Catalina Aguilar Mastretta: "Hay un misterio rarísimo en el amor, por eso hay tantos libros escritos y películas hechas"

Más como necesidad que como mandato: hija de los destacados escritores Ángeles Mastretta y Héctor Aguilar Camín, esta joven cineasta mexicana se lanzó a la literatura con la novela “Todos los días son nuestros”. ¿Hay vida después de un amor intenso que prometía ser definitivo?, es una de las preguntas que recorre el libro

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Catalina Aguilar Mastretta
Catalina Aguilar Mastretta

"A los 20 años tenía un blog… ¡eso sí que era literatura del yo! Era un diario, pero ficcionado para que fuera más interesante. Cada anécdota estaba hecha para ser más interesante de lo que realmente había sido en la vida", dice Catalina Aguilar Mastretta. Tiene 33 y hace unos años que está atravesando ese túnel etario al que podría llamarse, ya sin ningún tipo de titubeos, adultez. Ella lo sabe y lo tiene claro, sin embargo su forma de vestir, sus gestos, su dicción rápida y su simpatía avasallante la envuelven en un manto de distendida adolescencia, sin seriedad, ni solemnidad, ni imposturas. "La literatura tiene la función de ser un espejo y de retratar de manera sofisticada y compleja el mundo". comenta.

En el Recoleta Grand Hotel, media cuadra antes que la calle Las Heras se convierta en una avenida cargada de tráfico y bocinazos, esta joven mexicana habla sobre su primera novela titulada Todos los días son nuestros. María acaba de terminar su relación con Emiliano luego de varios años de amor correspondido: todo es caos para ella pero no desesperante, por suerte, sino lleno de ironías. ¿Hay vida después de un amor intenso que prometía ser definitivo? Para la hija de los destacados escritores Ángeles Mastretta y Héctor Aguilar Camín, que también es cineasta y guionista, la respuesta es un inmenso sí, aunque admite: "Hay un misterio rarísimo en el amor".

– ¿Cómo empezó la literatura en tu vida?

– Lo primero que leía eran cuentos de hadas. me los leía mi abuela y luego de ahí, de adolescente, una de las cosas que me obsesionaba mucho eran las versiones que había de eso, entonces leí muchos cuentos nórdicos. Ese es mi primer recuerdo de buscar activamente algo. Pero mis papás son novelistas así que estaba muy en el ambiente.

– ¿Qué rol jugaron ellos a la hora de traerte de este lado de la literatura?

– Es chistoso porque, por ejemplo, mis papás no me leían para dormir, más bien me cantaban, algo que no era muy literario, pero estaba la idea de que a eso se dedicaban, entonces era una cosa que había que buscar, respetar, querer y entender quiénes eran los autores. Creo que más bien esa influencia no explícita pero que estaba en el aire fue lo que me dio la idea de que el lenguaje era importante. Había como un respeto por la lectura y la escritura básico, a pesar de que no me dieron muchos libros a leer como plan "lee éste", pero existía de que había que buscarlos y encontrar cuál era el que te gustaba y hablar de ello.

Catalina Aguilar Mastretta
Catalina Aguilar Mastretta

– ¿Y pesan sus figuras?

– No, para nada. Al contrario. Siempre es una ventaja crecer con lo que quieres hacer. Yo creo que los hijos de médicos que van a la escuela de medicina saben más que los que no eran hijos de médicos. La disciplina de escribir, lo que significa hacer de eso una profesión, no es una cosa que tuve que descubrir. Estaba en el ambiente. Y eso es una ventaja: que exista en el mundo la posibilidad de dedicarte a esto sin que sea un pleito, sin que sea un convencimiento, sin que sea una cosa que tienes que descubrir que existe, es una ventaja fundamental.

– ¿Y te han ayudado en algún punto?

– No, porque son papás, ¿sabes? No se puede acudir a ellos para una crítica constructiva, inteligente y objetiva. Todo es como "¡la niña escribió un libro!, ¡la niña hizo una película!" Entonces da igual.

– Imagino que tenías una biblioteca gigante en tu casa, algo que no es tan frecuente en una familia…

– Teníamos la biblioteca juvenil Alfaguara en nuestro cuarto, por ejemplo, que era rarísima porque eran puras traducciones de cuentos noruegos, cuentos para niños escritos por los 80 entonces pasaban en lugares rarísimos como Neverland y nunca sabías en qué idioma estaban hablando. Los niños se llamaban rarísimo. Todos esos recuerdos los tengo como filtrados y nebulosos pero me acuerdo específicamente de esos libros anaranjados que estaban llenos de historias raras.

