
La historia de la industria automotriz está atravesada por personas, personalidades. Por Albert Einstein no. Autos y Einstein no tienen una conexión particularmente estrecha. En la efeméride del hombre que cambió el curso de la humanidad, el día en el que el científico habría cumplido 136 años, su vinculación con el mundo del motor se reduce a un recuerdo de su costado humorístico.
Década del veinte. Reconocida figura de la escena científica, aún era un desconocido para la mayoría. Antes de que se popularizara su imagen y su teoría de la relatividad, Albert Einstein -físico alemán de origen judío, nacionalizado suizo, austriaco y estadounidense- fue chofer por un día. Esa fue toda su sociedad y analogía sobre la industria de los autos: una anécdota a la que sin embargo recurren asiduamente los historiadores para describir la personalidad del genio.
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Camino a una disertación en una universidad le expresó a su histórico chofer que no quería dar el discurso, que estaba cansado, que prefería no participar del encuentro. Su conductor oficial no era únicamente quien manejaba sus vehículos de traslado, era además un fiel escucha de sus presentaciones: en cada conferencia se mezclaba entre la multitud para contemplar su talento y su ciencia. Haciendo gala de su comedia, de su tibia impunidad, Einstein le propuso un cambio. Que el chofer diera el discurso y que él lo llevara de regreso a casa. La identidad no sería un impedimento: pocos reconocerían la fisonomía original del -verdadero- científico.
La disertación transcurrió sin demasiados inconvenientes. El chofer pronunció desde el estrado un discurso técnico, profesional y sólido. La historia dice que hubo un momento de zozobra y conmoción. Uno de los asistentes interrumpió al supuesto científico para hacerle una pregunta al respecto. El conductor vestido de académico recurrió a su jefe con una creativa reacción: "Bueno, la respuesta es tan simple que hasta mi chofer podría contestarla".
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Einstein, vestido de conductor, se puso de pie ante la audiencia y contestó la pregunta del universitario. La curiosa anécdota "viste" la imaginación del científico que alteró los confines de la historia, un hombre que de niño no hablaba bien, que tenía una memoria defectuosa, que no aprobó su examen de ingreso a la universidad, que prefería no usar medias, que aunque no tuvo una relación intensa con la industria automotriz ni disfrutaba de conducir, un día hizo de chofer porque no quería ser científico.
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