
Una vez me preguntaron qué libro había producido en mí el efecto que me gustaría producir en quienes me leen, y respondí sin rodeos que El periodista deportivo de Richard Ford.
Ese libro tuvo en mí el efecto que tuvieron los libros de los escritores y las escritoras que más me gustan: en general recuerdo muy poco de lo que tratan, y creo que no me acuerdo porque me pegan más como conmoción que como trama y porque me enamoro de sus obsesiones.
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De todas las obsesiones que tiene Richard Ford como autor, me enamoré de la intermitencia de los vínculos humanos que se apagan y se prenden como una lamparita floja; y de la idea de que todos, tarde o temprano, vamos a ser sobrevivientes de algo.
Ford mira el mundo como lo que es: una catástrofe. Pero la mira en cámara lenta, y una catástrofe en cámara lenta no parece una catástrofe. Esa forma de mirar el mundo es una forma de resignación, pero resignación en el buen sentido, como esa plegaria de la serenidad que nos pide distinguir entre paciencia, valor y sabiduría para saber qué material de nuestra vida podemos editar y cuales es mejor dejar como están.
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Me pregunto por qué me interpelan tanto sus libros, sus personajes cerca de tramitar la jubilación, padres de familia con pérdidas irreparables encima, hijos a la deriva a causa de un mal paso dado por sus padres, matrimonios heterosexuales echados a perder. De suburbios o ciudades de Estados Unidos que ni conozco, matando el tiempo en casas con porche y jardines bien cuidados.

Pienso en Incendios, en Canadá y en la tetralogía que le dio vida al personaje más importante de la literatura norteamericana del siglo 20, Frank Bascombe, y lo que sucede es que Ford narra como nadie la pérdida de la inocencia, el momento en que eso que sos se quiebra para siempre y no hay retorno. Eso: la imposibilidad de no poder volver a dónde sea que te acaban de expulsar. Las puertas que se cierran para siempre con vos afuera. Ese momento en que el mundo, la casa de tus padres, el colegio se convierten en un montón de hierros retorcidos y vos también. Como le hace decir a su personaje Dell Parsons en Canadá: "Mi idea es siempre cruzar una frontera; cruzar una línea y no poder volver jamás".
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Dos de los comienzos más fuertes de la literatura están, para mí, en dos de sus libros: en Canadá y en El periodista deportivo. Dos comienzos que son ejemplos de gestos de autoridad literaria: dos hijos que acaban de quedar huérfanos para siempre porque sus padres decidieron robar un banco y echar a perder una familia; y un padre al que se le acaba de morir su hijo y también un pedazo de su corazón.
Admiro su paciencia, su trabajo artesanal con las palabras. Pienso en las 600, 700 páginas de Acción de gracias y de El día de la independencia. Pienso en las más de 1700 páginas que fueron el suministro para pintar ese fresco norteamericano que se expande a partir de la construcción del carácter sigiloso, conservador y defensivo de Frank Bascombe. Pienso que leer a Ford colabora a que si una escribe prosa o poesía, lo haga de forma menos solemne; y a entender la conexión que hay en la literatura entre la acción y la reflexión.
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En Flores en las grietas, las memorias sobre su vida y su escritura, escribió que su aparente actitud de flojera proviene del hecho de haber tenido padres de clase obrera que trabajaron como esclavos para que él pudiera tener una vida mejor que la de ellos, para que no tuviera que trabajar tanto, y que su vida es justamente un tributo a su éxito. Y también escribió que lo que tiene que hacer un hombre del sur es huir hacia adelante y nunca mirar hacia atrás, porque el pasado suele ser bastante pesado.

Usé una frase de Canadá como epígrafe del libro que escribí: "La vida se nos da vacía. Tenemos que inventar la parte feliz". El jueves, cuando estábamos terminando una entrevista, el dueño de la librería se lo mostró, y después de pedirme que se lo firme como él hizo con mi ejemplar de El periodista deportivo – porque hasta ese lugar de detalle llegó su don de gente y su nivel – la leyó en castellano y me dijo: esta frase se la robé a Ortega y Gasset.
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Le pregunté si disfrutaba de leer, ese acto de sumisión que consiste en entregarse al punto de vista de un autor y me dijo que sí, que muchísimo. Le pregunté cuáles eran sus autores favoritos y me dijo, en un gesto de humildad y serenidad, que por ser escritor no es que lee literatura oscura y difícil, sino que lee lo que lee la gente.
Sé que no dijo la verdad, sé que ama a Chejov, a Sherwood Anderson, a James Salter, a los que fueron sus colegas y amigos: Carver, Tobias Wolff y Cheever. Yo pude decirle que lo leo a él, que sus libros están en mi corazón y salvan mi vida todo el tiempo.
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