Cómo es el excéntrico mundo de los palindromistas

Tomás Lipgot, cineasta y fanático de las palabras y oraciones que se leen igual en ambos sentidos, dialogó con Infobae Cultura sobre su viaje a Cataluña, sede del Club Palindromista Internacional, donde filmó un documental sobre esta actividad, que considera "una enfermedad hermosa"

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Tomas Lipgot es director de cine y también un palindromista irrecuperable: busca, piensa y escribe palabras u oraciones que se pueden leer igual de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Como Menem. Amor a roma. O Neuquén, la provincia en la que el cineasta nació hace 40 años como Tomás Gotlip. Apenas conocía los más famosos, como "Dábale arroz a la zorra el abad", cuando llegó a sus manos un ejemplar de Karcino: tratado de palindromía, de Juan Filloy, autoproclamado campeón mundial en esta disciplina. "Lo devoré y empecé a escribir de golpe. Ahí me agarró la enfermedad, empecé como a vomitar palíndromos. Eso nos pasa a todos, es algo que está como en estado latente y hay que sacarlo", explica en diálogo con Infobae Cultura.

Durante muchos años, Lipgot invirtió una cuota importante de su tiempo en escribir frases que se leen igual en ambos sentidos mientras intercambiaba cientos de mensajes con los representantes del Club Palindromista Internacional, cuya sede se encuentra en Barcelona. Ya era uno de ellos. Por eso viajó a Cataluña: quería conocer las caras a sus colegas fanáticos de la simetría, de lo reversible, de la literatura matemática. Durante su estadía surgió la idea de retratar este universo en el que habita algo muy parecido a la obsesión. El resultado de esa búsqueda es Viva el palíndromo, el documental que se estrenó semanas atrás en la Argentina.

"Es una forma de poesía, de buscar belleza —explica a Infobae Cultura  Lipgot, director y autor de un libro de palíndromos que todavía no vio la luz—. No solo tiene que estar bien técnicamente, hay una búsqueda que tiene que ver con la belleza estética". "El Google se liga a giles, el Google" es una pieza de su autoría de la que está orgulloso.

—Hay en la película una suerte de oda a la pérdida de tiempo.

—Sí, eso es fundamental. Eso sumado al juego. El adulto en general lo ha perdido. Creo que si pudiéramos ser un poco más juguetones, el mundo sería mucho más interesante.

—¿Cómo explicaría este placer? 

—Es algo maravilloso. El problema es que es gratis. Como todavía no está inserto en algún sistema de comercialización, se ve que no interesa mucho. Pero con una lapicera y una hoja uno puede encontrar un montón de revelaciones. Tenés que tener solo ganas de perder el tiempo. Es una inversión que vale mucho la pena. Lo recomiendo. Y no es difícil hacer uno, la gente cree que tenés que tener una habilidad y yo no creo que sea así.

—Queda claro en la película que es una afición que lo acompaña todo el tiempo, en cualquier circunstancia, como si siempre hubiera algo por descubrir…

—Sí, yo ahora escribo de vez en cuando. Hay gente que escribe todo el tiempo. Yo me canso. Y las formas son diversas. Yo con la cabeza no puedo, no tengo esa habilidad mental, por eso tengo que estar siempre escribiendo. Y por supuesto, está esta cosa de la calle, que es una especie de síntoma, que vas viendo todo al revés y cuando tenés algo ahí, lo desarrollás.

—¿Cuando está leyendo un libro juega con esto?

—Sí, me ha pasado que me aburro y empiezo a mirar para atrás las palabras para buscar un palíndromo. O a veces ni siquiera estoy aburrido. Estoy como enganchado y hay una segunda vía de la atención que está para buscar. Una vez que te llega la enfermedad, no se te sale tan fácilmente…

—¿Cómo es padecer esta enfermedad?

—Es una hermosa enfermedad. Después cada uno dosifica cuál es el límite. Hay un punto que es cercano a la obsesión. Yo he estado alguna noche entera sin dormir en vacaciones, mi mujer me quería matar. Pero no pasó de eso. Me parece que es una enfermedad recomendable.

—¿Cuándo considera que es bueno un palíndromo?

—En general los buenos son los cortos. El palíndromo tiene como dos lados. Y hay un sentido que medio se arma solo. Mientras más largo se hace se va como bizarreando. Obvio: si es largo y es bueno es una genialidad, pero son pocos. A mí los que me gustan son los cortos y efectivos. Son los más redonditos.

—¿Cómo se lleva esta escritura con la ficción? ¿Sería viable escribir una novela con esta regla?

—Es difícil porque se bizarrea todo. Hay varios experimentos, hay traducciones. Hay dos libros que se ven en la película. Pablo Nemirovsky y Xavi Torres tradujeron al palindroso La guarda cuidadosa, de Cervantes. Eso sí es factible. Después Pere Ruiz hizo La Biblia en palíndromo que empieza con el Génesis y termina con el Apocalipsis. Eso a nivel sólido es difícil, son experimentos. Lo que más me gusta es en la poesía, también hay haikus y sonetos que funcionan muy bien.

—¿Cómo es la comunidad argentina de palindromistas?

—No, es una diáspora… Es una cosa minoritaria, pero cada vez van apareciendo más. Hoy los contás con los dedos de la mano.

—¿Hay encuentros?

—Una vez hice un café literario palindrómico, fue lo único que hubo. Hay una movida como muy dispersa, está todo nucleado en el club de Cataluña, que son 50 personas, es algo muy pequeño.

—Si tuviera que descomponer el proceso para crear un palíndromo, ¿cómo lo explicaría?

—Es difícil… Lo que define al palíndromo es una constricción. Hay una ley muy severa que lo hace muy interesante y satisfactorio. Una vez que tenés el palíndromo es porque lograste cumplir con esa constricción, que es una limitación muy grande. Es como que saliste de la cárcel. No es complicado, tenés que ponerte. Para mí hay que atreverse a jugar con las palabras. Yo pienso una o dos palabras con un diccionario… Hay palabras que son amigas de los palíndromos. Si tenés una palabra que tiene muchas consonantes raras, la das vuelta con las mirada y te das cuentas de que no surge nada. Es una cuestión de sentarse a jugar. Es un juego, no es muy complejo para nada.

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