
“Toda la vida hemos estado preparándonos para no poder salir de casa”, arranca Sandra Modarelli (59). No exagera. De Aluminé, provincia de Neuquén, la primera vez que quedó aislada fue durante su infancia. “Por una nevada muy fuerte, pasamos cuatro meses sin poder salir del pueblo. La nieve había cortado las rutas y no había forma de trasladarse”, cuenta a Infobae.
En aquel momento lo vivió como un aventura. Hoy, para afrontar la prórroga de la cuarentena obligatoria que buscar impedir el avance del coronavirus en Argentina, intenta conservar ese espíritu. “Los que vivimos cerca de la cordillera tenemos una capacidad de adaptación importante. Por supuesto que mi situación es distinta a la de familias numerosas o que viven en ambientes muy pequeños y con pocos recursos”, advierte Sandra, que hace 32 años se instaló en Villa La Angostura junto a su marido.
Con el tiempo, al igual que la mayoría de los patagónicos, Modarelli se acostumbró a ser previsora: tiene insumos extra que van desde alimentos no perecederos hasta equipos de calefacción e iluminación porque, a causa de los temporales, muchas veces les cortan los suministros. “Estamos habituados a quedarnos sin luz o sin servicios. Tengo una reserva de enlatados, pastas secas, embutidos, mermeladas caseras y frutas en conserva que, combinados entre sí, me permiten para tener una dieta saludable”, explica.

El sábado 4 de junio de 2011, cerca de las 16 hs., el cielo en Bariloche se oscureció de repente. “Parecían las dos de la mañana”, recuerda Fabián Óngaro (55), con el mismo asombro que hace casi una década. Rosarino, Óngaro se instaló en la Patagonia en el 2000. Con los años, explica, se acostumbró a los silencios y a los espacios amplios que ofrece el sur de nuestro país. Ese día, sin embargo, la naturaleza les jugó una mala pasada a los habitantes de Bariloche. “Nunca había vivido algo así. De repente empezó a llover ceniza volcánica”, cuenta en referencia a la erupción del complejo volcánico Puyehue-Cordón Caulle.
Al día siguiente, recuerda Fabián, el paisaje era dantesco. “El patio de mi casa pasó de ser color verde a ser de color gris. Los vientos de la cordillera arrastraban toda la ceniza para el lado de la ciudad. Las calles habían desaparecido. Prácticamente demoramos un año en recuperar la vida ‘normal’. Las rutas estuvieron intransitables por varios meses y el aeropuerto estuvo cerrado hasta fines de marzo de 2012: no había vuelos de ningún tipo”, apunta.
Si bien las autoridades barilochenses no decretaron un aislamiento obligatorio (como sucedió el pasado 19 de marzo en el país) de alguna manera, la experiencia fue similar a la actual ya que la mayoría de los sureños eligieron quedarse en su casa para cuidar su salud. “Como la ceniza es altamente perjudicial para las vías respiratorias, muchos no quisieron exponerse y, si lo hacían, usaban barbijos y antiparras", cuenta Fabián.
Lo que más le costó durante el encierro -dice- fue lidiar con la ansiedad. “Con los días aprendí a resignarme. Es clave tratar de poner la mente de tu lado, aprovechar el tiempo para sentirte productivo y tener momentos de ocio dentro de tu hogar. Si tenía la posibilidad de trabajar desde casa: ¿para qué iba a salir? ¿Para llenarme de nieve o ceniza volcánica? Mejor me quedaba adentro”, agrega.
Si mira hacia atrás, lejos de ser pedante, Fabián asegura que para él quedarse encerrado una o dos semanas “no es nada”. “El año pasado hubo una nevada histórica que me dejó cinco días adentro de casa. Después estuve bajando a pie hasta la ruta para ir a trabajar durante una semana más, porque la nieve nos había cortado los caminos de ascenso y descenso. Te acostumbrás”, dice.
En 2011, la ceniza también llegó a Villa La Angostura, que fue declarada “zona de desastre”. “Pasamos dos meses sin salir del pueblo”, recuerda Sandra Modarelli. Hace una pausa y reflexiona: "En ese momento la sociedad se unió para recuperar y limpiar el pueblo. Ahora, la única manera de ayudarnos es estando separados. Qué paradoja”.
Con la ceniza volcánica flotando en el aire de La Angostura, Sandra tuvo que implementar nuevos métodos de limpieza, tanto de los productos que traía de la calle, así como la de la indumentaria antes de entrar a su hogar. De alguna manera, cuando llegó el COVID-19, ya tenía incorporada cierta rutina.
"Higienizábamos todo para impedir que la ceniza se metiera en la casa. Usábamos dos mudas de ropa. La que nos cubría la dejábamos colgada afuera. Además, habíamos diseñado una bandeja con agua para sumergir los zapatos y luego quitarles la ceniza con un cepillo. Llegué a limpiar la casa entre dos y tres veces por día, sin aspiradora, para evitar que la ceniza se desparramara”, explica.

Fue a fines de noviembre de 2018. Noelia Meliqueo (30) trabajaba en la Municipalidad de Epuyén cuando se desató un brote de Hantavirus: una enfermedad viral grave que transmiten los ratones. A diferencia de lo que sucede con el COVID-19, en ese momento, la situación no era clara. “Nadie sabía qué estaba pasando, pero de repente empezaron a morir personas”, cuenta.
El 13 de diciembre, uno de los compañeros de trabajo de Noelia falleció. Tanto ella como el resto de sus colegas fueron al velorio y estuvieron en contacto con la mujer del hombre, sin saber que ella estaba infectada. “De ahí salieron ocho contagios. Yo me salvé”, explica la joven que, a partir de ese episodio, entendió que tenía que evitar el contacto con otras personas. “Empezamos a autoaislarnos para protegernos: había mucho pánico. Epuyén se convirtió en un lugar totalmente desierto”, recuerda.
Cinco días después, el 18 de diciembre, Noelia se fue a la casa de sus suegros en Cholila, una localidad del departamento Cushamen ubicada a 37 kilómetros de Epuyén. Volvió un mes más tarde, cuando pudo comprobar que ni ella ni su familia tenían síntomas de Hantavirus.
A diferencia de lo que es el confinamiento actual, en Epuyén no hubo protocolo ni medidas de seguridad. “Cada uno hizo lo que pudo. En mi caso, intenté tomarme el encierro con calma y sostener una rutina para que el día no se me hiciera eterno. También me puse horarios para mirar televisión o chequear redes porque estar conectado 24 x 7 te agobia”, sostiene Noelia que, por su cargo en la Municipalidad, recibía a diario el parte de salud de la localidad. “Cada vez que me llegaba el mail rezaba para que hubiera menos contagiados y ningún fallecido", cuenta.
Esa experiencia marcó un antes y después en su vida y en la de los habitantes de la localidad sureña. “Hoy el Presidente nos pide que nos quedemos en casa y todos lo acatamos porque sabemos que es para mejor. La salud propia y ajena es una prioridad”, concluye.
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