Por Mauro Yakimiuk

La colección Robin Hood, por supuesto, también Elige tu propia aventura, claro está que Patoruzú, algunos comics y mucho más. Yo era ese niño. Desde que tengo recuerdos, estuve rodeado de libros. Tuve suerte. Después, como no podía ser de otra manera, cometí errores. A la hora de elegir una carrera universitaria, me metí en periodismo deportivo y cursé durante tres años, hasta el dos mil, con historias de otros egresados que, para hacerse un lugar en los suplementos, cubrían, por ejemplo, Acassuso-Lamadrid por los viáticos, la pérdida constante de sus equipos por robo y la tristeza de ver los mundiales por la tele, como espectadores.
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Cuando me recibí, entonces, trabajé de otra cosa: bancario. Ahí estuve boyando por promesas de crecimiento durante un buen rato hasta que, un día, por la puerta chica, volví a los libros. Como periodista. Bien amateur, abrí mi propio blog, Entre vidas, para entrevistar escritores. Desde el dos mil nueve estuve, por decirlo de algún modo, o al menos eso creía yo, del otro lado. Estaba, sin embargo, casi sin darme cuenta, nutriéndome de todo lo necesario para poner los dedos sobre el teclado y llenar las páginas en blanco con mis propias ideas.
Para aprender algo de técnica, primero me metí a estudiar dramaturgia con Mariana Mazover. Hice algunas obras que escribí, dirigí y produje a pulmón quemado y continué, sin bajar la guardia, en trabajos bancarios y, por supuesto, con las entrevistas a escritores. Cada entrevista, lo sé, me dejó algo, una enseñanza, una técnica nueva, alguna herramienta que me preparaba para encarar la prosa, a la cual, por supuesto, le tenía demasiado respeto. Cuando empecé con Luis Mey el taller, lo primero que me dijo fue: Hay que aprender a faltarle el respeto a la literatura.
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Siempre tuve la intención de escribir novelas, pero me frenaba la extensión. Veía muy lejano el escribir una historia larga, hasta que en el taller una de las cosas que aprendí fue que la novela es una ilación de cuentos. Y pensé que si quería viajar en auto a Bariloche me iba a jugar en contra el largo camino desde Buenos Aires, pero si iba parando, eso facilitaría o haría ameno el recorrido. De esa manera, empecé a escribir cuentos cortos con una coherencia en función a los personajes y la historia.

La imagen disparadora de mi novela Esos no son todos los vicios, publicada por Azul Francia Editorial, en realidad fue una frase de algo que pienso: "A la gente buena le va mal y a la gente mala le va bárbaro". Desde ahí empecé a escribir la historia de Marcos Augusto Malfatti, un tipo desalmado que con sus peripecias a lo largo de la novela, todas lamentables, conforma un antihéroe al que jamás creí que podía hermanarme.
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La historia comienza durante uno de sus cumpleaños, el mismo día en el que los padres mueren en un accidente de tránsito y él se entera, también, de que no iban a su fiesta sino que se iban de vacaciones a Mar del Plata. También, un tiempo después se entera de que antes del accidente discutían.
El protagonista, a lo largo de las páginas, va perdiendo a su novia, a su mejor amigo, su trabajo. A pesar de que va perdiendo todo eso, él está convencido de que es un buen tipo. Sin embargo, como el devenir oscuro continúa, él tal vez cambia, poco a poco, su perspectiva. Tal vez se declare culpable por vocación y todo lo que pareció terrible hasta el momento pase a ser parte de sus acciones más conscientes. Pase a ser parte de sus elecciones.
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Lo que me resultó interesante durante la escritura fue, además, vislumbrar que era posible reírse a carcajadas con circunstancias que, en la vida real, en la vida cotidiana, pensaríamos como terribles, dignas de juicio de valor, de indignación. Si acaso eso se transmite, si logro sacar una carcajada con lo que no se debe, entonces el paso del periodista al escritor, en este caso, está logrado. Veré luego, novela tras novela, cómo proceder. El oficio de escribir, aprendí durante el proceso, implica que no todo lo que escribas tiene que ser fabuloso. Porque no todo lo que se escribe debe ser publicado. Esa libertad, esa falta de interés, también, es quizá lo que hizo que este personaje fuera posible.
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