Las exigencias de hoy y los 200 metros malditos

En días en los que recrudecen los condicionamientos sobre cualquier referencia de índole política a atletas fundamentalmente rusos vale la pena recordar que no se trata de un tema novedoso

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Un niño ucraniano juega en
Un niño ucraniano juega en un parque parcialmente destruido por los bombardeos rusos en Járkov. EFE/Esteban Biba

Desde manifestaciones públicas respecto de la invasión a Ucrania hasta la elección de músicas para coreografías que no contengan mensaje encriptado, la cantidad de condiciones que varias organizaciones deportivas, COI incluido, a deportistas rusos para poder competir en París 2024 bajo bandera neutral e himno olímpico pueden parecer demasiadas, sin precedentes y hasta arbitrarias. Pero no son inéditas.

Desde hace casi un siglo, las principales corporaciones deportivas son tan ásperas con cualquier manifestación que se considere de índole ideológicas como relajadas a la hora de entreverarse desde los escritorios en el remanido asunto de deporte/política. Entiéndase por consideraciones de índole ideológicas desde expresiones abiertamente discriminatorias -lógica y necesariamente sancionables- como aquellas de apoyo a, por ejemplo, el movimiento LGBTIQ+.

Hace más de medio siglo, en 1968, el mundo atravesó un tiempo sumamente intenso, de esos que parecía predecir una etapa de cambio definitivo en las sociedades. Con eje fundamental en el mitico Mayo de Paris –en efecto, iniciado en marzo- y parientes mas o menos cercanos en la Primavera de Praga y el asesinato de Martin Luther King, el mundo parecía iniciar un camino sin retorno. Cada uno de ustedes sabrá evaluar si fue así o solo se trató de una tierna fantasía juvenil.

Los extraordinarios juegos de México 1968 no fueron ajenos a un tiempo tan convulsionado: apenas diez días antes de la Ceremonia de Apertura, en la Plaza de las Tres Culturas se produjo la llamada Masacre de Tlatelolco en la que fuerzas armadas de diverso origen –se denunció desde al ejército hasta a alguna brigada parapolicial- reprimió un movimiento popular encabezado por estudiantes de las principales universidades mexicanas hasta profesores, obreros o amas de casa; aun hoy se asegura no saber la cantidad exacta de fallecidos en la ocasión.

Casi como una muestra más de que, cuando el olimpismo se mueve en las pistas, las piletas y las canchas nada puede con el, los juegos se desarrollaron no solo sin inconvenientes sino con un inolvidable saldo deportivo con estrellas que brillaron desde la gimnasta checa Vera Caslavska hasta los norteamericanos Bob Beamon, protagonista del salto en largo más impactante de todos los tiempos, y Dick Fosbury, que cambió para siempre la forma de saltar en alto.

Fueron, además, los juegos de los 200 metros malditos.

Esa distancia electrizante que expuso a Usain Bolt como el único ser humano capaz de mantener las rodillas tan en alto durante tantos metros, ofreció un previsible 1-3 de los Estados Unidos y una consagratoria medalla plateada para Australia.

Sin embargo, no fue la carrera en sí la que convirtió un suceso en una maldición, sino lo que sucedió después.

Ya subidos al podio, Tommie Smith, medalla dorada, y John Carlos medalla de bronce, agacharon la cabeza y levantaron un puño envuelto en un guante negro durante el himno norteamericano; el Black Power estaba entre nosotros.

Esa misma noche se expulsó de la villa a ambos deportistas y se les quitó la credencial. De regreso a su país, tan proclive a adorar sus héroes olímpicos, comenzaron a padecer inconvenientes de toda índole, desde lo laboral y deportivo hasta lo personal.

Pero hubo más que eso.

El segundo en ese podio, el australiano Peter Norman, también tuvo su padecimiento de regreso a casa. Si bien no se lo sancionó en México -el no se sumó al asunto del guante-, las autoridades de su país detectaron que, al igual que sus compañeros de podio, él también llevaba en el pecho un parche identificatorio con el logo alusivo a la causa. “Fue en solidaridad con Smith y Carlos pero también en repudio a la política inmigratoria de la Australia blanca”.

Norman quedó sospechosamente fuera del equipo atlético de Munich 1972 y, según dicen, la invitación para participar de la apertura de Sydney 2000, a la que asistieron múltiples medallistas históricos de su país, debe haber tenido algún problema de correspondencia ya que nunca llegó a su poder.

A la vuelta de tanto jaleo, el mismísimo Carlos dejó una reflexión que cobra actualidad rabiosa.

“¿Por qué tenemos que usar el uniforme de nuestro país? ¿Por qué se tocan nuestros himnos? ¿Por qué tenemos que ganarle a los rusos (Entiéndase: tiempos de la Guerra Fría)? ¿Por qué los alemanes del Este tienen que ganarle a los del Oeste? ¿Dónde quedó el ideal olímpico del hombre contra el hombre?”

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