
En mayo de 1972, el tenista yugoslavo Nikki Pilic fue el nombre clave alrededor del cual se gestaría el, seguramente, mayor boicot de la historia del tenis profesional masculino.
Pilic, quien años más tarde representaría y hasta sería capitán del equipo nacional alemán, aviso a la Federación de su país -presidida curiosamente por un tío suyo- que, para el caso de que avanzara hasta las finales de un torneo del WCT (World Championship Tennis, circuito rico en premios y considerado marginal por la Federación Internacional de Tenis) no participaría de la serie de Copa Davis que Yugoslavia debía jugar en Nueva Zelanda. Pilic fue automáticamente sancionado por nueve meses en los que no podría participar en ninguna prueba fiscalizada por la ITF, lo que incluía los Grand Slams. Si bien la relativamente nueva ATP logró que esa sanción se redujera a sólo un mes, en ese periodo se jugaba ni más ni menos que el Torneo de Wimbledon.
Luego de largas e infructuosas negociaciones, se confirmó que más de 50 tenistas, incluyendo a 13 de los 16 mejores de la clasificación, se ausentarán del clásico del SW16 londinense.
Imaginemos un escenario similar diez años atrás y que falten a la cita principal jugadores de la magnitud de Federer, Nadal, Djokovic, Murray, Berdych, Del Potro y Wawrinka entre otros. Una catástrofe.
Desde los organizadores hasta la mismísima BBC imaginaron un golpe sin precedentes al prestigio del enorme torneo.

Lejos de ello, el público dio su veredicto: el de 1973 fue, hasta esa fecha, el de mayor venta de entradas en la historia del clásico. Casi que tanta difusión mediática del conflicto actuó como boomerang en contra del efecto buscado por la medida de fuerza.
Aquel episodio tan lejano fue quizás la muestra más elocuente de que nada ni nadie maneja la voluntad del espectador sea para llenar un estadio, sea para ser indiferente a la convocatoria. Son muchísimos los casos en los que las tribunas se llenan de fanáticos que solo piensan en quienes juegan y prescinden de los ausentes.
En ese sentido, habría que aceptar que la ausencia forzada por World Athletics de deportistas rusos y bielorrusos del Mundial que acaba de terminar en Budapest no influyó ni un poco en el interés de un público que colmó cada día la jornada de cierre en el estadio del National Athletic Centre.
Y no se trata de un asunto menor, ya no tanto por los bielorrusos sino por sus vecinos que históricamente han ocupado lugares de privilegio en el medallero de estos torneos y que le han regalado a este deporte muchos de los más notables fenómenos.
Ya hemos hablado sobre lo que considero solución injusta, cualquiera que ella sea: ignorar la gravedad de la invasión rusa a Ucrania o, cómo finalmente sucede, castigar indiscriminadamente a deportistas que, en muchos casos, son víctimas colaterales de la lamentable decisión de su jefe de Estado.
Sin cuestionar, al menos categóricamente, la decisión tomada -nada que se considere sin solución, como un conflicto bélico, puede tener una solución agradable- ni comparar perfiles de gobierno como una agresión semejante, me permito preguntarme si decisiones tan traumáticas no serían más fáciles de aceptar si se fuese igual de riguroso en los vínculos con todos los países cuyos gobiernos eventuales son cuestionados casi a diario en un planeta en crisis.
En ese sentido, más de uno se detendrá en los mundiales de Moscú (2013, Rusia), Beijing (China, 2015) y Doha (Qatar, 2019). Yo les propongo ir un poco más allá.
Probablemente, si fuéramos en profundidad y analizáramos con sutileza los fenómenos geopolíticos, caeríamos en la cuenta de que el mapa de naciones ajenas a cuestionamientos se reduciría dramáticamente.
A veces sí sería ideal separar al deporte de la política.
Siempre, sería sano evitar que sea el atleta la variable de ajuste que la dirigencia no encuentra en sus escritorios.
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