
Mozart tenía tan solo 11 años cuando compuso su primera ópera, Apolo y Jacinto. Pasada la admiración que suscita tal precocidad, es legítimo preguntarse si esta obra de juventud, aunque sea del mismísimo Mozart, merece realmente mucha atención hoy en día.
Si pensamos en todos los desafíos que representa el género operístico, podríamos dudar, y con razón. La ópera requiere dominar por igual el arte de la composición musical y las complejidades del arte dramático. ¿Es posible que una persona tan joven posea, juntas, las competencias técnicas y las calidades artísticas necesarias para la elaboración de una bella música sinfónico-vocal, y que además, sea suficientemente fino estratega para combinar las exigencias rítmicas de la acción y la caracterización de personajes interesantes?
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No dejar caer la intriga en la cual está puesta la atención del espectador, mantener la expectativa del desenlace y, simultáneamente, complacer los oídos de los oyentes, tales eran los desafíos que los compositores de ópera debían enfrentar.

Por cierto, la música clásica funciona según el principio de la repetición. Un tema, una vez que se ha dado a escuchar, se hace discreto el tiempo de algunas bifurcaciones hacia otros desarrollos. Estos desvíos, en realidad, avanzan hacia un porvenir asegurado: la reexposición de la melodía inicial tan esperada, que se presentará con sutiles variaciones que le dan todo su encanto a las formas convencionalmente cerradas de la época.
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Sin embargo, la acción, por su lado, no reclama reiteraciones. ¡Al contrario! Porque corre ahí el riesgo de debilitar la atención del público. Esa es la contradicción esencial y el verdadero reto de cualquier ópera: sostener una trama alerta sin empobrecer los planos melódicos, armónicos y tímbricos. Es aún más desafiante, obviamente, cuando se trata de la primera ópera y que su autor es un niño de 11 años.
Asistir a la puesta que ofrece la Ópera de cámara del teatro Colón es darse la posibilidad de evitar un error y de superar un prejuicio. La pregunta inicial pierde legitimidad ¡porque la formulamos al revés, por supuesto! La interrogación correcta es ¿qué podría ser imposible para el gran Wolfgang Amadeus Mozart?
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Poco después de su retorno a su Salzburgo natal, luego de una gira de tres años por las principales cortes europeas, acompañado por un padre tan orgulloso como exigente productor, el niño prodigio de la ciudad fue inmediatamente solicitado por el príncipe y trabajó en dos obras vocales de música sacra con compositores de renombre de mucho más edad que él como Michael Haydn. En el mismo período, recibió de la Universidad el encargo de un intermedio musical para voz y orquesta destinado a ser intercalado en una pieza de teatro en la cual actuarían los alumnos del liceo.
El argumento mitológico está basado en las Metamorfosis de Ovidio: Apolo y Céfiro, están ambos enamorados del hermoso Jacinto, hijo del rey Ébalo. Jacinto y Céfiro se entrenan para lanzar el disco, pero Céfiro, que está perdiendo, usa de sus fuerzas sobre el aire para que el disco caiga sobre Jacinto. La herida es mortal. Apolo, inconsolable por la pérdida de su bello amante, lo metamorfosea en la flor que lleva su nombre. En el Salzburgo del siglo XVIII, el libreto se complica un tanto. La moral en vigor impone que desaparezcan los elementos indecentes para un joven público de varones. Surge entonces un personaje femenino que va a permitir, por lo menos en apariencia, mantener a salvo las buenas costumbres. Melia, hermana de Jacinto es la prometida de Apolo. Pero Céfiro imposibilita el casamiento: acusa a Apolo de ser responsable del accidente. Melia rechaza entonces a su pretendiente. Aunque sea un Dios, no puede casarse con el asesino de su hermano. La confusión es general hasta que Jacinto, en un último aliento, revele el nombre del verdadero autor del crimen.
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Apolo se casará con Melia, ¡la moral está a salvo!
Por lo menos, pareciera estar a salvo… En realidad, el autor del libreto logró -¿involuntariamente?- crear un embrollo de modelos de pareja abigarrados: homosexuales (Céfiro y Jacinto), bisexuales y eventualmente poliamorosas (Apolo, que va a casarse con Melia pero ama a Jacinto sin que ella parezca sentirse engañada). La situación final es tan poco convencional que hay razones de preguntarse ¡cómo podía pretender alejar a los jóvenes del "vicio" y canalizar los ardores adolescentes! La paradoja es tal que el único rol femenino, en un elenco de actores alumnos de un liceo en el cual la mixtura ni siquiera era imaginable, está protagonizado por… ¡un varón!
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Estas contradicciones están hábilmente subrayadas en la adaptación de Mercedes Marmorek y también por la dirección escénica de Ignacio Gonzales Cano. Ambos enfrentan con mucho humor el reto de hacer aceptable este libreto un tanto alambicado. El fallido intento de moralización se convierte en pretexto para tratarlo de forma declaradamente cómica, ya que las costumbres consideradas chocantes en el siglo XVIII son, por lo contrario, socialmente aceptadas hoy en día.
