Leopoldo Brizuela (1963)

Hay frases que uno recuerda por su lucidez, por su sabiduría; otras, por lo maravillosamente escritas que están. De las muchísimas frases de Borges que me quedaron grabadas —no porque tenga buena memoria sino porque, además, leerlas fue una experiencia de revelación, de cambio para siempre— no podría decir si son más bellas que verdaderas, o al revés. Como decía aquel poema de Emily Dickinson, en Borges la belleza y la verdad son hermanas, una no podría haber existido sin la otra.
A veces son frases de sus grandes textos:
Ya era la que sería
"Emma Zunz", en El Aleph
Al fin me encuentro
con mi destino sudamericano
Poema conjetural", en El otro, el mismo
O tirando a perro o a pájaro
"Dreamtigers", en El hacedor.
A veces son frases de textos muy menores, como las reseñas de libros para El Hogar:
[Iba caminando distraído y de pronto] la noche se agrandó de balazos.
Porque algo que se ha señalado poco en Borges (esa virtud que su figura, en cambio, no incluía) es la generosidad; su genio se prodigaba con igual apasionamiento y seriedad en sus obras mayores como en escribir prólogos o texto de presentación de libros que, evidentemente, no lo merecían.
Pienso en algo que se me reveló hace muy poco, leyendo "Emma Zunz" con algunos alumnos. Está esa famosa consigna de la narrativa norteamericana moderna: Show, do not tell (muestre, no declare). Borges no la cumple. De pronto, en una sucesión precisa, prolija, detallada de hechos, aparece una declaración deslumbrante, que no resta intensidad ni condiciona la interpretación. Quizá porque son, en sí mismas, el momento más alto de la escritura y la lectura. Pero de todas esas frases que aparecen de pronto en los cuentos, ninguna me impresiona más que esta de "El fin", quizá porque evoca a la vez lo más cotidiano y lo indecible:
Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero es intraducible como una música…
Gabriela Cabezón Cámara (1968)

Estoy escribiendo una novela que narra la historia de la mujer de Martín Fierro: un delirio. Por eso he revisitado mucha gauchesca y, por supuesto, a Borges. Voy a elegir "El guerrero y la cautiva", el momento en que cuenta que la cautiva volvía de vez en cuando a Junín, a la civilización, cuando habla con la abuela de Borges:
En la cobriza cara, pintarrajeada de colores feroces, los ojos eran de ese azul desganado que los ingleses llaman gris. El cuerpo era ligero, como de cierva; las manos, fuertes y huesudas. Venía del desierto, de Tierra Adentro, y todo parecía quedarle chico: las puertas, las paredes, los muebles.
¡Me parece tan hermoso! Más allá de los juegos lógicos encontraba unas imágenes hermosísimas: el azul desganado, la extensión que hace que los objetos le queden chicos. Me resulta deslumbrante, y me conmueve cómo con esa economía se puede contar semejante exilio.
Oliverio Coelho (1977)

El tramo de la obra de Borges que más me interesa coincide con su primera época de cuentista. El Aleph y Ficciones me parece que inician en Borges un ciclo de originalidad que culmina en Otras inquisiciones. Tanto el cuentista como el ensayista acá están en su apogeo y uno tiene la sensación, al leer, que está en contacto con la materia primordial de la literatura. Algo muy parecido a tocar el corazón de un árbol talado.
La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción la había exasperado; muerta yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también sin humillación. ("El Aleph", El Aleph)
Rodrigo Fresán (1963)

Mi frase favorita de Borges es muy breve y es la que más cito y reescribo con variaciones en textos míos:
El mundo será Tlön.
Está casi al final de "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius" (Ficciones), mi cuento favorito entre los suyos y, posiblemente, el mejor y más sutil y elegante relato sobre invasión extraterrestre jamás escrito. También, claro, una transparente metáfora del modo en que el cuerpo de un lector es abducido por la literatura. En este cuento, también, tiene el plus de que aparece Adolfo Bioy Casares, escritor que, tengo que decirlo, siempre me gustó apenas un poco más que Jorge Luis Borges.
Luis Gusmán (1944)

