Karen Quiñonez relató su plan de transicionar a hombre, un proceso que inició con un diagnóstico apresurado - crédito @vospodesoficial/Instagram
Cuando Karen Quiñones decidió revertir su transición de género —que consiste en que una persona modifica su apariencia y estilo de vida para coincidir con su identidad de género—, inició un proceso que pocos describen públicamente.
La experiencia, relatada en detalle en el pódcast Voz Podés, conducido por la periodista Tatiana Franko, evidenció que la detransición no es un simple cambio de nombre o apariencia: implica enfrentar secuelas físicas, reconstruir la identidad y restablecer vínculos sociales complejos.
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La mujer explicó que este tipo de decisiones implica enfrentar un proceso lleno de intervenciones médicas rápidas, soledad emocional y la necesidad continua de acompañamiento profesional; es decir, que no es un proceso fácil.

Efectos de la terapia hormonal con testosterona
Durante casi una década, Karen Quiñones vivió bajo una identidad masculina con el nombre de Tomás. La transición incluyó cambios visibles y profundos en su cuerpo, impulsados por la terapia de reemplazo hormonal con testosterona, principal hormona sexual masculina.
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“Por mucho tiempo estuve en búsqueda de mi identidad”, contó Quiñonez. Aunque en la adolescencia “me reconocí como hombre, encontré la plenitud cuando decidí detransicionar”.
La transición comenzó con la exploración de distintos círculos sociales durante la universidad en Cali. La interacción con personas trans y la validación recibida al asumir comportamientos masculinos impulsaron la decisión de iniciar la hormonización.
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Posteriormente, inició una terapia de reemplazo hormonal (TRH) con testosterona, bajo el diagnóstico de disforia de género realizado en una sola sesión de quince minutos: “El diagnóstico fue rápido y el proceso médico se centró en la hormonización, sin un acompañamiento psicológico sostenido”.
“Me diagnosticaron en una sola cita de 15 minutos”, afirmó. Tras ese encuentro, comenzó la terapia de reemplazo hormonal: “Mi plan era empezarme a hormonizar y eso es lo que sucede. Empecé a inyectarme testosterona, hormona masculina”.
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“Mi voz jamás va a volver a ser igual”, confesó, al señalar que el impacto físico no solo afectó su percepción personal, sino su interacción social. Al consumir dichas hormonas, provocó cese del ciclo menstrual, redistribución de grasa y aumento de peso acelerado, con efectos inesperados que marcaron su salud y autoestima.

Aunque en un principio el cambio parecía positivo —“sentía que me estaba viendo y me sentía bien, aparte tenía la aprobación de la gente afuera”—, los efectos secundarios pronto se hicieron evidentes: “Me subí de peso de manera abrupta. Te estoy hablando de 18, 19, 20 kilos en dos meses. Era una cosa que yo veía en el espejo y decía: ‘¿Por qué, si esto es lo que quiero, ya no me siento bien?’”.
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La aceptación en algunos círculos sociales contrastó con conflictos familiares, especialmente con su padre y su hermano; la tensión se acentuó a medida que avanzaba en el proceso médico: “Llegaron pensamientos incluso suicidas”.
La decisión de revertir y volver a su feminidad llegó a su mente
El proceso de reversión comenzó tras una etapa de introspección, búsqueda espiritual y contacto con profesionales que ofrecieron acompañamiento psicológico integral.
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“Encontré especialistas que supieron abordar la detransición, que es mucho menos conocida y atendida que la transición”, afirmó.

La decisión de abandonar la hormonización no solo implicó enfrentar secuelas físicas, sino sortear el rechazo social de antiguos amigos y miembros de la comunidad Lgbti+: “Llegaba a mi casa y eran pensamientos incluso suicidas. Me sentaba al borde de la cama a mirar qué viga utilizaron…”. La guía profesional resultó prácticamente nula: “No hubo ningún acompañamiento psicológico. Todo esto lo pasé sola”.
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Las consecuencias físicas incluyeron endometriosis, hemorragias tras la suspensión de hormonas, hipertensión, riesgo de infertilidad y daño renal. Cada secuela se convirtió en un recordatorio tangible del impacto que tuvo la transición en su cuerpo.
“No sé si podré ser madre”, declaró, al destacar el efecto irreversible de ciertos tratamientos hormonales. Para Quiñones, estos efectos físicos reforzaron la necesidad de contar con un acompañamiento médico y psicológico que no se limite a la transición, sino que considere la posibilidad de revertirla de manera segura.
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La salud mental en estos procesos de identidad son fundamentales
Además, ella comentó que la “luna de miel” de la transición dio paso a un periodo de vacío: “Me costó mucho volver a verme en los ojos de Dios”.
“Encontré en psicólogos católicos el apoyo que no había tenido antes. Empezaron terapias exploratorias, viendo la raíz, preguntándose si era una baja autoestima, desde dónde, por qué”, reveló ante los micrófonos del pódcast.
Aparte de esto, la reconstrucción social fue otro desafío significativo, ya que retomar la identidad femenina implicó pequeños actos simbólicos, como volver a usar prendas femeninas o accesorios cotidianos.
Tras un rápido diagnóstico de disforia de género, Karen se convirtió en Tomás. Sin embargo, la felicidad no llegó - crédito @vospodesoficial/Instagram
Quiñones insistió en la importancia de un acompañamiento integral: “El diagnóstico y tratamiento de la disforia de género no se puede limitar a la intervención médica. Es necesario un apoyo psicológico real. Muchos profesionales se apresuran con el diagnóstico. Qué bueno sería que pudieran llevarles a estas personas un acompañamiento real, sin juzgar”.
Sobre la detransición, señaló: “Hay muchas personas que están detransicionando y se sienten solas, sin especialistas que aborden estos casos. La soledad es la misma. Hay un patrón: se sienten solos porque no hay profesionales que puedan abordar esta condición”.
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