el relato de su vida, y cuando retoma ya no dice estaba sentado, sino: "yo estaba sentada". El paso de ese narrador masculino al femenino es natural. Nos llama la atención, por supuesto, jamás podría pasar desapercibido algo así, pero no más de lo necesario.

En detalles así se juega el estilo de Correa, que tiene oído para ese otro lenguaje que se habla en la calle, ese argot de la gente de carne y hueso. Esas palabras que huelen a verdad. Porque Correa elige narrar en el terreno del riesgo. Su novela corre peligro, él mismo asume el riesgo de ponerse a narrar desde la cabeza, desde el cuerpo de Heroína. Un relato desordenado, que va y viene en el tiempo porque sigue la lógica del dolor. Hay tiempo para contar el dolor, nos explica Heroína, y nos enteramos de que su madre se suicidó por su culpa, al menos de eso la convencieron, y de que quedó bajo el cuidado del padre, siempre molesto porque su mujer no había sabido enderezar al hijo. Enderezar, esa palabra usa el padre.

Los últimos días de la Guerra de Malvinas
Los últimos días de la Guerra de Malvinas

Son pocas las ficciones que se han atrevido con Malvinas. Correa duplica la apuesta, llevando a su Heroína a Malvinas, y paga esa valentía en las redes sociales, donde conviven la reseña entusiasta con el rechazo violento. Hubo incluso una amenaza de escrache en el interior del país, en una de las presentaciones de la editorial Kintsugi. Con Heroína, Correa incluye su nombre en un linaje conformado por Los pichiciegos, de Fogwill, y Las islas, de Carlos Gamerro. Y Borges, siempre Borges. El célebre poema Juan López y John Ward. Más recientemente, también piensan Malvinas Juan Guinot con La guerra del gallo, llevada al teatro por Mauro Yakimiuk, y Cristian Godoy con el cuento Una fecha fácil, de su libro Ruidos molestos.

Vale la pena contar la historia de Godoy. A la directora de un colegio se le ocurre llevar a un excombatiente de Malvinas para el acto escolar. Pero se acerca la conmemoración del 2 de abril, con las madres colgando guirnaldas en el patio y la agitación de los chicos que crece, y el excombatiente no se presenta en condiciones. No es posible cancelar, nunca hubo tanto entusiasmo en esas aulas. En la desesperación, a una maestra se le ocurre reemplazarlo por el encargado de su edificio. Nadie nota la impostura. Todos aplauden, incluso el veterano verdadero, refugiado entre los padres.
Las maestras justifican la desidia del excombatiente, intentan justificar la actitud que ellas mismas tuvieron al convocarlo primero y al marginarlo después: era sabido que la mayoría no volvió bien de la guerra, dicen. No podíamos exponer a las criaturas.

Tres obras con las islas como eje
Tres obras con las islas como eje

En Heroína también se problematiza esa vuelta de la Guerra, pero se le otorga un signo diferente. Dicen que los que volvieron de Malvinas están locos, cuenta Heroína. Locos no, explica, enojados. Dentro de la comedia de enredos que puede parecer el cuento de Godoy, hay una segunda historia que da cuenta de la tragedia argentina de esconder a nuestros héroes.

Se cuenta que Fogwill escribió Los pichiciegos en tres o cuatro días lisérgicos. Son los 12 gramos más famosos de la literatura argentina. Patricio Zunini recoge la anécdota en Fogwill, una memoria coral. Un libro polifónico y bellísimo. Fogwill corría, en medio de la Guerra de Malvinas, para terminar la novela antes de que llegara el Papa a Buenos Aires.

Quizás haya un atractivo en pensar Heroína en esta relación con las maneras de Fogwill. Cuenta Correa que Heroína era originalmente un cuento breve. Gabriela Cabezón Cámara lo escuchó hace muchos años, leído del propio Correa en un ciclo literario, y le recomendó seguir escribiendo. Había más para contar. El resultado es esta novela, tanto tiempo después. Así persisten los temas que obsesionan y atormentan. Cabezón Cámara escribió en la contratapa, hablando de Malvinas, literatura y género: Hasta estallar de dignidad si es necesario, con el esfínter apretado porque a partir de ahí, a partir de ese cierre, así se arma lo macho, lo padre, la patria y también la literatura nacional.

 

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