
El debate historiográfico entre Juan Bautista Alberdi y Bartolomé Mitre sobre las causas que originaron la Revolución de Mayo puso luz sobre los acontecimientos específicos referidos, además de hendir una brecha en la historiografía nacional. Veamos.
Alberdi, en su libro Grandes y Pequeños hombres del Plata, disiente con Mitre acerca de los sucesos del 25 de Mayo porque la interpretación que el ex presidente guardaba de los mismos le parecía pueblerina y estrecha: de campanario. De modo que el error está, según el autor de Las Bases, en que "Mitre cree que la idea de la revolución, la idea revolucionaria, la idea de independencia, ha germinado y surgido en Buenos Aires desde mucho antes de su explosión, en 1810, y que la revolución es hija de esa idea así formada en los porteños. Mitre explica toda la revolución argentina por los hombres de Buenos Aires y sus ideas, y no ve que la acción general de las cosas es la autora de ellos."
Concluyendo magistralmente: "La revolución argentina es un detalle de la revolución de América; como ésta es un detalle de la España; como ésta es un detalle de la Revolución Francesa y europea".
La diferencia entre una concepción y la otra no es menor. No se trata de archivística, de memoria o de documentos privados o públicos, sino de algo quizás tanto o más importante como es el abordaje de los acontecimientos desde una mirada mundial, holística si se quiere, y no remitida al pago solariego.
Apoyándonos, entonces, en Alberdi y en su concepción general de los acontecimientos, abordaremos el Congreso de 1816 y su proyecto de Monarquía Inca.
Los congresales reunidos en Tucumán se encontraban muy solos y desamparados. El Alto Perú, actual Bolivia, había caído en manos españolas luego de la batalla de Sipe-Sipe, el 29 de noviembre de 1815. Los maturrangos, como gustaba llamar San Martín a los españoles, amenazaban desde Chile. El litoral, convulsionado por la guerra civil entre el Directorio y Artigas, restaba fuerzas y ánimos a la independencia y, como si esto fuera poco, Fernando VII, restaurado en el trono español, planificaba retomar por la fuerza sus colonias americanas. En el resto de Hispanoamérica, la revolución estaba derrotada. La única luz encendida era Tucumán. Y los veintinueve diputados allí reunidos, la esperanza sudamericana.
Estos diputados necesitaban imperiosamente conocer el clima y la atmósfera que se vivía en Europa. Sabían las razones por las cuales se había convocado el Congreso y también qué se esperaba de ellos. Fue entonces cuando solicitaron la presencia del general Manuel Belgrano, recientemente nombrado al frente del Ejército del Norte y recién llegado de Europa, para que, en sesión secreta, describiera la situación y el estado de ánimo de los gobiernos del viejo continente.

Belgrano habló con ellos el 6 de julio. En apretada síntesis informó: Que los gobiernos europeos habían pasado de la valoración de los hechos americanos a descalificarlos por el desorden y el caos imperante. Que de España no debíamos temer, puesto que se hallaba en una situación desesperante. Que Inglaterra no nos iba a ayudar, pero tampoco a España; que Portugal no nos atacaría y que dependíamos sólo de nuestras fuerzas para vencer y ordenar la guerra revolucionaria. Que al estar en Europa todo monarquizado, él no veía otra opción de gobierno, frente al compromiso de las naciones del viejo continente de intervenir en aquellas regiones que se opusieran al nuevo orden mundial. De modo que propuso una monarquía temperada a cuyo frente habría un Inca con capital en Cuzco. El tema no era nuevo. Ya lo había planteado Francisco de Miranda. Lo cierto fue que tuvo defensores y detractores. ¡Y qué detractores!
