Siempre es un desafío para un escritor cuál es el libro que inicia su trayectoria. La primera obra que un autor publica es una carta de presentación que muy posiblemente marque su carrera literaria. Existen libros sueltos sin mayor ambición que pasan y quedan en el olvido, y están los que desde su ópera prima marcan que hay un escritor (por caso, Mauro Libertella con Mi libro enterrado), que en su trabajo con el lenguaje hay una búsqueda, que en el armado de la trama no hay improvisación. Ese es el caso de Natalia Rozenblum con Los enfermos, la novela que el sello Alto Pogo lanzó este mes.

Rozenblum nació en 1984 y su pasión por la literatura la llevó a montar una librería en su propia casa que se llama La vecina y que funciona por demanda a través de la web.

Los enfermos narra la historia de una mujer que acompaña a su hijo en estado de coma. El lector no sabe cuál es el motivo, de a poco se va enterando de la edad del joven y de cómo se fueron dando los hechos que lo llevaron a esa sala hospitalaria donde transcurre la primera de las dos partes de la obra. Rozenblum maneja los tiempos, los tonos y el ritmo de su escritura para construir una atmósfera agobiante, pero que al mismo tiempo atrapa por cómo se sucede la vida frente a la detención de una vida que no termina.

"Empecé con una imagen. Conozco a alguien que se pegó un tiro, falló y está en estado vegetativo hace unos años, se trata de un chico de mi edad", cuenta la autora en el estudio de Infobae y dice que conoció a parte de su familia y "cuando me enteré de eso, me quedó una fotografía de la madre cuidando a ese hijo, quedó en mi cabeza hasta que en un momento comenzó a moverse la foto y a partir de ahí uno empieza a pensar hacia dónde va".

—¿Por qué decidió que esta sea su primera novela publicada?

—Porque la otra no está para publicar, la mandé una vez a una editorial cuando era más chica y en ese momento uno sufre, pero creo que fue una gran decisión que no se publique porque siempre pienso que no estaría contenta con esa publicación. Más allá de que una siempre puede verle cosas al texto, me siento cómoda con esta historia y con cómo la construí.

—¿Cómo se fue metiendo en la cabeza de esa madre?

—Me resultó bastante perturbador. A mí me gustan mucho los climas de oscuridad y con disturbios, es algo que me atrae leer y también me atrajo escribirlo, pero sí es cierto que hay un momento en el que el personaje te agobia y te arrastra en su misma forma de ver las cosas, de esperar que algo paso o deje de pasar. Honestamente, creo que el hijo siempre es una excusa para ver cómo ella maneja sus otras situaciones, es como un escudo que va usando.

—Usted tomó una decisión que implicó un desafío: el escenario donde se desarrolla la novela es un ámbito pequeño y cerrado, una habitación de un hospital que apenas si se extiende hacia el pasillo en la primera parte y un ambiente en la segunda. ¿Cómo trabajó con esta autolimitación?

—Sí, y eso que soy claustrofóbica. En cuanto al hospital, es un ámbito que conozco bastante por una situación familiar, estuve bastante tiempo yendo a un hospital hace muchos años. Me genera mucha atracción, ese universo me resulta fascinante y hay gente que verdaderamente vive ahí, que no tiene otra opción. Me parecía interesante esa idea de que se convirtiera en hospital-hotel para esta mujer. Por otra parte, debo haber quedado con ese impulso y también es consecuente con lo que a ella le pasa que es tener que esconderse y demás, porque al menos en su fantasía no puede salir de ese otro espacio.

—¿Es además su lugar de refugio frente a la violencia que sufre por parte de su marido?

—Claro. Incluso cuando ella ve cómo se maneja el cuerpo del hijo, que es como un cuerpo muerto al que se mueve, se lo conecta, se lo inyecta. Donde no hay voluntad por el estado en el que está él, pero incluso una persona mayor tampoco tiene mucha voluntad frente a decisiones o una persona joven. Estás en un lugar donde el que tiene el poder del saber es el médico, es la institución o demás y a uno le queda creer.

—Se trata de un cuerpo inerte que es manipulado todo el tiempo…

—Sí, y el de ella también, desde otro lugar y con otros personajes que no son médicos.

—¿Cómo construyó esa voz?

—El otro día estaba pensando en eso, porque siempre tuve la convicción de que lo mejor era una primera persona, una voz femenina para matizar lo fáctico, lo que estaba pasando. Me parecía como que había algo de suavidad en eso, inicialmente, cuando lo escribí al menos, pero el otro día pensaba que todo lo contrario, porque al estar con alguien que es víctima y victimario, poder ver toda su intimidad y su interioridad también es mucho más fuerte que si lo hubiese contado desde afuera.

