
“El ascensor tardó apenas unos segundos en subir cuatro pisos. Habíamos compartido aquel trayecto cientos de veces durante casi cuarenta años. Pero aquella mañana ocurrió algo que jamás habría imaginado. Miré a Mari de otra manera. Ella era la misma vecina de siempre. Yo ya no era el mismo hombre”, escribe desde España a Amores Reales un viudo que había descartado la posibilidad de volver a formar pareja. “Si me preguntan si tenía en mente volver a casarme lo hubiera negado rotundamente. Belén era la mujer de mi vida, y no concebía una vida con otra persona que no fuera ella”.
La historia que Juan decidió compartir comenzó hace 40 años, bajo la forma de amistad entre vecinos.
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“Yo tenía 37 años y estaba felizmente casado con Belén. Teníamos 4 hijos y nos mudamos a un edificio de viviendas del barrio madrileño de Carabanchel. Y hemos sido muy felices”, recordó. Junto a su esposa, disfrutaron de una etapa familiar plena más tarde atravesada por el síndrome del nido vacío, cuando sus hijos se fueron independizando y la hija menor decidió casarse. A partir de ese momento, la pareja entró en una nueva etapa, la del disfrute de tiempo compartido, de calidad e intimidad.

Pero esa etapa de despreocupación, de bienestar y proyectos de a dos, tuvo una corta duración, un quiebre abrupto, siempre inesperado. “Un diagnóstico fatal cambió el rumbo de nuestras vidas. Belén empezó con un Alzheimer que en 3 años supuso una pérdida de la cabeza. Durante diez años casi todo consistió en cuidar. Ya no podía conversar conmigo, pero seguía siendo mi mujer. Sufrí mucho ayudándola para que estuviera bien atendida, pero era un sufrimiento precioso que me confirmó la belleza del matrimonio y mi amor por ella. Conforme se acercaba el desenlace me fui concienciando de la soledad que me esperaba. Como creyente, entendí que Dios me ayudaría a superar el dolor de su pérdida y me acompañaría en esa soledad que se instalaría en mi vida”.
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Después de una década de cuidar a Belén, ella un día murió. Ocurrió hace dos años. Juan afirmó que la propia enfermedad lo fue preparando para el desenlace. Después del funeral y el entierro, entendió que iniciaba una nueva etapa de soledad, diferente a la que había conocido en el transcurso de la enfermedad de su esposa. De a poco, nuevas rutinas fueron llenando sus días. Paseaba por las calles de su barrio bajo el sol, hacía las compras en un supermercado, tomaba vermú en el bar de la esquina. También dedicaba su atención a los nietos. Disponía por primera vez del 100 por ciento de su tiempo para cuidarlos.
Pero esas nuevas rutinas se vieron interrumpidas nuevamente. “Algo me sacó de la paz que había encontrado”. Marisa.
Mari, como así la llamaban cariñosamente en el edificio, ya formaba parte de su vida. Vivía en el cuarto piso, había llegado al vecindario antes que él junto a su familia y, según él, fue una presencia constante y además, afectuosa con sus hijos, a quienes les hacía regalos de cumpleaños. Juan y su esposa la describían como una vecina encantadora. Soltera e hija única, se había dedicado a cuidar a sus padres quienes habían enfermado demasiado pronto. “Tenía 4 años menos que Belén, y siempre estuvo soltera. Aunque conoció a varios chicos en su juventud, nunca consiguió que ninguno prosperara”.
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Un encuentro en el ascensor que lo cambió todo
El padre de Marisa fue el último en fallecer, y lo hizo algo más de 6 meses antes que Belén. Ambos que sabían lo que era darlo todo por otros seres queridos, después de mucho tiempo, volvían a tener tiempo para sí mismos.
“Un día coincidimos en el ascensor Marisa y yo. Ella me saludó como lo había hecho durante estos casi 40 años compartiendo vecindario. Sin embargo, me sobresalté ante su voz. Me resultó cálida y amable como nunca lo había sentido. Me quedé mirándola despacio y entonces, nuevamente, noté un impulso que me resultaba familiar. 40 años estando a su lado y ahora tenía que robarme el corazón. Me negué a aceptarlo. Subí a casa deshecho. Por momentos, volvía con el pensamiento a la escena del ascensor y no recuerdo de qué hablamos: solo recuerdo sus ojos clavados en mí y sonriendo de un modo nuevo. Estaba enamorado de Mari, esa vecina que nos conoce perfectamente. Aquella noche no dormí, el corazón se me iba a ella y latía fuertemente”, relató el viudo.
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Los días que le siguieron continuó inesperadamente alterado ante su presencia. El corazón se le aceleraba y el deseo por estar con ella era incontrolable. “Cada segundo se convertía en una hora, y tenía que disimular mucho mi agrado con su presencia”, admitió.
Dos semanas después de mirar a su vecina por primera vez con otros ojos, no aguantó más y resuelto subió un piso y llamó a su puerta. “Cuando me abrió la puerta se encendió su rostro al verme, como quien se agrada de estar delante de alguien a quien ama. No hizo falta hablar mucho: la invité a cenar en mi casa esa noche y aceptó. Nos despedimos con un primer beso prolongado. Su mirada al cerrar la puerta me hizo entender que habíamos dejado de ser simplemente vecinos”.
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Juan preparó esa noche una cena especial iluminada por las velas, pensada hasta el último detalle. “Estaba perdidamente enamorado de ella y quería agasajarla con una cena romántica. Fue perfecto: nos reímos, besamos, abrazamos... La cena empezó a las nueve y cuando miramos el reloj eran casi las dos de la madrugada”.
En ese primer encuentro ella reconoció que había captado esa mirada distinta en el ascensor. La tenía grabada en su memoria. “Con su buena intuición, indagó para ver si era así provocando encuentros “fortuitos” en los que ella logró conectar fuertemente conmigo”, confesó.
En su casa o en la de ella, los encuentros se volvieron cada vez más frecuentes y de una urgencia creciente. Al mismo tiempo llegaban las excusas para la familia de él porque ya no podía ser el abuelo disponible a tiempo completo. “Los detalles de cariño iban en los dos sentidos, parece como si supiéramos cada uno los gustos del otro. Crecimos muy rápido en la relación”.
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Los hijos de Juan no tardaron en sospechar que algo pasaba. A su vez, él se preguntaba cuál sería la reacción de ellos cuando se enteraran de que “estaba locamente enamorado de Marisa, la vecina de arriba que tanto los había querido. ¿Lo entenderían?”