Entre los primeros, estuvieron los diputados del interior y del Alto Perú, más el general Martín Miguel de Güemes y José de San Martín que, en carta a Tomás Godoy Cruz, diputado de Cuyo al Congreso, le decía: "Yo digo a Laprida lo admirable que me parece el plan de un Inca a la cabeza, las ventajas son geométricas, pero por la Patria les suplico no nos metan en una regencia de personas, en el momento que pase de una, todo se paraliza y nos lleva al diablo"(24/5/1816). "Me muero cada vez que oigo hablar de federación. ¿No sería más conveniente trasplantar la capital a otro punto, cortando por este medio las quejas de las provincias. ¡Pero federación! ¿Y puede verificarse? Si en un gobierno constituido y en un país ilustrado, poblado, artista, agricultor y comerciante se han tocado en la última guerra contra los ingleses -hablo de los americanos del norte- las dificultades de una federación, ¿qué será de nosotros que carecemos de aquellas ventajas? Amigo mío, si con todas las provincias y sus recursos somos débiles, ¿qué nos sucederá aislada cada una de ellas?" (24/2/1816).
La situación mundial y nuestras propias dificultades hacían pensar a los generales de la independencia –todos ellos demócratas convencidos- que lo mejor en ese momento era una monarquía temperada capaz de mantener asociadas a las Provincias Unidas de América del Sud tal cual afirmaba la Declaración de la Independencia. Alberdi ve el asunto con absoluta normalidad frente a la atmósfera europea de beligerancia anti-republicana. Mitre, por el contrario, escribió: "El Congreso había perdido la noción de la realidad y vivía en una región puramente fantasmagórica. El pueblo de Buenos Aires, siempre dispuesto a reír como el de Atenas, hizo la caricatura del plan con chistes gráficos. Es la monarquía en ojotas, decía el doctor Agrelo. Dorrego, con su estilo llano al alcance del pueblo, agregaba: este es un rey de patas sucias. Y el coronel Nicolás de Vedia, yo seré el primero que salga a recibir al rey, mi amo… con un fusil en la mano" (Bartolomé Mitre, Historia de Belgrano).
Repare el lector que es el mismo Manuel Dorrego que la escuela revisionista reivindica como nacional y popular, al punto que el kirchnerismo creó un Instituto Histórico con su nombre con el fin de ponderar a esta corriente. Tomás de Anchorena, diputado al Congreso de Tucumán, genuina expresión del federalismo porteño, mano derecha del caudillo nacional y popular don Juan Manuel de Rosas, en carta a éste, muchos años después afirmaba sobre el Inca: "Un monarca de la casta de los chocolates, cuya persona, si existía, probablemente tendríamos que sacarla borracha y cubierta de andrajos de alguna chichería". Con estos candiles, más vale andar a oscuras.

Bernardino Rivadavia no se quedaba atrás: "No puedo dejar de confesar que he sabido con sorpresa y dolor que ahí se fomenta la idea de proclamar a un descendiente de los Incas. Como he llegado a comprender que uno de los que habían abrazado con ardor esta opinión es Manuel Belgrano, le he escrito largamente sobre este particular, exponiéndole las principales razones que, en mi concepto, deben condenar tan desgraciado pensamiento a un absoluto olvido". Pertinente coincidencia ideológica de federales y unitarios porteños especialmente si se trataba de ofender a provincianos del color del chocolate.
Bolívar y Belgrano
En su carta de Jamaica de 1815, que Belgrano jamás leyó, Simón Bolívar desesperaba por hallar un punto en América capaz de unificar –por su cultura, su imperio, su arte– al conjunto hispanoamericano que en su lucha por la Independencia generó el estallido de una región que antes unía España. En la misma carta se preguntaba si México podría suplir a la vieja metrópoli y se contesta que, en principio sí, "por su poder intrínseco, sin el cual no hay metrópolis". Sin embargo, era un poder excéntrico, se hallaba en los bordes. Pensaba entonces en el istmo de Panamá, pero para eso faltaba mucho. No halló el lugar. Entiendo que Belgrano, San Martín y Güemes se hicieron la misma pregunta y creyeron que el Cuzco por su tradición cultural de gran imperio centralista sostenido por generales tendría la fuerza centrípeta suficiente para mantener unidas a las provincias Unidas en América del Sur. No pudo ser. Finalmente vinieron las Repúblicas y, naturalmente, la balcanización.
El autor es historiador
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