La llegada de la temporada festiva en Cali y Medellín ha estado marcada por un despliegue de medidas restrictivas y campañas de prevención frente al uso de pólvora, aunque la respuesta ciudadana ha desafiado abiertamente las disposiciones oficiales.
En Cali, la administración local decretó este año la suspensión de la expedición de permisos para la venta y comercialización de cualquier tipo de pólvora, así como la prohibición de su venta en espacios públicos.
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Además, se estableció la restricción absoluta para el porte, transporte, uso y manipulación de estos productos por parte de menores de edad y adultos en estado de embriaguez.
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La normativa también vetó la producción, fabricación, manipulación, uso y comercialización de fuegos artificiales que contengan fósforo blanco, como totes, diablitos, martinicas y triquitraques.
En respuesta a estas medidas, el comandante de la Policía Metropolitana de Cali, brigadier general Henry Yesid Bello, anunció la llegada de 170 uniformados que conforman el nuevo “Escuadrón Antipólvora” en la ciudad. Esta fuerza especial fue desplegada con el objetivo de reforzar el control y la vigilancia durante las celebraciones, en un intento por reducir los riesgos asociados al uso de pirotecnia.
A pesar de la presencia policial y de los llamados reiterados de las autoridades, la ciudadanía caleña ignoró las advertencias y participó masivamente en la tradicional alborada.
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Desde los cuatro puntos cardinales de la ciudad, se observaron y escucharon detonaciones durante la madrugada del lunes 1 de diciembre, evidenciando el escaso acatamiento de las restricciones.
La emblemática torre de Cali se convirtió en epicentro de un espectáculo de fuegos artificiales, mientras que cientos de personas se congregaron o intentaron ascender a Cristo Rey para presenciar el evento, lo que provocó un intenso congestionamiento vehicular en la zona.
En contraste, en Medellín y el área metropolitana, la gobernación de Antioquia lanzó el viernes 28 de noviembre la campaña “Soy Antipólvora”, una estrategia articulada con el Área Metropolitana del Valle de Aburrá y la Policía Nacional destinada a prevenir el uso de pirotecnia durante las festividades.
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Aunque en esta región no se implementó una prohibición formal, la iniciativa buscó sensibilizar a la población sobre los riesgos asociados a la manipulación de fuegos artificiales.
No obstante, distintos puntos de Medellín y los municipios cercanos se iluminaron con luces pirotécnicas, incluso bajo una intensa lluvia que cayó en la zona, lo que demuestra la persistencia de esta práctica en la cultura local.
La percepción de este evento entre la población local es la de “un momento festivo, de gozo, de alegría”, una expresión que resume el espíritu con el que se vive esta tradición.
Sin embargo, el origen de la alborada está lejos de ser meramente lúdico. Según John Wilson Osorio, jefe del departamento de Humanidades de la Universidad CES, la práctica se remonta a 2003, cuando un grupo criminal utilizó la explosión de pólvora como anuncio.
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Ese año, la medianoche del 30 noviembre fue elegida para marcar un hito: la desmovilización de los bloques de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) en Medellín, en particular el Bloque Cacique Nutibara.
Osorio explicó que “esta tradición, en Antioquia, nació en el momento en el cual Diego Fernando Bejarano Murillo, alias don Berna o Adolfo Paz, decidió desmovilizarse gracias a una entrega que se hizo desde los acuerdos con el gobierno en ese momento, el del presidente Álvaro Uribe Vélez”.
Con el paso de los años, la alborada trascendió las fronteras de Antioquia y se extendió a otras ciudades del país. En Cali, por ejemplo, la celebración ha sido adoptada por diversas comunidades, impulsada por la presencia de la colonia paisa.
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La visibilidad de la alborada en Medellín ha alcanzado incluso a figuras internacionales. Este año, el cantante Daddy Yankee compartió imágenes de la celebración en la ciudad, donde se encontraba tras participar en el concierto de J Balvin durante el fin de semana.
La alborada decembrina, con su mezcla de historia, identidad y celebración, se ha consolidado como un ritual que, aunque nacido de un contexto complejo, hoy es sinónimo de alegría y encuentro para miles de personas en Colombia.
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