Durante el pasado enero Andrés Fejerman, mejor conocido como Andy Chango, viajó por el país y atravesó las fronteras del territorio nacional con un claro objetivo: encontrar habitantes originarios.
Con una curiosidad casi periodística, Chango interpretó a una suerte de Hunter S. Thompson autóctono, recorrió 8.836 kilómetros y pasó por 27 puntos geográficos en busca de historias interesantes o, a veces, cualquier hecho que justifique la publicación del libro que se había comprometido a escribir.
Esta extraña hazaña luego quedaría materializada en Indianápolis, el libro que Planeta distribuye en estos días y que al autor le tomó cuatro meses "de absoluto encierro" concretar.
En el camino, el músico no desvía la atención de la meta planteada y sigue tres reglas autoimpuestas: no volver al mismo lugar, no utilizar Internet y, lo que es el pilar fundamental del libro, tomar contacto con habitantes originarios.
Indianápolis es, de alguna manera, el viaje de un capitalino hacia lo desconocido. "Para los porteños, el interior es el exterior", dice Chango.
Ya de vuelta en la rutina tras haber tenido su primera experiencia como escritor, el artista visitó la redacción de Infobae y contó cómo fue esta aventura, habló sobre su relación con las drogas, su pasado en España y su reciente regreso a la Argentina en tiempos de una intensa polarización política.

—¿Qué fuiste a buscar en este viaje?
—La búsqueda principal, que era un poco un juego, era buscar habitantes originarios. Salí a viajar por el interior y tenía muy claro que tenían que pasar cosas o tenía que haber aventuras o lo que hiciera falta porque tenía que escribir un libro, me había gastado el adelanto y estaba usando dinero de la editorial. Tenía que existir un libro. Me puse como consigna buscar habitantes originarios porque realmente tenía interés en ver si encontraba pueblos indígenas, sus costumbres, y ver historias de minorías, injusticias. Con un poco de vocación social, aparte de la vocación de descontrolar, que era también la consigna del viaje y el libro.
—¿El viaje terminaría una vez que encontraras a este habitante?
—El viaje tenía una duración de un mes, porque tenía que ponerle límite de alguna manera. De hecho, al final del viaje yo ya estoy cansado pero tampoco quería parar. En un momento entré en una dinámica que hubiera escrito diez años seguidos. También porque la estaba pasando fenomenal, estaba viajando por unos lugares magníficos y con todas las cosas solventadas, las dietas, los transportes, con amigos que se iban encontrando. Era una situación bastante ideal que por mí no se hubiera cortado nunca tampoco. Entonces le puse una fecha y al final coincidió con el final personal del libro, porque considero que justo cuando se acababa el libro me estaba acabando yo también.
—¿Qué dirías que es lo que más te llamó la atención de esta aventura? En el libro enumerás algunas conclusiones que te llevaste…
—Está lleno de pequeñas historias y cosas potentes, pero no sé si podría elegir una. Esto no tiene que ver con el libro, pero me quedo con algunos paisajes naturales. El Talampaya, el Valle de la Luna, que no lo sospechaba, no sabía que existían y que los teníamos acá, en este país que tiene una naturaleza fuera de lo común. Parece Marte por momentos. Después es todo verde y marrón también. Y La Rioja es especialmente roja. Es un relajo, después de tanto verde y marrón, llegar a un lugar rojo. También me llamó la atención las enormes distancias y el terrible vacío que hay en el país. Vas de un lugar a otro y en el camino no hay nada: ni casas, ni gente viviendo, ni animales pastando ni cultivos. Muchas zonas de desierto, o de arbolitos, o de ríos, pero sin humanos. Me sorprendió el enorme vacío. De hecho, pensé que en algún momento se podría alquilar una parte del país a los chinos, o a alguien, porque no lo estamos usando.
—A comienzos del milenio tuviste un par de apariciones en la TV abierta en las que opinaste sobre el consumo de drogas. Tuvieron gran repercusión y hoy en día se siguen repitiendo, ¿te arrepentís?
