
Las denuncias sobre casos de acoso sexual y laboral dentro de medios de comunicación colombianos siguen generando impacto en redes sociales, especialmente tras el auge de movimientos como Yo te creo colega, espacios en los que varias mujeres periodistas han empezado a compartir experiencias que durante años permanecieron en silencio.
Los casos revelados han permitido conocer testimonios de cómo algunos hombres en estas empresas de comunicación buscan, a través de su poder, cargo o cercanía, vulnerar a mujeres, especialmente aquellas que están empezando a buscar oportunidades profesionales, tal como sucedió conmigo.
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Durante mucho tiempo conté historias de otras personas, publiqué denuncias anónimas, escuché testimonios de periodistas que tenían miedo de hablar y expuse casos de presunto acoso laboral y sexual al interior de medios de comunicación colombianos. Pero mientras hacía eso, había algo que no estaba haciendo: contar mi propia historia.
Ahora decidí hablarlo públicamente: yo soy Natalia, soy periodista y esta es mi experiencia como parte de una repetida dinámica de abuso de poder, silencios y comportamientos normalizados en reconocidas salas de redacción del país.
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Los primeros episodios que normalicé
Mi carrera comenzó en CM&, un medio que ya no existe como funcionaba en ese momento y ahí viví una situación que hoy interpreto como señal de alerta, aunque en ese entonces la tomé como “chiste” o cosas normales dentro de la rutina laboral.
Un profesor que había llevado a un grupo de mi universidad a esa empresa para que conocieran el medio de manera directa, me preguntó si “ya me lo habían pedido”, pues veía comportamientos raros de parte de algunas personas. Yo le dije que no y él insistió en que probablemente pasaría a largo o corto plazo.
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Después llegó mi oportunidad en Noticias Caracol, específicamente en la sección de deportes. Estaba feliz y sentía que crecía profesionalmente, que me estaba acercando a personas que admiraba, pero al poco tiempo todo empezó a ser diferente en el canal.
Conocí a Ricardo Orrego. Pensaba: ‘Wow, admiro a este periodista y ahora trabajo con él’... Pero con el tiempo empezaron a presentarse situaciones incómodas que no solo vivía yo, también otras mujeres con las que yo convivía y el mayor problema es que todo estaba tan normalizado que terminábamos dudando de nosotras mismas.
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Se normalizó el abrazo demasiado intenso, los saludos con beso “esquiniado”, el “pechiche” con las mujeres, todos sin pedirlos ni consentirlos. Y entre más pequeñita, entre más inexperta, entre más “Te voy a dar la oportunidad de estar acá”, pues una más callada se queda, por más incómoda que le parezca la situación
Pasaba también que si tenías blusas amplias, la mano iba dentro de la espalda, casi subiendo al brasier, o que deslizaban la mano al saludarte y palmada en la nalga, porque así es el trato. Pasaba con muchas, y nadie decía nada.
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Durante ese tiempo, aprendí un término muy común en los medios, el cual terminé odiando: “pilotéela”, era casi una regla no escrita para sobrevivir en ciertos espacios laborales.
A uno le da miedo contar estas cosas, cerrar puertas: “es que tú fuiste la que expuso”, “no te vamos a volver a llamar”, no te vamos a contratar”, “tu carrera se acabó”. Por eso uno se convence de que “es mejor que te quedes callada”. Tenía miedo hasta de quedarme sin con qué comer. Igual, ¿quién me iba a creer? Por eso no dije nada.
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Episodios que no olvidé
Momentos que se quedaron grabados en mí, situaciones en oficinas cerradas, acercamientos incómodos y contactos físicos que yo no quería.
Finalmente tuve que ir a la oficina de Ricardo Orrego: No había opción. Muchas veces le había dicho que no, que después, que no podía, pero esa vez me tocó ir por unos supuestos temas laborales.
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Entré y él cerró la puerta. Me senté en el computador porque me pidió explicarle cómo funcionaba la plataforma en la que yo trabajaba, para ese momento había pasado a una sección de información internacional en la que se manejaban todo tipo de temas por medio de un aplicativo específico.
Se puso detrás de mí, con sus brazos a mi alrededor, y, mientras estaba pidiéndome que le indicara los pasos para ingresar a la platafora me hablaba muy cerca a mi cara; buscaba mi boca con la suya mientras me tenía inmovilizada con su abrazo.
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Logré salir porque mi jefe inmediato me mandó a llamar, pero antes de dejarme ir, me cubrió la cara con uno de sus brazos mientras trataba de besarme en la boca.
Denuncia de acoso laboral y sexual en medios de comunicación de Colombia - crédito @nataliaperillaa/tiktok
Otro episodio ocurrió delante de varios compañeros de trabajo, mientras hablábamos de mi renovación de contrato.
Yo estaba preocupada por mi continuidad en la empresa y me lo encontré en la sala de redacción de Noticias Caracol sobre el mediodía. Estábamos en medio de un grupo de periodistas y me preguntó cómo estaba. Le comenté de mi interés en seguir trabajando allí y me respondió: “Tranquila, mándame tu hoja de vida, vamos a solucionar, confía en mí“..., pero mientras me decía: “Tranquila, tranquila, no te preocupes”, me tocaba el seno izquierdo delante de todo mundo. Nadie hizo nada. La verdad, yo tampoco. Me paralicé. Hace poco, cuando se destapó todo el escándalo, me escribieron algunos de mis compañeros de esa époica: “Yo sabía, yo vi es y me acordé de usted”.
A partir de ese momento, Ricardo Orrego empezó a escribirme por redes sociales en varias oportunidades, me daba likes, enviaba corazones, mensajes del tipo “Estás muy bonita”, “Me encantas”. Pero creo que el que más me impactó fue cuando me escribió: “Ven!!! (...) y me consientes (...) ¿sí?”. Yo quedé en shock.
De manera honesta tengo que reconocer que en ese entonces no supe qué hacer, nunca lo denuncié; solamente lo comentaba con mis amigas y siempre encontrábamos un patrón: “¿A ti te hizo esto? ¿A ti te hizo aquello? A mí me hizo esto. Ay, a mí me hizo lo otro. ¿Y a ti? ¿Tú qué hiciste? ¿Y tú y tú?”, pero solo podíamos desahogarnos, nos moríamos del miedo de que alguien se enterara.

