Por Salvador Marinaro

Mi vieja tiende a minimizar cada foco de conflicto. Para ella, toda enfermedad es una gripe, toda discusión una "nadería" y cualquier decisión inminente puede ser aplazada para cenar "todos juntos en familia". Esta tendencia a embellecer la realidad genera una serie de problemas muchas veces mayores que los omitidos; sobre todo, porque hace más de diez años vivo lejos (muy lejos) de Salta y nuestra relación se resume a lo que nos contamos por teléfono.
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Con el tiempo, aprendí a leer entre líneas, a buscar información por otras vías y a alarmarme cuando está resfriada. Las conversaciones con ella suelen concentrarse en temas abstractos, en lecturas de autores de filosofía, historia, física cuántica y recetas de cocina; cada tanto hablamos de la situación del país. Dejo que el discurso fluya en la búsqueda de indicios que me permitan completar una historia paralela (la otra, llena de apuestas, riesgos y sacrificios) y así sentirme un poco más cerca de mi familia.
Esto viene a cuento para expresar una relación con el lenguaje, entre lo dicho y lo omitido. La tendencia a trasladar el foco de la cuestión hasta volverlo mínimo e intrascendente y desproveer a lo narrado de cualquier peligro no es una tradición exclusiva de mi vieja, sino de un sector social de una ciudad pequeña (como Salta).
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Tengo una serie de ejemplos de este "género de traslación": mi abuela concentraba sus preocupaciones diarias en las notas escolares de sus nietos y la limpieza de la salita de estar; una tía que siempre deseó y no pudo tener hijos se dedicó por completo a los cuidados de tres perros con los que dormía; un tío que coleccionaba orquídeas eligió el modo más indirecto de morir: el mutismo; y una pariente optó por la forma más extrema de ahorrar plata: el suicidio. Se trata de un orden del discurso que excluye el núcleo para inmunizarlo y, al hacerlo, condensa e incrementa su ferocidad.
Sin duda, esto responde a una serie de factores que hablan de la vida cotidiana en un pueblo conservador: una división social inflexible, un mercado laboral concentrado en las relaciones familiares y una clase media reducida a una centena de personas. En los últimos años, la vigilancia constante entre los vecinos se ha incrementado con Internet y las redes, paradoja de la modernidad. La presión social crea una forma narrativa basada en la omisión, la información dispersa y, sobre todo, el detalle fuera de foco. Lo ausente es generalmente lo que más duele.
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Supongo que mi vieja lo hace por una voluntad poética: desea que el mundo sea distinto; o por una visión mágica del lenguaje: solo debe ser narrado aquello que merece existir. Pero cada vez que hablo con ella tengo la misma sensación que me generan los relatos de Antonio Tabucchi, donde se conoce a los personajes por lo que callan, dicen al pasar o inventan.

Cuando empecé a trabajar en los cuentos de Una tristeza decente, cuando supuse que en un par de textos dispersos había un libro, me di cuenta de que los protagonistas compartían una forma de narrarse a sí mismos. Para ellos, el centro del conflicto estaba en un lugar lejano, fuera del escenario y se mantenía oculto hasta que de repente todo estallaba. Algunos textos exploraban el minuto anterior a la explosión o inmediatamente posterior. En todos ellos, los personajes experimentaban una traslación y hubieran preferido estar en otro lugar. De ahí, también el título del libro: la necesidad de mantener la "decencia" pese a que el mundo se desmoronaba.
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No creo en la literatura autobiográfica o más bien no creo que nada importe del autor, su vida, de dónde proviene y, menos aún, su cuerpo o qué hace con él. Tampoco creo que la literatura tenga la obligación de retratar un mundo, aunque ese mundo esté condenado a la desaparición. Pero sí creo que las relaciones sociales están atravesadas por el lenguaje y que cada sociedad crea modos particulares de contar una historia. De ahí viene la pluralidad de lo literario y su importancia política.
No me refiero a los giros lingüísticos (largamente ensayados en la literatura de mediados del siglo XX) o en los temas que se tocan, sino en la misma estructura del relato. Me interesó tomar estas formas de narrar que postergaban y aletargaban el conflicto: a través de los diálogos inocuos entre dos hermanos, los reencuentros con amigos de la infancia, las habladurías del barrio y los paseos dominicales de una familia en búsqueda de la felicidad publicitaria.
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Así surgieron historias como La Marilín, que cuenta la violencia a la que está sometida una trans mientras ella baila y se ríe en el último desfile del carnaval, o Fósiles, que a través de la memoria edulcorada de un hijo se descubre a un padre golpeador. En el cuento Un día de reyes, la obsesión de una madre por la felicidad de sus chicos se vuelve contra ella y las tensiones internas de la familia no tardan en emerger.
La Poética de Aristóteles recomienda los giros extremos: que una persona enormemente rica termine en la pobreza total genera un mayor efecto estético. Estos cuentos no buscan la transición, pero sí el efecto. A través del deseo de ser otros, de tener otra historia para narrar, quizás un relato de felicidad y de superación, se adivina la tristeza de los personajes.
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Hace un tiempo el director de una agencia de noticias donde trabajaba me dijo que solo en los pueblos es posible la intimidad, una intimidad feroz que te permite descubrir la complejidad de las personas. Algo de esta expresión se ve en un mundo que solo es capaz de presentar el interior. Pura intimidad y postergación.
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