
Un temblor o una emergencia no solo activan el miedo inmediato: también pueden desencadenar reacciones físicas y mentales que, en las primeras horas o días, van desde el bloqueo para tomar decisiones hasta mareos, palpitaciones, insomnio y dificultad para concentrarse.
La profesora de Psicología Nathalia Patricia Rey Gómez, de la Universidad Católica de Colombia, advirtió que esas sensaciones pueden ser respuestas normales del organismo ante una situación amenazante y no implican por sí solas la aparición de un trastorno mental.
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La aclaración fue realizada después del terremoto de 7,4 de magnitud que fue reportado por el Servicio Geológico Colombiano (SGC) durante la mañana de este lunes 10 de agosto de 2026, con epicentro en el departamento de Chocó. Ante la preocupación de los ciudadanos, la docente explicó qué señales son esperables tras una experiencia de alto impacto y en qué momento conviene buscar ayuda profesional.
Rey Gómez reiteró que, tras un evento de este tipo, pueden aparecer imágenes, recuerdos o sonidos asociados con lo vivido, junto con miedo, confusión, desorientación, tristeza, angustia o sensación de pérdida de control. Según explicó, se trata de respuestas que el cuerpo y la mente activan frente a una situación extraordinaria.
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“Fisiológicamente, el cuerpo puede reaccionar con palpitaciones, temblores, opresión en el pecho, alteraciones del sueño y dificultad para concentrarse. Es importante comprender que estas manifestaciones, por sí solas, no significan que la persona esté perdiendo el control o desarrollando inmediatamente un trastorno mental, sino que pueden corresponder a respuestas fisiológicas y emocionales ante una situación de emergencia”, explicó la especialista.

La duración y el impacto de los síntomas indican cuándo pedir ayuda
La docente precisó que la diferencia entre una reacción emocional esperable y un cuadro que requiere atención profesional no está solo en el tipo de malestar, sino en su intensidad, su duración y el efecto que produce sobre la vida cotidiana. En las primeras horas o semanas, dijo, pueden presentarse llanto, angustia, miedo, problemas de sueño o la necesidad de recordar de forma constante lo ocurrido.
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Cuando ese malestar se vuelve intenso, se mantiene un estado de alerta permanente o interfiere con actividades básicas como comer, dormir, trabajar o relacionarse con otras personas, la recomendación es consultar a un profesional de la psicología. Ese es el punto en que la respuesta de emergencia deja de ser solo una reacción transitoria y pasa a requerir evaluación.
“Es importante diferenciar estas reacciones de condiciones como el estrés postraumático o la depresión, que requieren una valoración profesional. Algunas señales de alerta pueden ser los recuerdos intrusivos persistentes, el aislamiento, alteraciones prolongadas del estado de ánimo, sentimientos de desesperanza o pensamientos relacionados con la pérdida del sentido de la vida”, señaló la profesora.
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Rey Gómez explicó que quienes han vivido una pérdida, ya sea de un familiar, de la vivienda o de parte de su proyecto de vida, necesitan en un primer momento contención humana, seguridad y atención de necesidades básicas. En esa fase inicial, indicó, la prioridad no pasa por forzar relatos ni acelerar procesos, sino por estabilizar a la persona y sostenerla en un entorno seguro.

Los primeros auxilios psicológicos
En el primer tramo de la emergencia, la docente indicó que los Primeros Auxilios Psicológicos son una herramienta de acompañamiento basada en presencia cálida, escucha empática y conexión con redes de apoyo familiares, comunitarias e institucionales. Su función, según describió, es ofrecer un marco de seguridad mientras la persona atraviesa el impacto inmediato.
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“A medida que pasa la fase crítica, el acompañamiento psicológico puede orientarse hacia la elaboración de la pérdida y la reconstrucción gradual del proyecto de vida. Es fundamental contar con espacios de escucha y seguimiento que permitan reconocer el proceso de duelo, fortalecer los recursos personales y favorecer una adaptación progresiva, sin presionar ni acelerar los tiempos de cada persona”, explicó la docente.
La especialista también señaló que, después de una emergencia, recuperar de manera progresiva algunas rutinas puede ayudar a restablecer una sensación de estabilidad. A eso sumó ejercicios sencillos de respiración pausada y consciente, el contacto con personas de confianza, la limitación de la exposición constante a noticias o rumores y el cuidado del descanso.
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Acompañar sin minimizar el dolor ni imponer respuestas
El papel del entorno puede ser determinante para afrontar el impacto emocional. Escuchar sin juzgar, respetar los silencios y evitar frases que minimicen el sufrimiento forman parte de una ayuda más útil que los mensajes que intentan cerrar el dolor con fórmulas rápidas.
“Apoyar sin revictimizar implica respetar el silencio, acompañar con gestos sencillos y no juzgar la manera en que cada persona expresa su sufrimiento. La escucha activa y la presencia serena pueden ser fundamentales en estos momentos”, puntualizó Rey Gómez.
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