Finalmente renuncié a Caracol, pero los mensajes no deseados siguieron llegando. El año pasado (2025), subí una foto a mis redes sociales y Ricardo Orrego escribió: “Yo vivo con ganas de ti. Había que decirlo”. Otro día, respondió a una historia en mi Instagram con “Yo que me derrito por vos y vos ni la hora”. Habían pasado años desde que dejé de trabajar en la misma empresa con él, nunca le respondí nada, no tenía ningún contacto con él y sin embargo no podía evitar que me acosara.
Lo que viví en Pulzo
Tiempo después llegué a Pulzo para trabajar como periodista. De nuevo estaba ilusionada con mi crecimiento profesional, pero también terminé viviendo episodios difíciles.
Por primera vez voy a mencionar la situación que viví en ese medio, aunque sé que no he sido la única que ha atravesado por eso.
Ingresé a Pulzo en 2023, me contrataron para trabajar en una sección que se llamaba monetización internacional, pero al poco tiempo esa área desapareció y empecé a rotar por diferentes secciones del medio. A lo largo de ese recorrido viví varias situaciones que se han normalizado y que yo también normalicé en ese tiempo. De nuevo el miedo a quedarte sin trabajo, sin cómo vivir.
Natalia relata acoso laboral y sexual en medio de comunicación - crédito @nataliaperillaa/tiktok
El que en ese entonces era el Gerente de contenido pasó a ser también mi jefe inmediato. Antes, mi superior era otra persona, que me hacía comentarios humillantes frente a mis compañeros en varias oportunidades: “¿Será que ella sirve para trabajar o solo para distraer a los hombres?“, ”¿Será que ella solo es una cara y un cuerpo?“, “Hagamos una rifa para encontrar a la fiestera y fijo se la gana Natalia”, “¿Me imagino que este fin de semana vas a salir como siempre?“, ”Es que tú eres la del desorden". Nunca hablaba de mi trabajo o decía algo positivo de mi.
Cuando le expresaba a ese jefe que no me sentía bien con sus comentarios y que se me estaba volviendo un infierno ir a trabajar me decía: “Pero no te lo tomes personal”.
Yo le decía que si no le gustaba mi trabajo que me dijera qué hacer para mejorar y se lo tomó en chiste. Me decía: “¿Puedes hacer tal nota o vas a llorar? ¿Puedes hacer tal cosa o te vas a sentir mal?”. Pero no era lo único que me estaba pasando. La situación más grave ocurrió con un hombre que estaba a cargo de un área que existía en Pulzo en 2023 y se llamaba Los Aliados.
Se trata de Juan Sebastián Quintero. Al principio fue muy amable y se acercaba a mí para hablar principalmente de temas de laborales: “Hablemos de tu trabajo, hablemos de tu profesión. Yo quiero que te vaya bien. Yo quiero que surjas”. Sin embargo, en la redacción empezaron los comentarios de que era yo quien lo buscaba, a pesar de que nunca fue así.

