
Las imágenes que, desde hace una semana, llegan desde distintas ciudades de Francia, con París como dramático epicentro, solo permiten imaginar caos y más caos. Demasiadas noches de conflicto callejero y la peligrosa aparición de grupos neofascistas decididos a neutralizar las protestas, y todo tipo de destrozo, a cargo de los miembros de los autodenominados Miserables y Black Block no nos ayudan a soñar con un escenario de demasiada armonía. Al menos en lo inmediato.
Quizás no sea armonía pero sí un cierto control del espacio público lo que pretende una ciudad sede y algo que necesitan los Juegos Olímpicos en sí.
A un año de París 2024, con destrozos en alguna sede deportiva en la capital y desmanes en Marsella, base de las pruebas de vela, parece hasta imprudente aspirar a que en esa misma tierra se realicen los primeros juegos abiertos al público post pandemia. No sería extraño que, pronto, aparezca algún comunicado al respecto del comité organizador o del IOC mismo. Tampoco sería extraño que ese comunicado tenga como objetivo bajar el nivel de preocupación y hablé de las lógicas garantías que asegura la capital francesa para un encuentro de semejante dimensión. Por cierto, si los inconvenientes siguieran su curso, antes que el IOC, debería ponerse en alerta World Rugby, cuyo campeonato mundial comenzará el 8 de septiembre próximo ni más ni menos que con el partido entre Francia y Nueva Zelanda. En el Stade de France. En St.Denis. Paris.
En todo caso, que todo fluya entonces sería una señal de tranquilidad para todo el olimpismo.

Un olimpismo que, como para equilibrar la balanza, debe celebrar el anuncio que la semana última hizo Simone Biles acerca de su regreso a las competencias con la inocultable intención de participar en Paris.
La más exitosa gimnasta de todos los tiempos rompería de tal manera con aquel estigma olímpico de que, así como los de Río fueron los últimos juegos con Usain Bolt y Michael Phelps, los de Tokio fuesen los últimos con Biles dejándonos de alguna manera huertanos de leyendas.
Más allá de que logre concretar su sueño parisino, el anuncio de la norteamericana debe retrotraernos a las dramáticas y polémicas jornadas de Tokio.
Dramáticas, porque no encuentro otra palabra para calificar ese momento en el que un fenómeno de semejante dimensión perdió control de su propio cuerpo y descubrió que su cuerpo no estaba en condiciones de responder al mandato de su intelecto.
Polémicas porque, apenas se conoció el retiro de Biles -sólo reapareció para conquistar la medalla de bronce en viga-, varios medios periodísticos, especialmente de su país, llegaron a acusarla de haber abandonado a sus compañeras de equipo.
Despropósito por partida doble ya que no solo hay que ser audaz e ingrato para dudar de compromiso de la gimnasta con sus compañeras y con su propia historia de feroz competidora sino que si bien su ausencia fue decisiva para que el equipo ruso dejara a las norteamericanas en segundo lugar de la competencia por equipos dos de sus compañeras, Sunisa Lee y Jade Carey lograron dos de las cinco doradas individuales puestas en juego. Subestimación a la capacidad de las gimnastas. Insulto a la nobleza deportiva de Biles.
Pero, además, en los días sucesivos, especulaciones periodísticas pusieron en duda si el problema de la atleta había sido físico o mental. De pronto, comenzamos a descubrir que aún a los genios del deporte les puede pasar que, por un instante o para siempre, dejen de poder hacer aquello que hicieron mejor que nadie durante gran parte de su vida.

Algunos ejemplos. Antes de ser el primero en ganar los cuatro Grand Slams desde los tiempos de Rod Laver, Andre Agassi fue un notable perdedor de grandes finales. Para ello cambió mucho más su cabeza que su juego. ¿Recuerdan el último match point a favor que tuvo Roger Federer en una final de Wimbledon? Fue ante Novak Djokovic. Y fue una doble falta.
¿Recuerdan la despedida del atletismo de Usain Bolt? Fue en la posta 4x100 del mundial de atletismo en Londres. Dueño del último relevo, terminó desgarrado en el suelo poco después de recibir el testimonio con su equipo relegado a un tercer puesto. Estuve en el estadio y nada me quito de la cabeza que la lesión del fenómeno jamaiquino puede haber tenido tanto que ver con sus músculos como con la desesperación por tener que recuperar un terreno impensado justamente en su última carrera.
Efectivamente, aunque nos parezca inverosímil, hasta los deportistas que más admiramos pueden padecer un momento de trauma.
Alguna vez, Jimmy Connors, uno de los tenistas más ganadores de la historia, dijo que todos los del alto rendimiento sufren la presión. La diferencia es que algunos la superan antes y mejor que otros.
Y algo más. Tal vez sea tiempo de dejar de diferenciar problemas físicos de problemas mentales, como si nuestra cabeza no formara parte de nuestro cuerpo.
Haciéndolo ayudaríamos a eliminar lo que, aún hoy, sigue siendo un tabú en muchas de nuestras sociedades, liberaríamos a los atletas de la necesidad de ocultar el conflicto como si se tratara de gente poseída por el demonio y nosotros, los periodistas, seríamos un poco más sabios. O menos ignorantes.
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