– ¿Y la escritura cuándo empezó?

– La escritura comenzó en la preparatoria. Empezó con el cine, la verdad. Escribía un poco para tener cosas para filmar. Escribía historias usando a mis amigos de actores, partían a partir de más o menos de qué gente tenía disponible. Le escribía papeles a ellos y de ahí salían las historias. Esas fueron las primeras cosas de ficción que escribí, que fueron más para divertirnos filmándolas.

– ¿Cómo es el pasaje de la escritura de guión a la novela?

– Sí, hay mucha diferencia. Pero finalmente los guiones son estructuras raras, necesitan tener tono, historia, ser cosas completas, pero al mismo tiempo están hechas para ser otra cosa. Entonces no tienen esa cosa de que estás escribiendo algo que va a tener una audiencia directa, sino que tu audiencia siempre es un puente para que se convierta en lo que realmente va a ser, que es la película. En cambio las novelas son siempre una relación directa con un lector, entonces se vuelven más libres y, quizás, un poco más íntimas.

– ¿Cómo surgió la idea de Todos los días son nuestros?

– Estaba escribiendo guiones… los guiones son estructuras muy rígidas finalmente. Lo que sí tiene que pasar es que vayas a un lugar, que cada escena tiene que llevar a la siguiente, y todas esas reglas de guionismo que son importantes. Entonces de repente estaba viviendo en Los Ángeles… llevo como nueve años ahí, entonces veía yo a mis amigas y a mi hermano y a mis primos… veía como yo a la Ciudad de México como de lejos justo en esta edad: en los veintes. Cada vez que algo pasaba, que ellos tenían una reflexión que me parecía interesante, que mi amiga decía algo chistoso, como no cabía en el guión que yo estaba escribiendo lo fui poniendo en un archivo que luego se convirtió en el libro. Creo que esa observación, ese universo, esa manera de crecer de lejos es lo que acabó estando en el libro y luego lo que hubo que hacer es inventarle una anécdota en la que meter todas esas cosas. Y la anécdota para mí siempre fue muy clara, que vendría hacer una anécdota de pérdida para que tú pudieras volver para atrás.

– ¿Hay elementos autobiográficos?

– La verdad es que no. De manera explícita y en la anécdota no. Lo que hay mucho es mi visión del mundo. María se parece mucho a mí en términos de su agnosticismo, su amor al cine, su manera de acercarse a los demás, sus análisis irónicos, la manera en que se burla de sí misma de lo que le va pasando, pero no, de anécdota no. A ver… dejame pensar: ah, sí, hay una cosa que es real, mi prima se hizo novia del señor que hace los datos del censo. pero hasta ahí, esa es la única cosa real que pasó y acabó en el libro.

Catalina Aguilar Mastretta
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– ¿Y harías una novela sobre tu vida?

– Debo decir que no me ha pasado nada muy interesante. O sea, nada así de dramático: no se ha muerto mi madre, no he perdido una relación de diez años. Creo que eso es lo divertido de ser escritor, que todos tenemos emociones muy intensas por distintos motivos y las exorcizas inventando historias lo suficientemente dramáticas para que sean el conducto para esas emociones que han sido así de intensas. Supongo que si me pasara… acabo de leer el libro de mi editora, Mercedes Güiraldes, que habla de su cáncer, y es un libro fantástico, y vienes de esa experiencia… A mí me han pasado muchas cosas sin duda pero la verdad me parecen más interesantes extrapoladas en la ficción que pensándolas en mí.

– Ahora, tras haber publicado esta novela, ¿te sentís más escritora que directora o guionista?

– Es chistoso… sí, como directora me siento más escritora que directora, en el sentido de que cuando estoy en el set lo que más me interesa es el ritmo de lenguaje, las imágenes al servicio de la historia más que la belleza estética de una imagen que puede haber directores que se clavan más en ese tipo de cosas. Entonces, como Woody Allen que dice que él es primero escritor y luego está tratando de ejecutar esa cosa que escribió, más que realmente dirigir una película. Con esa idea me identifico más.

– Si bien el amor es algo universal, narrarlo siempre es interesante porque aporta miradas actuales y personales. ¿Por qué se te ocurrió escribir sobre amor?

