
Además de la cobertura audiovisual de la amplia mayoría de las competencias en vivo, highlights que se renuevan varias veces durante la jornada, producciones especiales y clips que convierten al deporte en manifestaciones artísticas, el Olympic Broadcasting System (OBS) genera para los distintos rightholders una serie de imágenes características de la ciudad sede de los Juegos Olímpicos, comúnmente definidas como beauty shots.
Para muchos de los que tuvimos la enorme fortuna de cubrir periodísticamente estas competencias, las posibilidades de conocer esas ciudades se reducen a tomar el hop-on hop-off unas horas antes de tomar el avión de regreso a casa. O conocer la Ópera House (Sydney), el Partenón (Atenas), Tiananmen (Beijing), Westminster (Londres), el Cristo Redentor (Río) o Shibuya (Tokyo) a través de esas imágenes televisivas en tiempo real.
En honor a esa mezcla entre tradición e innovación, París 2024 será la primera sede olímpica que nos permitirá disfrutar de todo su encanto desde la mismísima -y muy original- ceremonia de apertura.
Con el Sena como hilo conductor, nuestros atletas se convertirán por un rato en privilegiados clientes de varios Bateaux Mouches y nosotros, desde casa, confirmaremos que, si algo le agrega encanto a la encantadora capital francesa, es descubrir cuántos de sus iconos arquitectónicos -desde la Torre Eiffel hasta el Museo de Orsay- son disfrutables desde el río.

Nada demasiado distinto a lo que los franceses decidieron ofrecernos con muchas de las sedes de competencia. Porque así como para algunos que el tenis y el boxeo se disputen en Roland Garros puede ser una encantadora obviedad, gran parte de los otros 34 espacios reservados para las demás pruebas están llenos de historia y glamour. Desde Inválidos, La Concorde, el Grand Palais, el Hotel de Ville o Trocadero en el corazón de la ciudad hasta el Palacio de Versalles, base de las pruebas ecuestres, cada minuto de las dieciséis jornadas oficiales promete ser un tributo a Coubertin y la cuna ideológica del olimpismo moderno.
Sin embargo, no será la primera vez que en un mega acontecimiento deportivo se caiga en la tentación de poner la belleza de París en un plano de equivalencia con el acontecimiento deportivo.
Hace 25 años, la fiesta inaugural del Mundial de Fútbol también celebró a París de una manera sumamente particular.
Un día antes de que Brasil le ganara a Escocia el partido inaugural en el Stade de France, una ceremonia de más de cuatro horas de duración navegó entre la sofisticacion típica de la cultura francesa y la sensación final de no saber si habíamos atestiguado una genialidad o un despropósito.
El asunto fue así. Cuatro muñecos biónicos gigantes de más de 20 metros de altura representaron a África, Europa, Asia y América. Oceanía no tuvo referencia, quizás porque no tuvo país que la representara en el torneo.
Todos salieron de puntos equidistantes respecto de la Plaza de la Concorde donde miles de invitados esperábamos ya no la condena a María Antonieta -no es una broma de mal gusto sino una precisa referencia histórica- sino a nuestros muchachos (Romeo, Ho, Mouse y Pablo, sus nombres) que marchaban a paso inestable desde el Pont Neuf , el Arco de Triunfo o el Campo de Marte.
La producción fue un éxito televisivo: a quien no le gusta recorrer imaginariamente semejante ciudad. Más aún ansiosos por ver él comienzo de un mundial.
Sin embargo, la trama de la fiesta nos dejó un tanto perplejos aún a aquellos que, ante el desafío de tener que acompañar las imágenes con un relato más o menos explicativo, recibimos un minucioso instructivo un día antes del asunto.
No fue sólo la extensión de la fiesta. Ni el dudoso encanto de los muñecos. Tampoco la extraña aparición de pequeños hombrecitos plateados que practicaban una danza indescifrable. Lo realmente inverosímil fue que, después de semejante producción y ante una audiencia de cientos de millones en todo el planeta, nos enterásemos de que el guión había llegado a su fin cuando los extras se retiraron de la plaza y la tele sobre imprimía los títulos de cierre.
Difícilmente algo así pudiera sucederle a la próxima fiesta parisina. Pero, por si acaso a alguien se le ocurriera salirse del camino, no está de más ponernos en alerta.
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