Le pedí en varias oportunidade de la manera más amable que se alejara: “Te quiero pedir el favor de que tomemos distancia. No me traigas regalos, no me des nada porque esto está pasando de castaño oscuro. Hay comentarios, entiendo que tú eres casado, incluso acabas de ser papá, te pido por fa, que en serio, pares”, le decía.
Sin embargo, no se detuvo. El momento más complicado fue un día festivo en el 2023. Yo estaba en mi casa y me llegó un mensaje de texto de él por todos los medios posibles y al mismo tiempo: “Hola, Nata. Si te escribe mi esposa, te quiero pedir que por favor no le contestes. Mañana te explico”.
Días después lo confronté en la oficina y me contó que su esposa se dio cuenta de sus reacciones a mis publicaciones, sus likes, sus comentarios, las búsquedas que hacía en mis redes sociales y me confesó que para salir del problema le había dicho a su mujer que era yo quien lo estaba buscando.
Me dio a entender que era su palabra contra la mía y que era mejor que nos colaboráramos. “Pero ¿por qué?“, fue mi respuesta. Por primera vez me había atrevido a no quedarme callada, a pesar del miedo que tenía de quedarme sin trabajo.

Le expresé lo que pensaba de la situación, le recordé que nunca había buscado algo así, que siempre me había negado a sus insinuaciones y terminó por aceptar: “Tienes toda la razón. Me has dicho varias veces que no. Tú no tienes velas en este entierro”.
No hubo más contactos con esa persona, pero dejó una mala imagen mía con su pareja y quién sabe con cuántos más, no hubo reparación ni arrepentimiento alguno. Tal como en Caracol Televisión hicimos un grupo con amigas y hablamos de la situación, así fuera solo para desahogarnos; la que fue mi primera jefa mujer trató de tomar cartas en el asunto, pero nunca pudo hacer nada al respecto.
Quien era el editor de la noche, que en ese entonces tenía una relación romántica con una compañera de trabajo y estaba señalado de violencia de género, hoy sigue trabajando allí.

A raíz de que se empezaron a conocer esos hechos de violencia contra su pareja, varias periodistas aprovechamos para alzar la voz y hablar del proceder que tenía ese editor y expresar lo que estábamos atravesando en cuanto a acoso laboral y sexual en la oficina, pero lo que sucedió fue que esas advertencias fueron motivo de burla diaria.
A mí, que en su momento les decía a las chocolatinas, “chocolatas”, me puso ese sobrenombre y empezó a acosarme: “Chocolata , ¿te molesta esto?“, ”Chocolata, ¿te sientes atacada?“, ”Chocolata, pero ¿yo te estoy afectando?“. ”Chocolata, ¿esto es acoso?“, ”Chocolata, ¿si yo me acerco es acoso?“, ”¿Si yo te toco acá es acoso?“, todo esto al frente de otros compañeros.
Llevé lmi queja a recursos humanos, pero no sucedió nada y me lo gané de enemigo. Me empezó a tratar de manera incómoda, se quejaba constantemente de mi trabajo, hablaba mal de mí a mis espaldas, se demoraba en publicar mis notas y pasó a ser déspota.
Con el tiempo terminó mi contrato en Pulzo y yo quedé con el peso de que cargué con lo vivido y no tuve apoyo o ayuda, así que,tras salir de la empresa, decidí buscar al gerente de contenido para comentarle todo, mostrarle las pruebas y buscar un poco de respaldo, al menos solidaridad, pero la actitud de ese jefe fue hacerle el quite al tema de una manera burlesca.

No me dejó hablar, frenó la conversación y su respuesta, cuando ofrecí mostrarle las pruebas, fue: “Prefiero no ver, prefiero estar lejos del chisme y evitar saber de esas cosas”. Me dijo que me creía, pero que “lo dejáramos pasar”, mientras se reía como si se tratara de un mala broma.
A la fecha el tema quedó entre las personas que fueron testigos, las que lo vivimos y los jefes o directivos que se hicieron los de la vista gorda. Cada uno siguió con su puesto y carrera profesional como si nada, mientras que quienes alzamos la voz fuimos perseguidas, no nos creyeron, quedamos marcadas y señaladas.

Todos sabían
Tal vez una de las cosas que más me golpea hoy es entender que muchas personas sabían lo que estaba pasando. En mi WhatsApp, tengo varios mensajes, todos sabían y nadie hizo nada. ¿Por qué? Porque la teníamos que “pilotear”.
Hoy decidí hablar porque sé que muchas mujeres siguen pasando por situaciones similares dentro de los medios de comunicación y otros espacios laborales. Porque sé lo difícil que es denunciar cuando sientes que tu estabilidad depende de quedarte callada, pero hoy tenemos el apoyo de decenas de mujeres que han pasado por lo mismo. “Yo te creo colega”.
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