Un subterfugio dramatúrgico complica -felizmente- un poco más el argumento inicial, con el fin de darle sentido en el contexto actual. La puesta en escena reproduce, en forma caricaturesca, el marco en el cual fue creado Apolo y Jacinto. El tono satírico en contra del clérigo católico está dado de entrada. Un preámbulo expone a dos jóvenes monjes carnalmente enamorados uno del otro. Mientras su pasión se despliega en el primer plano de la escena, un cura ejecuta impasiblemente el oficio. Es el mismo Padre Rufinus Widl, profesor del liceo de la Universidad de Salzburgo, históricamente conocido como el probable autor del libreto, representado en escena. Los amantes reciben luego un cruel castigo y el padre les explica que van a tener que ver una vez más su pieza de teatro para entender que es lo correcto. La ambivalencia lo caracteriza. El cura conserva a lo largo de la pieza una relación ambigua hacia sus discípulos, tan acariciador como fue sádico anteriormente. "A veces usan el amor y a veces el miedo", vocaliza Jacinto hablando de los dioses. El metatexto está perfectamente enlazado con la historia original.
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Los aspectos cómicos de la producción y los guiños voluntariamente marcados logran hacer sonreír y también reír francamente. Se introducen en todos los detalles de la escenografía y del vestuario. Los juegos de inversión con los códigos de colores convencionales tienen su encanto: el celeste habitualmente atribuido a los niños por una industria de la moda infantil entregada a la teoría del género es aquí el color del vestido de la señorita, mientras los jóvenes varones llevan medias rosas. El alusivo rosa fucsia -¡muy fucsia!- de la escena final devuelve todo su sentido al afiche del espectáculo, que parecía muy literal antes de haber visto la función. Este detalle le recuerda al público atento el eterno mensaje de las comedias de Mozart: ¡nunca creer en las aparencias!
La puesta en escena muy lúdica es perfectamente apropiada para la obra del travieso Wolfgang Amadeus, quien disfrutaba mucho las bromas, los chistes y los juegos de palabras. Hablar al revés era una de sus travesuras favoritas. Un día, firmó Trazom una carta a su esposa Constanze que nombraba Znatsnoc.
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La versión de la Ópera de cámara del Teatro Colón restituye plenamente el éxito del joven compositor. La orquesta, bajo la dirección de Ulises Maino, acompaña la acción dramática con la justeza y el tacto tan particulares que demanda el estilo de Mozart. La nobleza de la música augura el futuro genio que se expresó en forma única en sus obras de madurez e impuso una práctica renovada de la ópera.
Entre los momentos más fuertes, se destacan primero la entrada en escena del carismático contratenor Martín Oro en el papel de Apolo, que protagoniza con una descarada ironía. Un expresivo dúo con la soprano Victoria Gaeta luego del anuncio de la muerte de Jacinto es una escena donde la comedia debe dejar el paso a sentimientos humanos más profundos y tristes, giro dramático perfectamente cuidado por la puesta en escena. El niño Mozart da prueba de la clarividencia en asuntos del corazón que caracterizará su obra. La cólera de Melia se explaya a través de una vocalidad constituida por expresivos saltos interválicos mientras la impotencia del Dios suena en inquietantes descensos cromáticos.
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El aria de Ébalo es un momento de los más dramáticos y Santiago Martínez se lleva los cálidos aplausos de un público conquistado por su convincente interpretación. La orquestación del dúo Melia-Ébalo capta la atención por sus combinaciones instrumentales y por el tratamiento del material de las cuerdas que logra un sutil clima dramático. Los primeros violines sostienen con sordina la linea melódica mientras los pizzicati de los segundos violines, punzantes, puntúan las dolorosas volutas vocales del padre y de su hija, que se entrelazan tiernamente.

La conclusión es sonriente: Mozart nunca falla. Mucho más que un ejercicio correctamente realizado, Apolo y Jacinto es un testimonio de sensibilidad, imaginación y saber precoces que ya afloran en esta partitura de primerizo. Su representación no se limita al interés de una reconstrucción histórica. Da a escuchar las premisas expresivas del compositor más amado de la historia de la música clásica occidental y permite conmoverse con la joven sinceridad del genio mozartiano. No hay nada sorprendente en eso: si los niños son una permanente fuente de enternecimiento para todos los padres, ¿cómo podría ser de otra manera con el niño Mozart, cuya música, a fin de cuentas, nos une desde más de dos siglos en una misma familia musical?
*Apolo y Jacinto, por la Ópera de cámara del Teatro Colón en el Centro Cultural 25 de Mayo, los días 15 y 16 de diciembre, a las 20 y 17 de diciembre, a las 18. Las localidades se consiguen en la boletería del Centro Cultural , Av. Triunvirato 4444 (4524-7997), de lunes a domingo 11 a 21 horas.
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