
Fue Bernhard Schlink el culpable de que hoy nos parezca bella la historia de una mujer madura que se enamora de un joven. Culpables también son Kate Winslet y David Kross, quienes dieron vida en la pantalla grande a los trágicos amantes de “El lector”. Probablemente, su atracción sea más repulsiva que romántica, pero hemos elegido ver con el corazón y no con la razón. De ahí nuestra fascinación.
Esa escena de la mujer que se enamora del joven, que es casi un niño aún, no ha sido lo suficientemente explorada en la literatura en lengua española. Se han dado acercamientos, claro, pero ninguno lo suficientemente notable como para no pasarlo por alto, hasta ahora, cuando la obra ganadora de la primera edición del Premio Lumen de Novela se adentra en una historia con estas características.
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Si “Lolita” es el lado A del disco, entonces, “Vladimir” es el lado B. Cuando Nabokov escribió su novela, intentando hablar en clave romántica de la atracción enfermiza de un hombre mayor hacia una niña, seguramente no imaginó el autor que años después varias generaciones de escritoras y escritores intentarían emularlo. Lo que hace ahora la autora argentina Leticia Martín con su “Vladimir” no es tanto eso, sino una reconstrucción a partir de la visión femenina de lo que habría podido ser esta historia si los papeles estuvieran invertidos.
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“Con gran tensión narrativa y estilo acerado, Leticia Martín ha escrito una novela polémica sobre los límites del deseo y las relaciones de poder”, se lee en el comunicado del jurado del premio, que ha estado integrado por las escritoras Clara Obligado, Ángeles González-Sinde (exministra de Cultura) y Luna Miguel, la librera Lola Larumbe y la directora literaria de Lumen, María Fasce, que definió la novela como “muy perturbadora y profundamente desasosegante”.
La autora nacida en Buenos Aires en 1975 es licenciada en Ciencias de la Información y tiene un posgrado en Gestión Cultural y Políticas de Comunicación. Su primer libro publicado fue “Breviario o el oficio religioso”, que apareció en 2012, después han venido “El gusto” (2012), “La coronación del peón” (2014), “Estrógenos” (2016), “Topadoras oxidadas” (2019) y “Un ruido nuevo” (2020), además de una nutrida lista de poemarios.
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Tras ser anunciada como la ganadora del certamen, Martín comentó que durante la escritura de la novela se vio enfrentada a varios retos a nivel estético. Uno de ellos, y quizá el más importante, tuvo que ver con la forma en que volvió sobre sus influencias, en su intento por entender este tiempo que la acontece. La intertextualidad está presente en la novela todo el tiempo, desde el título hasta el punto que le da el cierre a la ficción.
“Esta historia de amor entre comillas, muchas, o de pasiones desatadas tiene que ver con Lolita, he pensado mucho en ella al escribir esta obra, ha sido un norte, y de hecho elegí Vladimir como nombre del muchacho para homenajear a su autor, Nabokov. Quería poner a una mujer en esa situación, me encanta el comienzo de esa novela, además las palabras que Nabokov escribe pidiendo casi disculpas cuando la novela aparece, censurada en ese momento... Quería retomarla hoy cuando algunas cosas las podemos leer y estudiar de otra forma en relación con lo que se puede y no se puede decir”, explicó Martín.
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Reconoce también que, de repente, algunas de las escenas que empleó para ambientar la trama, que para los lectores de hoy podrían llegar a ser inapropiadas o alarmantes, la sometieron a una propia evaluación de sus juicios. “Le tengo mucho respeto al erotismo, me parece muy difícil de escribir, algo que siempre siento que falla: Duras es la maestra en esto”, apuntó la argentina. Así, conseguir el tono preciso le requirió una mente mucho más abierta y, naturalmente, la relectura de algunas voces clásicas que le permitieran dar con las claves que estaba buscando, la de Marguerite Duras entre ellas.
“Este libro demuestra que hablar de sexo y de deseo no es hablar de amor, que hablar del fin del mundo no es hablar de heroicidad y que se puede escribir una novela dura y peligrosa siendo también tierna. Los instintos básicos no son cuestión solo de la última supervivencia”, comentó Luna Miguel,
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La trama de “Vladimir” también toca temas como el salvajismo, lo descarnado y los límites de lo humano. Guinea, la mujer que protagoniza estas páginas, elige sostener una relación con uno de sus alumnos en la universidad para la que trabaja en Estados Unidos. Cuando todo se descubre, emigra a Buenos Aires, intentando vivir su segunda oportunidad, pero todo se complica cuando la ciudad cae en una profunda tiniebla tecnológica. No hay electricidad, ni internet, ni posibilidad alguna de conexión, más allá de asomarse a la venta y hablar con el vecino.
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Guinea y la demás gente se preparan para una época difícil, mientras la Policía resguarda las calles en su intento por impedir el desorden público ante la emergencia. De camino en un taxi hacia el centro de la ciudad, Guinea se da cuenta de lo incierto que es su futuro. El taxista, entonces, le ofrece su casa mientras consigue acomodarse en medio de todo. Lo que no espera ella es que el joven que vive allí, Vladimir, la descoloque por completo.
“Es una novela provocadora”, añadió González-Sinde. “Habla del agotamiento de los recursos, tanto físicos como morales, y contiene una interesante inversión de roles”.
Con “Vladimir”, la escritora argentina abre la nueva época del Premio Lumen de Novela, que se desprende de aquel que se celebró entre 1994 y 1999, con el ánimo de publicar a las mejores voces femeninas de la narrativa en lengua española. De aquel certamen resultaron ganadoras Ángeles de Irisarri, con Ermessenda, condesa de Barcelona, en 1994; Ana Rodríguez Fischer, con Objetos extraviados, en 1995; Clara Obligado, por La hija de Marx, en 1996; Alicia Giménez Bartlett por Una habitación ajena, en 1997; y Clara Usón, por La noche de San Juan, en 1998.
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