—Arrepentirse jamás, de nada. Y mucho menos de eso. En ese momento estaba promocionando un disco de rock, que todas las canciones hablaban de drogas. Yo estaba viviendo en España, en Buenos Aires no me conocía nadie y tenía que promocionar un show. Entonces fui a unos programas de tele, quizás de dudosa factura, provoqué y dije la verdad de ese momento, la verdad de mis 25 años. Estaba todo englobado en la promoción de un disco, tampoco era una cosa gratuita. Supongo que quería llamar la atención, ahora la veo y pienso que tiré una bomba para esa época. Sin embargo, me sigue causando gracia. Me molesta un poco cuando se me estigmatiza y se me pregunta solo por eso. No por este caso: en el libro aparece la ayahuasca y el tema de las drogas así que está justificado… Pero a veces me cansa que solo me llaman por eso, como si yo fuera un diplomático de las drogas. Nada que ver. Lo único que hice en su momento fue hablar con naturalidad de mi consumo personal y de mis ideas sobre la libertad y la ausencia de castigo que tienen que tener las decisiones personales. Como dijo Escohotado, de la piel para adentro mando yo. Otra cosa es cuando ya le traés consecuencias al prójimo. Pero siempre tengo esa filosofía: cada uno debería y debe hacer lo que quiera hacer.

—¿Qué importancia tienen las drogas en tu vida?
—No tiene una importancia mayor que la carne, la lechuga y la música, no sé. Es una cosa más de las que me gustan. En este momento, la verdad que el tabaco es la adicción más grande que tengo hace años y es una droga legal. La otra adicción que puedo llegar tener es un poquito de Rivotril cuando estoy trabajando, que también es una droga legal. O sea que mi relación con las drogas está casi legalizada. Después, del uso lúdico de algún porrito y esas cosas no vale ni la pena hablar, es una obviedad.
—¿Por qué te fuiste a vivir a España en los 90?
—Porque quería. Me fui de viaje con un amigo, Pol, en el año 96 y nos fuimos tres meses a Madrid. Estaba muy lindo allá, teníamos amigos… Los Rodríguez estaban ahí, terminando su ciclo pero todavía estaban, y empecé mi amistad con Andrés (Calamaro) y Ariel (Rot). Estaba muy cómodo allá. Me gustaba mucho por curiosidad, después de tantos años en Buenos Aires, estar en una ciudad totalmente diferente y con la cercanía que tenía con Marruecos, que en ese momento lo descubrí y es otra cultura, otro mundo que me atraía mucho. En ese viaje fui a Holanda, a Marruecos y estuve en Madrid. La verdad que la pasé tan bien que no quise volver. Me vine acá, alquilé mi casa, me volví a ir y me quedé 16 años sin darme cuenta.
—¿Te sentís argentino?
—Evidentemente tengo muchísimas partículas de argentinidad en mi cuerpo y mi mente. Pero no estoy orgulloso de eso. Noto cosas argentinas, pero no me dan orgullo. No creo en los nacionalismos. Veo más que hay gente violenta, enferma o mala onda en todos los países del mundo, y que hay gente linda, humilde, explotada o graciosa en todos los lugares del mundo. No tengo nada que me haga pensar que somos especiales.

—¿Te interesa la política?
—No me interesa la actualidad de la política, sino el fenómeno en abstracto. A veces leo libros sobre la Antigua Roma y mirás los ciclos de dictadura, democracia, corrupción, robo, dictadura… Y decís, ¡ostia!, hace 2000 años estaba pasando lo mismo que ahora. No me interesan los nombres propios, los políticos de la actualidad. Me parece un plomo infernal. Creo que los políticos son una raza global. Y después hay unos con menos conciencia social que otros, por no decir más garcas que otros. Pero eso siempre estuvo y yo noto que van cambiando los apellidos, pero no cambian las formas. No creo que antes haya sido mejor, creo que siempre hubo crueldad y siempre la naturaleza humana tuvo su miseria y ponzoñez. Por suerte después está la parte lúdica de la vida y los juegos. La verdad que yo soy una persona que, para todas las ideas oscuras que tengo acerca de lo que pasa, me cago de risa igual. Diferencio muy bien que el mundo me parezca que fatal con todos los buenos momentos que le pueda robar la vida.
—¿Cómo fue venir acá, después de haber vivido en Espala 16 años, en una etapa de absoluta polarización política? ¿De qué lado te encontró la denominada grieta?
—Yo no tenia idea de nada y, más que una grieta, me encontré con un precipicio, porque recién llegado ya me contrataron para tocar en la Casa Rosada. Había un camerino que decía "Andy Chango" adentro de la Casa. Dije que sí: necesitaba el dinero y además me apetecía un montón tocar en Plaza de Mayo. Pero me vi envuelto en toda una vorágine en la que realmente no tenía mucha idea. Por ahí terminaba el concierto, me venían a hacer una nota y yo sentía que tenía que apoyar a un gobierno que no sabia ni lo que era. Pero me habían contratado, entonces ahí era cauto, entonces después no me llamaban… y después empecé a trabajar en Duro de Domar.
—¿Cómo fue la experiencia de trabajar en un programa tan politizado cuando no se te conoce por tus opiniones en este ámbito?
