
Bajo el aparente encanto de los venados chital que deambulan por los potreros de Doradal, Antioquia, se esconde una problemática ambiental en ascenso para Colombia.
Estos mamíferos asiáticos, introducidos de forma ilegal por Pablo Escobar hace casi 40 años, han pasado inadvertidos ante el escrutinio que tradicionalmente ha acaparado el caso de los hipopótamos de la Hacienda Nápoles.
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Ahora, su presencia despierta inquietud entre autoridades ambientales y productores locales por el impacto potencial que su proliferación podría desencadenar en los frágiles ecosistemas del Magdalena Medio y la economía ganadera regional.
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La amenaza que plantean los chitales no es menor si se considera la experiencia internacional. En Texas, estos venados ya lograron desplazar al venado de cola blanca autóctono, alterando el equilibrio ecológico.
En los campos ganaderos de Doradal, han comenzado a modificarse los ciclos de regeneración del pasto, un insumo fundamental para la producción bovina. Así lo confirman testimonios de la región entregado a Los Informantes: “El venado puede dañar la rotación del pasto, porque no deja retoñar el pasto”, una dinámica que afecta la productividad agraria y anticipa escenarios similares a los vividos en otros países.
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El control de esta especie exótica ha resultado complejo. Según explicó David Echeverry, jefe de la oficina de gestión de la biodiversidad de Cornare, la entidad ambiental regional, se contempla la esterilización química a distancia como un posible método de contención, inspirado en lo aprendido durante la gestión de los hipopótamos.
Sin embargo, Echeverry advierte: “Es muy difícil marcar a los animales después de haberlos esterilizado de manera química; puede ocurrir entonces que se esterilice por error varias veces al mismo ejemplar”.
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Además, la captura directa implica un grave riesgo para los animales, quienes pueden sufrir miopatía por estrés y fallecer.
La historia de los chitales en Colombia arrancó cuando Escobar los sumó a la colección de fauna exótica de la Hacienda Nápoles, según detalló Echeverry.
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A diferencia de los 5 venados nativos, el Chital se caracteriza por un tamaño mayor y por las manchas blancas que conserva en la edad adulta, asemejando la figura de Bambi en la cultura popular.

El jefe de biodiversidad de Cornare lo describe así: “Es un venado muy similar al venado que nosotros tenemos en Colombia, pero es un poco más grande, unos cuernos mucho mayores, los machos ya en estado adulto presentan unas coloraciones en la parte del lomo, como unos puntos blancos, es muy parecido al que conocemos como el Bambi de las películas”.
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A lo largo de los años, estos animales han mostrado una extraordinaria capacidad de adaptación al trópico colombiano. Willington Herrera, vaquero de 21 años en Doradal, relata el incremento de avistamientos y la habilidad atlética de los chitales, quienes logran saltar hasta “de dos a tres metros más... ese animal salta mucho”.
Inicialmente avistados en pequeñas cantidades, ahora se reportan manadas que transitan terrenos ganaderos y áreas boscosas, desplazando a especies autóctonas como la anta y el chigüiro, en competencia por recursos y territorio.
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El proceso de expansión de estos venados resulta difícil de contener, ya que carecen de depredadores naturales efectivos en la zona, más allá de la ocasional presencia del jaguar.
Su dinámica poblacional se intensifica por una tasa de natalidad de al menos una cría por año y la costumbre de dividirse en nuevos grupos cuando los recursos locales escasean, de acuerdo con Echeverry en declaraciones recogidas por Los Informantes.
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El desconocimiento sobre el impacto real de los chitales es considerable. “No lo hemos estudiado nada, básicamente un reporte de presencia, pero digamos lo que estamos haciendo ahorita es aproximarnos un poco más a conocer cómo se está comportando esta especie porque no sabemos nada”, admite el experto de Cornare.
Para intentar dimensionar la invasión, las autoridades apelan a la ciencia participativa, involucrando a las comunidades locales en la recolección de información sobre los avistamientos y movimientos de las manadas.
Mientras tanto, los chitales, conocidos popularmente como “narcovenados”, se han convertido en un atractivo turístico para ciertos hoteles de lujo de la región.
Esta imagen contrasta con la urgencia ambiental que implican, recordando que la intervención tardía frente a especies invasoras termina transformando su gestión en una tarea monumental para el país.
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