
La Península de Nicoya, en la provincia costarricense de Guanacaste, alberga hoy 61 personas centenarias y podría llegar a 73 antes de que termine 2026.
Entre ellas vive José Flores Flores, nacido el 11 de julio de 1907 según el Registro Civil de Costa Rica, cuya familia busca que sea reconocido oficialmente como el hombre más longevo del planeta.
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Si la certificación prospera, Flores superaría por más de dos años el récord masculino vigente de 116 años. La persona viva de mayor edad reconocida actualmente es la inglesa Ethel Caterham, quien cumplirá 117 el 21 de agosto. La marca histórica absoluta la mantiene la francesa Jeanne Calment, fallecida en 1997 a los 122 años y 164 días.
La pobreza que no acorta la vida
Nicoya es la más pobre de las cinco “zonas azules” del mundo, una distinción que comparte con Okinawa (Japón), Cerdeña (Italia), Ikaria (Grecia) y Loma Linda (California).
Esa condición, lejos de contradecir su longevidad, la convierte en el caso más desconcertante del grupo.
“Éramos pobres, pero siempre comimos bien”, le dijo a El País un centenario llamado Panchito Villegas en el municipio de Nicoya. La frase resume la paradoja que los investigadores llevan dos décadas intentando explicar.
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Jorge Vindas, fundador de la Asociación Península de Nicoya Zona Azul, matiza el concepto de carencia: se trata de generaciones nacidas a inicios del siglo XX que crecieron con trabajo físico, alimentación básica suficiente, vida comunitaria y redes familiares sólidas.
“Definamos pobreza”, propone, antes de señalar que esas condiciones, sumadas a un entorno de fe que ayudó a sobrellevar pérdidas como la muerte de hijos propios, tejieron una forma de vida que el dinero no garantiza.

Cómo Nicoya entró al mapa de la longevidad
El camino académico que llevó a esta región al reconocimiento internacional comenzó en 2005, cuando el demógrafo Luis Rosero-Bixby, del Centro Centroamericano de Población de la Universidad de Costa Rica, presentó una ponencia en Francia sobre la baja mortalidad de adultos mayores en el país.
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El demógrafo belga Michel Poulain, uno de los creadores del concepto de “zona azul”, le preguntó si existían zonas aún más excepcionales dentro del territorio costarricense.

Rosero confirmó que sí: en el noroeste del país, los adultos mayores morían a tasas 20% menores que en el resto de la nación. Un estudio publicado en la revista Demography en 2008 precisó la magnitud del fenómeno: la probabilidad de que un hombre de 60 años llegara a los 100 en Nicoya era cuatro veces mayor que para el resto de los costarricenses, siete veces mayor que para un japonés y 10 veces mayor que para un estadounidense.
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Poulain y el periodista Dan Buettner, de National Geographic, realizaron expediciones a la península en 2007 y 2008 para descartar que se tratara de un caso de edades exageradas sin documentación confiable. Concluyeron que las estimaciones eran válidas e incorporaron Nicoya al listado oficial de zonas azules.
Maíz, agua y telómeros más largos
La dieta tradicional de la región ofrece algunas pistas. El consumo ancestral de maíz —en particular la variedad amarilla o “pujagua”, de tonos púrpura y negro— va acompañado de un proceso llamado nisquesado: cocer los granos en agua con ceniza del fogón para retirarles la cáscara.
Esa técnica eleva el contenido de calcio en los alimentos, mineral que también aparece en concentraciones altas en el agua local y que podría relacionarse con la menor incidencia de fracturas de cadera en edades avanzadas. Rosero advierte que son hipótesis, no conclusiones.
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Lo que sí se ha comprobado es que los mayores de 60 años de la zona tienen telómeros más extensos que el promedio. Esas estructuras, ubicadas en los extremos de los cromosomas, funcionan como indicadores del envejecimiento biológico: a mayor longitud, mayor expectativa de vida adicional. “Por alguna razón en esta área geográfica tienen telómeros más largos, como 10 años de más”, señaló Rosero a El País.
Las investigaciones también detectaron una mayor ascendencia indígena chorotega entre los sobrevivientes de mayor edad, personas que superaron enfermedades graves en la primera mitad del siglo XX, antes de que el Estado expandiera los servicios sanitarios básicos.
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El expediente de Flores y sus zonas de sombra
Benerando López, agricultor de Sámara que a los 99 años aún sembraba arroz para consumo familiar, encarna hoy, a sus 103, el perfil típico del centenario de Nicoya: sin visión, pero con una salud que sorprende a quienes lo visitan.
Su esposa camina descalza por la parcela. A pocos kilómetros, en Obandito de Sardinal, vive Flores en una casa de madera y lámina, al cuidado de su familia.
El caso de Flores despierta tanto entusiasmo como cautela científica. El investigador español José Antonio Rabadán, de la Universidad de Alicante, trabaja junto a la familia para presentar el expediente ante el Gerontology Research Group (GRG), organización estadounidense que valida a los supercentenarios —personas mayores de 110 años— antes de un eventual reconocimiento del Guinness.
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El expediente incluye el acta del Registro Civil y un certificado bautismal firmado por el obispo Luis Leipod en 1907.
Rosero, en cambio, mantiene reservas. Señala que entre el año de nacimiento registrado y 1956, cuando Flores inscribió a su primer hijo, hay un vacío documental.

“Es demasiado raro que un hombre de las costas tenga su primer hijo a los 50 años de edad”, observó el demógrafo. La familia explica ese lapso como años de trabajo en otras regiones del país, lejos de su entorno de origen.
Rosero va más lejos en su preocupación: “El problema de promover el relato de don José es que, si internacionalmente se destapa que no es cierto, cae un desprestigio sobre todo el trabajo serio que hemos hecho para documentar la excepcional longevidad de Nicoya”.
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Una ventaja que se diluye con el tiempo
La investigación más reciente de Rosero, publicada en 2023 en Demographic Research, añade una advertencia que el propio texto de El País recoge: las generaciones nacidas en la península después de 1930 no presentan los mismos índices de longevidad que sus predecesoras. Para 2010, análisis actualizados indicaron que la zona azul original se había reducido a aproximadamente un cuarto de su extensión inicial.
Los cambios en los estilos de vida, acelerados por la transformación económica de la región, explican buena parte de esa erosión. La economía de Nicoya depende hoy del turismo y del desarrollo inmobiliario, impulsado por miles de visitantes y residentes foráneos que llegan, en parte, atraídos por el mismo secreto que la volvió célebre.
La ironía es evidente: la búsqueda del modelo de vida que hizo longeva a Nicoya podría ser uno de los factores que lo está borrando.
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