—Uno termina de leer y piensa: "No podría haber sido como lo fue, una primera persona tan potente".

—Siento que es muy literario el libro, de cómo ella cuenta lo que le pasa.

—Es muy poético, sobre todo con las decisiones que toma respecto de los signos de puntuación.

—Sí, fue intencional, pero venía de un texto de Leo Oyola que en una parte tenía cada tres o cuatro palabras el punto y aparte, y repetía en este caso la misma palabra: óbito, óbito, óbito. Mientras lo leí en voz alta me generó algo y dije: "Vamos a ver cómo funciona este recurso". También me parecía, una vez que lo empecé a trabajar, que era interesante con ese punto y aparte empezar a entremezclar voces, diálogo y pensamiento, y hacer como juegos de palabras de ese tipo.

—En esa novela de Oyola, Kryptonita, ese trabajo con los signos de puntuación le permite, igual que a la suya, edificar una atmósfera asfixiante de la institución médica. ¿Está de acuerdo?

—Sí, y aparte si bien uno intenta hacer el trabajo de que después se pueda decodificar bien quién habla, quién piensa y todo lo demás, sí creo que ese tipo de lectura pide bastante atención del lector, al menos de lo que se cuenta en presente.

—En esa institución hospitalaria está más resaltada la presencia de las enfermeras que la de los médicos. ¿Fue intencional? ¿Por qué?

—Porque las que se ocupan en todo momento son las enfermeras, obviamente la cabeza es el médico, pero van haciendo como rondas y lo que siempre está es el escritorio de las enfermeras, las llamadas que van desde el "hay que cambiarle la vía" hasta "falta una manta para quien se queda a acompañar". Lo que sea que pase, ellas son las que están circulando todo el tiempo. Tienen una cotidianidad, lo que no quita que haya médicos igual de humanos y de cercanos, pero sí creo que se genera otra cercanía.

—La novela tiene un gran hallazgo literario que es la construcción del pasado y del presente. ¿Cómo fue ese trabajo?

—Hice un trabajo a conciencia, tal vez más en el momento de corrección, entre lo que era el presente, el pasado cercano, que en la primera parte serían las cosas que pasaron cuando todavía están en la casa y en la segunda, cosas que pasaron en el hospital. Y un tercer nivel que sería el pasado propiamente dicho, el pasado histórico, cuando ella era chica y ese tipo de cosas. Lo que decidí fue que el presente se cuenta en presente y va con los puntos y aparte como algo fragmentario, el pasado reciente va en bloque pero se cuenta en presente también y el pasado lejano se cuenta en bloque y en pasado, con la densidad que tiene. Soy una persona muy desmemoriada y entonces jamás recuerdo así, pero me parece que el pasado es algo como sólido y pesado, me gustaba esa idea que probablemente pase inadvertida para la mayoría de las personas que puedan leer la novela, pero me gustaba prestar atención a ese trabajo más estético.

—¿Esto significa que se propone plantearle ese desafío al lector, que implica que lo temático va atado a lo formal?

—Sí, obviamente no es que apenas me senté a escribir tenía la decisión tomada, pero sí fue algo que fue apareciendo y a mí me resultó importante trabajar. Siempre es importante ver cuál es la mejor manera de contar eso que uno quiere contar, lo cual no significa que uno va a hacer una excentricidad para contar algo, simplemente encontrarle su forma. Hay gente a la que le gusta algo más experimental, tal vez a mí no me interesa algo que sea por sí mismo experimental, me interesa siempre y cuando sepa que esa es la clave en la cual lo tengo que leer, si no me parece que lo importante es: "Quiero contar esta historia, ¿cuál es la mejor forma para esta historia?, ¿cuáles son los procedimientos de los cuales me puedo valer y aprovechar?". Muchas veces uno no prueba distintas cosas en la escritura, sí lo veo como un espacio superlúdico. Sin ir más lejos, [Manuel] Puig, que todo el tiempo está probando recursos, es espectacular. Uno escribe con un lenguaje escrito y uno visualmente ve algo cuando agarra un libro. Está bueno pensar y aprovechar las distintas formas que tiene el lenguaje para contar.

—Se sacó la mochila del primer libro, ¿cómo sigue?

—Tratando de desconectarme bastante y dejar que haga su recorrido. Lo que más pasó fue darme cuenta de la diferencia que hay en lo que es escribir y lo que es publicar, en el sentido de que no tiene nada que ver una cosa con la otra. A mí me gusta escribir y no quiero gastar demasiada energía en esa dependencia que se genera a veces de ver qué pasa con el libro y demás. Es algo a lo que trato de huirle, así que intento conectar con la escritura nuevamente con otra historia.