—Ellos fueron un poco los que repitieron todos estos episodios en los que me preguntaban sobre la droga, que fueron tan graciosos. Yo salía a la calle, iba con mi vieja, pasaba una ambulancia y me decían: ¡Viva la chala! 15 años después. Era una locura, yo no sabía que lo habían repetido tanto. En cierta forma, sentí que habían creado un personaje ellos, no yo. Porque yo había ido a dos notas a promocionar un disco 15 años atrás. Me invitaron a TVR, cené con el productor y le dije: "Hicieron un monstruo, ahora estaría bien que le dieran de comer". Entonces entré como notero, pero más de espectáculos. Yo en política nunca participaba. Ni ellos querían que participara, porque sabían que podía meter la pata en cualquier momento. Alguna vez creo que a la presidente le dije alguna gansada, pero en el resto nos dedicamos a espectáculos siempre. Yo creo que ellos eran los primeros que querían que por las dudas no hablara. De todas maneras, yo también estaba en Nacional Rock en ese momento. O sea que mis dos trabajos en cierta forma estaban vinculados al gobierno, al kirchnerismo, aunque yo lo viviera en forma independiente. También, en ese sentido, cuando vinieron las elecciones me quedé sin los dos trabajos y ahí sí me encontré de un lado de una grieta, porque me quedé sin los dos laburos por unas selecciones políticas cuando yo me dedico al espectáculo.

—En tu libro decís que Juan Domingo Perón fue una suerte de "Che" Guevara nazi.
—Sí, esa es una declaración que no me va a hacer ganar muchos amigos, pero a mí siempre me dejó perplejo. Soy perfectamente consciente de la cantidad de leyes y protección para los trabajadores y la gente humilde que hizo Perón. Valoro muchísimo su legislación y su lucha por el trabajador, pero sin embargo ideológicamente siempre me genera confusión porque era colaborador de Mussolini, era simpatizante de Hitler, era íntimo amigo de Franco y se refugió en España. Franco era dictador, que estaba matando comunistas y homosexuales. Todo lo que este gobierno [kirchnerista], que también era peronista, estaba defendiendo, en su momento no es conceptual, no es una bajada de linea de Perón. Era un General y tenía unas amistades súper dudosas. Yo no sé si a la gente hay que medirla por los amigos, pero si empezás a sumar Stroessner, Franco, Mussolini… Vaya amiguitos que tenía para ser un líder de izquierda. Entonces sí, una suerte de "Che" Guevara nazi por esa paradoja de haber hecho tanto por el trabajador o por los humildes, y a la vez tener un pensamiento o una raíz claramente de derecha de la peor calaña, de la más fuerte. También esto creo que se ve reflejado en que el peronismo puede tener grandes luchadores sociales de izquierda, al garca empresario más grande del mundo y son todos peronistas, no se sabe. Es un movimiento que es de izquierda y de derecha al mismo tiempo y lo abarca todo.
—¿Estás haciendo música?
—Estoy en una etapa de profundo estancamiento, porque el libro me llevó mucho más tiempo del que pensaba. Después del mes de viaje tuve el verdadero viaje, que fue escribir en casa. Tres o cuatro meses de encierro absoluto. En general yo siempre toco un rato, hacía tele, voy mezclándolo todo. Pero el libro fue totalmente absorbente, me dediqué solo a eso. Le entregué bastantes neuronas, bastante salud. No salía de casa. Creo que lo necesitaba también: después de dos años de hacer el payaso en la tele, y de tener que hacer tantas bromas y de burlarme de casi todos, estaba bastante quemado. Me sentía raro: al final me sentí que el burlado había sido yo. De tanto burlar a los demás me quedé confundido yo. En las notas a veces tenía muy buena onda y a la gente que quería y respetaba siempre me acerqué con cariño. Pero había una parte un poco más áspera donde había que ser un poco incisivo o tirar siempre un verdugueo y eso me termino quemando.
—Pero no te arrepentís…
—Jamás de nada. Me divertí mucho y siempre agradezco la posibilidad que me dio Duro de Domar de llegar al país, tener un trabajo y uno de los que yo puedo hacer, que es tomar una cerveza y hacer tres bromas. Un trabajo hecho a mi medida. Lo que pasa es que yo creo que para ser cronista de espectáculos, para estar esperando seis horas bajo la lluvia a que pase Susana Giménez, yo no tengo la edad ni el cerebro. Fue un esfuercito.
—¿Este viaje no tuvo algo de ese esfuerzo?
—Este viaje es mucho más interno. Todo lo que pasó fue sin buscarlo. Nunca estuve esperando nada.
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