
Después de tres años de guerra en Sudán, más de 14 millones de personas han abandonado sus hogares y las cifras de muertos siguen siendo desconocidas.
El enfrentamiento entre las Fuerzas Armadas Sudanesas y las Fuerzas de Apoyo Rápido ha devastado regiones enteras, y la falta de atención internacional agrava el drama de quienes permanecen atrapados en la violencia
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La cifra de muertos que oscila, según estimaciones, entre 50.000 y 400.000, aunque “nadie tiene certeza de cuántos son y, lo más preocupante, a nadie parece importarle”.
Así lo relata Natalia Romero Peñuela, la colombiana gestora de comunicaciones de Médicos Sin Fronteras (MSF), quien estuvo tres meses en la región de Darfur documentando el deterioro humano y la indiferencia internacional.
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Durante 2025, los equipos de MSF asistieron a más de 12.000 pacientes con sarampión y 42.000 con cólera, además de admitir a 15.000 niños menores de cinco años por desnutrición aguda.

En entrevista con El Tiempo, Romero Peñuela describe ciudades convertidas en paisajes de despojos, donde la población sobrevive sin comida, medicamentos ni vacunas, expuesta a la violencia entre las Fuerzas Armadas Sudanesas y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF).
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Romero Peñuela, responsable de comunicaciones de MSF en Darfur, fue testigo en terreno de la “sociedad arrasada, tratando de sobrevivir en medio de la violencia y el abandono internacional”. Las familias desplazadas, sin acceso a servicios básicos, enfrentan epidemias de enfermedades prevenibles y el peso de un sistema de salud colapsado.
A inicio de mayo, tras veinte días de la llegada de los equipos de Médicos Sin Fronteras, las RSF tomaron el control de El Fasher, capital de Darfur Norte. “Lo supimos en medio de una reunión: el sonido del happy shooting lejano pasó de unos pocos disparos al aire a ráfagas de fusil y luego a explosiones más profundas”, dijo Romero Peñuela al medio citado.
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Las celebraciones armadas, transmitidas en redes sociales por los propios soldados, dieron paso a registros de “detenciones, ejecuciones, asesinatos y masacres”.
La toma de El Fasher provocó una ola de desplazamientos hacia Tawila, un poblado que antes albergaba 90.000 personas y que, en tres años de combates, recibió más de 700.000 desplazados, la mayoría provenientes de El Fasher. Las condiciones para estas familias son extremas: “Al hospital llegaban personas heridas, amputadas, violadas, desnutridas o deshidratadas. Todo el dolor humano concentrado en un solo lugar”, relató.
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El bloqueo de suministros impuesto por las RSF dejó a la población meses sin alimentos suficientes. Muchos sobrevivientes admiten haber comido forraje —pastos y plantas secas destinados al ganado—, mientras otros murieron en el trayecto, bombardeados o abandonados a su suerte.
Los refugios, precarios y saturados, ofrecían apenas dos litros de agua diarios y ninguna certeza de resguardo.
Epidemias prevenibles y el colapso del sistema sanitario
La crisis sanitaria en Sudán se multiplica por la falta de vacunas y medicamentos. “No todas las muertes en una guerra son por balas o bombas. La peor parte era ver morir a niños por enfermedades comunes: sus cuerpos no tenían cómo resistir”, declaró una médica colombiana del hospital de Zalengei citada por Romero Peñuela a El Tiempo.
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El deterioro de los programas de vacunación, interrumpidos “casi por completo” tras la escalada del conflicto, ha dejado sin protección a la mayoría de las comunidades.
Además, los saqueos y el cambio climático –que recortó las temporadas de lluvias–, así como la interrupción de la financiación internacional y las trabas burocráticas, han reducido la oferta de medicamentos y la presencia de personal sanitario a niveles mínimos.
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En 2025, los equipos de MSF atendieron a más de 12.000 pacientes con sarampión y más de 42.000 con cólera, admitiendo también a unos 15.000 niños con desnutrición aguda.

Romero Peñuela subrayó: “En Sudán la gente se muere de enfermedades completamente prevenibles y tratables”.
El éxodo forzado y la indiferencia internacional
Romero Peñuela llegó a Darfur tras cruzar la frontera con Chad, debido al cierre del espacio aéreo y la imposibilidad de viajar por tierra desde la capital, Jartum. “Todos los suministros que antes llegaban en avión ahora entran por esa frontera: una sabana semidesértica atiborrada de carretas haladas por burros que transportan comida importada y gasolina”, explica.
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El flujo de personas desplazadas se mezcla con la escasez total de recursos. La desprotección provoca que “los cuerpos quedan expuestos a enfermedades como sarampión, dengue, hepatitis o cólera, que además se propagan con rapidez. Y la gente se muere”, detalla.
Tras la caída de El Fasher, el impacto internacional se hizo notar: “En menos de diez días recibimos más de un centenar de peticiones de entrevistas. Sin embargo, la atención duró un par de semanas y luego volvió el silencio y la indiferencia”, afirmó la delegada de MSF.
La cobertura mediática y el interés político tienden a extinguirse, mientras la emergencia persiste y millones de sudaneses siguen transitando el umbral entre la vida y la muerte sin respuesta global.
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