
Durante casi diez años, Lauren Bonilla vivió con un dolor que nadie lograba explicar. “Sentía como cuchillos en la espalda”, recuerda. Arrastraba un pie al caminar, no dormía bien y su cuerpo dejó de responderle con normalidad. Llegó a consumir cerca de 24 pastillas de levodopa al día intentando recuperar el control de sus movimientos.
Sin diagnóstico claro durante años, observó cómo su movilidad se deterioraba progresivamente. “Veía cómo mi cuerpo se apagaba poco a poco”, dice. Cuando finalmente le confirmaron que tenía Parkinson, la enfermedad ya había avanzado lo suficiente como para alterar su independencia y su calidad de vida.
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Pero lo que parecía un punto final fue, en realidad, el inicio de una nueva etapa.
La estimulación cerebral profunda marcó un antes y un después. “Pasé de no poder dormir ni moverme con normalidad a recuperar mi vida. Recuperé movilidad, volví a caminar, a lavarme los dientes, a sentirme viva. Hoy puedo levantarme sin dolor e incluso volver al gimnasio. No es solo un tratamiento; es recuperar la vida que pensé que había perdido”, contó.
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Su testimonio refleja el impacto de una intervención quirúrgica avanzada que se realiza en Costa Rica desde hace años y que posicionó al país como pionero en Centroamérica en el uso de esta tecnología para el tratamiento del Parkinson.
Cuando la medicación deja de ser suficiente
El Parkinson es una enfermedad neurodegenerativa progresiva caracterizada por la pérdida de neuronas productoras de dopamina, sustancia fundamental para el control del movimiento. La levodopa, el tratamiento estándar, continúa siendo el medicamento de primera línea porque repone químicamente lo que el cerebro ya no produce en cantidades suficientes.
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“Uno de los mejores resultados para el tratamiento del Parkinson se obtiene con la medicación; la levodopa es el medicamento de primera elección, porque consiste en brindarle al paciente la sustancia que le hace falta para mejorar los síntomas”, explica el neurocirujano costarricense Dr. Fernando González.
Sin embargo, con el paso del tiempo, alrededor de un 30% de los pacientes comienza a presentar complicaciones motoras, fluctuaciones o efectos adversos derivados del uso prolongado del fármaco. Es en ese momento cuando surge una alternativa quirúrgica que puede cambiar radicalmente el panorama clínico.
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La estimulación cerebral profunda (DBS, por sus siglas en inglés) ha demostrado ser una de las intervenciones más efectivas en pacientes cuidadosamente seleccionados.

“Con esta terapia logramos reducir al menos un 60% la cantidad de medicamentos que toma el paciente, y de esa manera disminuimos muchísimo las probabilidades de que aparezcan efectos adversos”, detalla el especialista.
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Pero el beneficio más visible es funcional: “Puede mejorar entre un 80% y un 90% los principales síntomas motores del Parkinson, como el temblor, la rigidez, los trastornos del equilibrio, la postura y la marcha, lo que se traduce en una mejoría muy significativa en la calidad de vida del paciente”.
¿Cómo funciona la estimulación cerebral profunda?
La técnica consiste en implantar uno o dos electrodos en un núcleo específico del cerebro involucrado en el control del movimiento. Estos electrodos se conectan a un generador que emite impulsos eléctricos controlados.
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El objetivo no es destruir tejido ni eliminar neuronas, sino modular la actividad eléctrica anormal de un grupo de células que se encuentra desorganizado debido a la enfermedad.
En términos simples, el dispositivo actúa como un “marcapasos cerebral” que reorganiza los circuitos alterados responsables de la rigidez, el temblor y la lentitud.
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Aunque no representa una cura definitiva, su impacto clínico es significativo. Además, investigaciones recientes sugieren que podría tener beneficios más amplios si se aplica en fases más tempranas.
“Estudios actuales señalan que la estimulación cerebral profunda, aplicada de manera temprana, podría ofrecer un beneficio muy significativo: una reducción en la evolución de la enfermedad en los pacientes con Parkinson”, afirma el Dr. González.
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Costa Rica, pionera regional
Costa Rica fue el primer país de Centroamérica en implementar esta técnica, incorporando un procedimiento que ya se utilizaba en centros especializados de Europa y Estados Unidos.
Ese paso no solo representó un avance tecnológico, sino también una mejora sustancial en las opciones terapéuticas disponibles para pacientes de la región que anteriormente debían viajar al extranjero para acceder a este tipo de cirugía.
La experiencia acumulada en el país ha permitido perfeccionar los protocolos de selección y seguimiento, elevando los estándares de atención en neurocirugía funcional en la región.
Un protocolo estricto de selección
No todos los pacientes con Parkinson son candidatos a la estimulación cerebral profunda.
La elegibilidad requiere un proceso riguroso que incluye evaluación neuropsiquiátrica, valoración de trabajo social, estudios de imágenes cerebrales y mediciones neurológicas tanto con medicación como sin ella.Este último punto es clave: se compara el desempeño motor del paciente en ambas condiciones para determinar si el patrón de respuesta sugiere que la cirugía podría ofrecer un beneficio real.
Solo quienes cumplen con criterios clínicos estrictos avanzan al procedimiento.

Una enfermedad silenciosa durante décadas
Uno de los aspectos menos conocidos del Parkinson es que los cambios degenerativos pueden iniciar hasta 20 años antes de que aparezcan los síntomas visibles.
“Los signos que las personas tienden a notar al inicio incluyen trastornos de la marcha, movimientos más lentos, sensación de estar trabados y temblor en las manos o en las piernas, que a veces es más marcado de un lado del cuerpo”, detalla el especialista.
También pueden presentarse rigidez muscular, alteraciones del equilibrio, cambios posturales, disminución del volumen de la voz, alteraciones del sueño, letra más pequeña y problemas urinarios.
El tipo más común es el Parkinson esporádico, sin antecedentes familiares. Cerca de un 15% de los casos tiene un componente genético asociado.La enfermedad es más frecuente después de los 60 años y ligeramente más común en hombres, aunque también puede presentarse en personas jóvenes, como ocurrió con Lauren Bonilla.
Más que estadísticas: recuperar la autonomía
Las cifras hablan de porcentajes de mejoría y reducción de medicamentos. Pero en la vida cotidiana, el impacto se mide de otra forma.
Poder levantarse sin ayuda. Dormir una noche completa. Caminar sin arrastrar los pies. Volver al gimnasio. Recuperar independencia.

Para Lauren, la cirugía no solo redujo pastillas: le devolvió autonomía.
“Pensé que lo había perdido todo. Pero hoy puedo hacer cosas simples que antes eran imposibles. La estimulación cerebral profunda me devolvió mi vida”.
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