– Para mí es el misterio fundamental de lo que hacemos todos los días, y no necesariamente el amor romántico. ¿Por qué queremos a la gente que queremos y cómo? ¿Qué hay de nuestra esencia, por cursi que suene, que conecte con la esencia de alguien más aunque en la apariencia no tengamos nada en común con ellos? ¿Por qué te sientas frente a dos personas que son igual de simpáticas, igual de buenas personas y con una te hermanas y con otra no tienes nada de qué hablar? Hay un misterio rarísimo en el amor, por eso hay tantas libros escritos y películas hechas sobre ese tema. En la exploración de la especificidad está eso, quién la gente y cuál es su circunstancia. Por eso para mí era muy importante que pasar en la Ciudad de México y que pasara además con un lenguaje muy coloquial. Hay mucha sutileza en cómo habla, por ejemplo, Paloma y cómo habla María. Hay toda una construcción social y una observación que yo tenga de una manera muy directa. Entonces, esta especificidad es lo que vuelve a estas historias únicas y distintas cada vez, porque todo esto nos pasa a todos.

– Hay además mucha ironía en la novela y un intento por salir de la mirada cursi del amor…

– Mi referente siempre es Jane Austen, que es la más crítica y no cursi del mundo, viviendo en un mundo súper rígido con reglas que aparentemente estaban hechas para ser muy cursis. Creo que esas emociones y esa observación social no cambia. la gente es quien es y los buenos escritores siempre han podido hablar, acercándose a un personaje muy específico, de la condición humana. Alguien describió este libro como una historia de amor moderno, entonces la pregunta es: ¿cuál es la diferencia entre el amor moderno y el amor no moderno? No tengo la menor idea, pero que la respuesta está en los códigos y lo que está permitido en el código social. Eso era lo que yo quería retratar ahí de manera muy específica: en nuestra generación o en la generación de la gente que hoy tiene 40 años, la mayoría de la gente tiene un ex novio o una ex novia que fue el amor emblemático de su juventud y con quien tuvo una relación muy intensa de verdad, y muy íntima, que no estaba hecha para durar toda la vida. Eso nuestros abuelos no lo tenían. Entonces esos códigos, esas cosas que están hoy permitidas con las partes específicas de la actualidad. Todo lo demás… yo creo que la gente se enamora siempre igual.

– Siendo directora, ¿te pasó de imaginarte este libro, a medida que lo ibas escribiendo, que podía estar en la pantalla?

– No, al revés. Para mí este libro siempre fue una novela, siempre estuvo en prosa porque pasa en la cabeza de esta mujer. Todas las cosas que no cabían en los guiones, porque no eran visuales, porque no se trataban de eso, cabían aquí.

– Por último, ¿creés que la literatura tiene una función en la sociedad?

– ¡Claro! Sin dudas las historias en todas sus presentaciones son importantes. Creo que nos enseñan empatía, nos enseñan a vivir. Hay muchos estudios que indican que la gente que recibe ficción y que lee ficción tiene más empatía y es mejor con los demás que la gente que no. Que a la gente que le contaron historias tiene más capacidad para entender cuestiones complejas de política social que a la gente que no le contaron historias, porque es evidente. Finalmente así es cómo transmitimos conocimiento de la condición humana. Pero la literatura tiene una conexión absolutamente personal con su audiencia, que es única en muchísimos sentidos, porque cuando tú lees un libro y te clavas en una historia es una relación mucho más íntima que la que puede tener, a pesar de que soy cineasta, con una película. Porque pasa con un ejercicio de imaginación y de encontrarte con una serie de códigos compartidos de todo, desde las letras, que te permiten acceder a ese conocimiento, hasta la especificidad del lenguaje que te llevar a pensar en quién puso eso por escrito, quién era esa persona, adónde te está llevando y en qué te está convirtiendo mientras lo lees. Para mí es fundamentalmente una relación de intimidad. Una intimidad más profundo entre la audiencia de la literatura que la audiencia de cualquier otra forma de contar historias.

– ¿Y una función social?

– Claro, creo que tiene la función social evidente de ser un espejo y de retratar de manera sofisticada y compleja desde cómo nos enamoramos de la gente hasta cómo funciona un país, o incluso un ejercicio de ciencia ficción para hablar metafóricamente de cómo funciona el mundo. La función creo que es la observación y descripción del mundo.

 

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