
Hay voces que no se apagan nunca. Voces que uno escucha y de inmediato piensa en tamboras, en polleras moviéndose al ritmo del bullerengue, en patios calientes de pueblo y en el río Magdalena atravesando la memoria del Caribe. Así era Totó la Momposina. No hacía falta verla para saber que estaba ahí, bastaban unos segundos de su canto para sentir a Colombia entera latiendo desde la raíz.
La muerte de Sonia Bazanta Vides, conocida en el mundo del folclor como Totó la Momposina, dejó un vacío imposible de llenar en la música colombiana. Falleció a los 85 años en Celaya, México, acompañada por parte de su familia. La noticia fue confirmada por su mánager, Carolina Gotok, y rápidamente provocó una ola de mensajes de despedida para una mujer que convirtió los sonidos del Caribe en patrimonio universal.
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Pero hablar de Totó nunca fue solamente hablar de música. Era hablar de memoria, de resistencia, de tambor, de mujeres negras cantándole a la tierra y de generaciones enteras que crecieron entendiendo quiénes eran gracias a canciones que ella ayudó a mantener vivas.
Nació en Talaigua, Bolívar, el 15 de agosto de 1948, en un territorio profundamente conectado con Mompox y con la cultura anfibia de La Mojana. Su infancia estuvo atravesada por la violencia política que golpeó al país durante mediados del siglo pasado. Su familia, identificada con el Partido Liberal, tuvo que huir varias veces para salvar la vida. Primero llegaron a Barrancabermeja y después a Villavicencio. Totó contaría años más tarde que de niña aprendió demasiado pronto lo que significaban el miedo y el desplazamiento.
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Sin embargo, incluso en medio de esa incertidumbre, la música seguía apareciendo como refugio. Venía de familia. Su abuelo dirigía una banda en Magangué; su padre era percusionista; su madre, cantora y bailarina. En su casa el tambor no era un lujo ni un espectáculo, era parte de la vida diaria.
Cuando finalmente llegaron a Bogotá, intentando reconstruirse lejos del Caribe, la familia Bazanta Vides encontró una manera de no romper el vínculo con su tierra. Livia, la mamá de Totó, regresó a Talaigua para traer gaitas, tambores e instrumentos tradicionales. En esa casa del barrio Restrepo comenzaron otra vez los bailes, los cantos y las reuniones que terminarían convirtiéndose en un pequeño pedazo de la Costa dentro de la capital.
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Con el tiempo, aquella casa se llenó de músicos, estudiantes y artistas que buscaban sentirse cerca del Caribe. Pasaban por allí figuras enormes de la música colombiana como Lucho Bermúdez, Pacho Galán, José Benito Barros o Los Gaiteros de San Jacinto. Totó creció escuchando conversaciones sobre cumbia, porro, mapalé y bullerengue como quien escucha historias familiares alrededor de una mesa.
La televisión terminó dándole el primer gran impulso. Junto a su familia empezó a participar en el programa Acuarelas costeñas, donde interpretaban bailes cantaos y ritmos tradicionales en vivo cada semana. Ahí muchos colombianos la vieron por primera vez: una mujer morena, llena de fuerza, moviéndose descalza y cantando con una energía imposible de ignorar.
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Después vino el mundo
Totó pasó cinco años en París estudiando en La Sorbona historia de la danza, coreografía, ritmo y organización de espectáculos. Desde Europa comenzó una carrera internacional que la llevó a escenarios de Asia, África, Estados Unidos y América Latina. Mientras muchos artistas buscaban modernizar el folclor, ella hizo algo distinto: defendió las raíces con una dignidad absoluta.
Uno de los momentos más inolvidables de su carrera ocurrió en 1982, durante la ceremonia del Nobel de Literatura de Gabriel García Márquez. Gabo quería recibir el premio rodeado de música colombiana y Totó estuvo allí, llevando tambores y cumbia a uno de los escenarios más solemnes del mundo. Lo que algunos consideraban “demasiado folclórico” terminó convirtiéndose en una presentación histórica.
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Desde entonces, Totó la Momposina dejó de pertenecer solamente al Caribe colombiano. Se volvió embajadora de una cultura entera. Ganó reconocimientos internacionales, fue nominada al Grammy Latino, recibió el Premio Vida y Obra del Ministerio de Cultura y en 2013 obtuvo el Grammy a la Excelencia Musical. Pero más allá de los premios, su verdadero legado fue otro: enseñarle al país que la música tradicional también podía ocupar los grandes escenarios del planeta sin perder autenticidad.
Su último gran concierto fue en el Festival Cordillera de 2022. Después, los problemas de salud y una afasia la alejaron poco a poco de los escenarios. Aun así, nunca dejó de ser símbolo. Porque Totó no era solamente una cantante. Era una forma de entender el Caribe. Una mujer que hizo del tambor una bandera y que logró que generaciones enteras sintieran orgullo de sus raíces.
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Ahora el silencio duele distinto, pero en cualquier esquina donde vuelva a sonar una tambora, en cualquier patio donde alguien baile cumbia descalzo, Totó seguirá viva.
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