“Como dije al principio, somos una familia creyente. Al primero que fui fue a Joaquín, mi hijo sacerdote. No quería dar un paso en falso que supusiera alejarme de Dios. Me escuchó en silencio. Le conté todo con sinceridad que desde hacía un mes no podía pensar en otra cosa que no fuera ella. Incluso cuando rezaba o iba a misa, era incapaz de hablar a Dios sin que saliera Marisa.
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Cuando terminé de hablar, Joaquín sonrió de forma notoria y me preguntó:
—Papá, ¿eres feliz cuando estás con ella?
—Sí.
—Entonces deja de tener miedo. Llevas 10 años desviviéndote por mamá, ahora te toca dejarte querer. Creo que Dios también puede regalar una segunda oportunidad.
El hombre presentó luego su nueva relación con Mari al resto de sus hijos en una comida familiar en casa. El anuncio, según su relato, fue recibido con “aplausos, besos y abrazos”. Para él, esa reacción confirmó que la nueva pareja no era entendida como una ruptura con el pasado, sino como una continuidad distinta de la vida familiar. Como familia creyente, entendieron que todo estaba planeado por “Alguien”.
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Redescubrir el amor
Juan explicó que transitar 10 años de Alzheimer lo habían ayudado a entender su matrimonio como entrega… pero que había sido muy duro dejar de recibir amor y cariño.
“Desde que empecé la relación con Marisa, descubrí nuevamente la preciosidad del matrimonio como un dar y recibir. Es verdad que el amor que nos tenemos Mari y yo no se expresa como en la etapa de juventud, pero esa soledad que llevaba interiorizando desde antes del fallecimiento de Belén había desaparecido. Y los momentos de intimidad que íbamos teniendo eran preciosos”.
Dijo también que con su nueva pareja tiene una discusión, que es recordarle que no es su padre sino su marido. “Mi tarea ahora es enseñarle a recibir amor a quien siempre ha dado. Que me tiene que dejar hacer, que se tiene que dejar querer. La vida había preparado nuestros corazones por caminos muy distintos. Ella había cuidado a sus padres durante décadas. Yo había cuidado a Belén hasta el final. Ninguno imaginaba que, cuando ambas historias terminaran, empezaría una nueva”.
La boda fue muy especial y él dejó que fuera ella quien se ocupara de cada detalle. “Yo ya había pasado por ese día de fiesta y quería que ella fuera la que lo decidiera todo: era su día. Después de una misa entrañable celebrada por mi hijo Joaquín, celebramos un banquete sencillo con la familia cercana. Globos, payasos, golosinas... Queríamos que fuera una fiesta familiar, pensando en todos los nietos más que en nosotros. Quién me iba a decir que el amor de esta segunda etapa de mi vida me estaba esperando en el piso de arriba”, reflexionó.

Por las noches, muchas veces se pregunta “¿Dónde queda Belén en todo esto?" Y alguna vez lloró en soledad. Su hija Elena lo ayudó a elaborar esta situación. “Me dijo que ella desde el cielo es feliz comprobando el gran corazón que tengo, y que solo viviendo a fondo este amor noble ahora la haré feliz en el Cielo como a Marisa en la tierra. Ahora, cuando Mari y yo atravesamos juntos la puerta del edificio tomados de la mano, los vecinos sonríen. Muchos nos dicen que parecemos dos adolescentes. Yo también lo creo. Solo que, a diferencia de cuando tenía veinte años, ahora sé exactamente lo que significa amar para siempre”, concluyó.
*Escribinos y contanos tu historia. amoresreales@infobae.com
* Amores Reales es una serie de historias verdaderas, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres de los protagonistas serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas
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