Hay frases borgeanas que vuelven a la memoria y sin saberlo, uno se transforma en esa anomalía moderna, esa patología que no estaba en el catálogo, que es "Funes el memorioso". Podría citar el epígrafe de mi libro Brillos: "Es el último espejo que repitió la cara de mi padre". Bastaría citar esa relación tan sutil con la muerte cuando habla de [Francisco] Laprida [en "Poema conjetural", en El otro, el mismo]: "El íntimo cuchillo en la garganta". Pero entre mis preferidas está una que figura en Para las seis cuerdas, un libro de milongas. La primera: "Milonga de dos hermanos". Sobre los Iberra, que concluye con este verso:
Es la historia de Caín
que sigue matando a Abel.
El gerundio nos da una idea de eternidad, un tiempo de la tragedia o bíblico, o moderno, ese acto que siempre está latente. A veces suele suceder, como en el caso de los hermanos Iberra.
Borges tiene esa posibilidad de volver un hecho de la historia o la literatura universal en un episodio del Río de la Plata, como ocurre con la muerte de César. En lugar del conocido "Tú también, Brutus", surge la fatalidad de la lengua y exclama: "¡Pero, che!".
Mauro Libertella (1983)

Podría contestar la pregunta por mi momento predilecto de la obra de Borges una cien veces y nunca me repetiría.
Esta vez voy a mencionar éste, de "Pierre Menard, autor del Quijote" (Ficciones):
Componer el Quijote a principios del siglo diecisiete era una empresa razonable, necesaria, acaso fatal; a principios del veinte, es casi imposible. No en vano han transcurrido trescientos años, cargados de complejísimos hechos. Entre ellos, para mencionar uno solo: el mismo Quijote.
El remate es gracioso y verdaderamente revelador. Ahí está toda su teoría de la lectura: los libros cambian con los contextos y, como dice en un famoso ensayo, si pudiéramos saber cómo se va a leer la literatura en 200 años, sabríamos entonces cómo es la literatura de dentro de 200 años. Es el modo de leer y no los textos lo que definen una época.
Pedro Mairal (1970)

Hay un poema dedicado a Ricardo Güiraldes que me gusta mucho, un soneto:
Nadie podrá olvidar su cortesía;
era la no buscada, la primera
forma de su bondad, la verdadera
cifra de un alma clara como el día.
No he de olvidar tampoco la bizarra
Serenidad, el fino rostro fuerte,
las luces de la gloria y de la muerte,
la mano interrogando la guitarra.
Como en el puro sueño de un espejo
(tú eres la realidad, yo su reflejo)
te veo conversando con nosotros
en Quintana. Ahí estás, mágico y muerto.
Tuyo, Ricardo, ahora es el abierto
Campo de ayer, el alba de los potros.
"Nadie podrá olvidar su cortesía": me gustaba la amistad que Borges tuvo con Güiraldes, que de alguna manera se repitió con Bioy. Y ese final: "Tuyo, Ricardo, ahora es el abierto campo de ayer, el alba de los potros", la idea de que, muerto, Güiraldes está en el campo abierto…
Claudia Piñeiro (1960)

Elegí una frase del cuento "El fin" (Ficciones), que tiene algo muy interesante en el punto de vista desde el cual se narra: el patrón de la pulpería, que está enfermo, echado en un catre, mientras ve llegar a Martín Fierro y el otro que lo va a matar. Desde ese punto de vista me encanta esta frase, en el último párrafo —coincidió con Brizuela—:
Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero es intraducible como una música…
Me pareció hermoso, una prosa poética desde la perspectiva de Recabarren, alguien echado en un catre, que mira la llanura donde dos se van a enfrentar.
Ángela Pradelli (1959)

Me gusta muchísimo el último párrafo de "Las ruinas circulares" (en Ficciones), uno de los mejores cuentos para mí. Borges logró allí una teoría de la lectura del mundo por la significación de sus signos en la línea de la eternidad de los sucesos y resuelve la figura del creador que, en su propia muerte, continúa la vida:
El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches; después la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.
Eduardo Sacheri (1967)

…le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en qué vivir.
La dedicatoria de Borges a Juan Crisóstomo Lafinur, en su "Nueva refutación del tiempo" (Otras inquisiciones). Me parece que la frase encierra una densidad de significado y una belleza poética muy profundas. Todo un modo de entender la angustia irreductible que el ser humano enfrenta por el solo hecho de ser, de estar vivo.
Testimonios recogidos por Gabriela Esquivada gesquivada@infobae.com
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