
Estaban en misa, como todos los miércoles, con una excepción: la familia de su compañera de clase, Malena, estaba de visita. Habían asistido con sus seis hijos, incluido Pablo, el hermano mayor de 13 años. La ceremonia de ese día sería en memoria de su abuelo que acababa de morir.
Como en todo colegio de mujeres de la época, que aparecieran varones desataba una revolución. No había llegado todavía la época de los colegios mixtos generalizados y las presencias masculinas generaban murmullos entre el alumnado.
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Para Rosalía (11) la muerte del abuelo había sido providencial porque había traído al chico que le gustaba a su colegio. Cada vez que la invitaban a la casa de Malena, moría por verlo, porque estaba ahí. El corazón le latía de manera extraña. Él era muy rubio, de ojos transparentes, no hablaba mucho y sonreía. Asistía a un colegio de la misma congregación pero que estaba a cuadras de distancia y era un excelente alumno, según contaban todos en la familia. Parado, inmóvil, con saco azul y corbata y mirando al frente, “con la seriedad que correspondía por el momento”, recuerda Rosalía.
Lamentablemente ese día Rosalía no se sentía nada bien. No pudo disfrutar como hubiese querido de verlo y, quizá, saludarlo con un beso. “Un rato antes había ido al baño y había descubierto horrorizada que me había venido. No sabía bien cómo resolverlo. Era mi primera menstruación y me dolía un montón la panza. Tenía la sensación de estar sucia”, rememora.
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Rosalía estaba con sus hormonas alteradas. A pesar de eso, nunca olvidó esa misa, esa mañana, las miradas que cruzaron, el dolor de ovarios ni las dos cartas que más tarde intercambiaron. Dos papeles doblados en cuatro que viajaban de una mochila al bolsillo del delantal de Malena y luego al propio y viceversa.
La letra de Pablo es redonda y perfecta diciéndole que le gustaba. Declarando su interés. Eran cinco líneas que alimentaron ese amor de infancia.
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Rosalía la tiene guardada hasta hoy.
En el medio les ocurrió algo que llamamos vida.
Noticias cada tanto
Las familias de Malena y de Pablo tomaron decisiones distintas. Malena se mudó de barrio al terminar el primer año del secundario. Pablo cambió de colegio de varones a uno más lejano en cuarto año.
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Ella estudió arquitectura. Él, economía. Ella se puso de novia con un chico que hacía música y pretendía vivir de su vocación. Él tenía una contadora que tenía un trabajo importante. Ella tuvo dos hijas. Él, bastante después que ella, un varón. Ella se mudó a Brasil siguiendo la vocación de su marido cantante y baterista y dejó su estudio, temporalmente, en manos de una amiga arquitecta. Él partió con su familia a Madrid para trabajar en un banco con un puesto.

Durante más de treinta años se vieron solo dos veces. Una fue para el casamiento de Malena, quien tenía 27 años, al que cada uno concurrió con su pareja. Diez años después, Rosalía ya había cumplido 37 años, se toparon en el entierro de quien podría haber sido su suegro: el padre de Malena y Pablo. Las dos veces pasó lo mismo: pegaron onda. Charlaron mucho del pasado, contaron sus vidas y sinsabores. Malena se animó a revelarle que se estaba divorciando y estaba angustiada. Hacía tiempo que había recuperado su estudio de arquitectura porque sentía que había postergado su carrera y que la vida nómade que le encantaba su próximamente ex no daba para más. Pablo tampoco estaba demasiado bien. Ya habían vuelto con su familia de Madrid porque extrañaban la vida en Argentina, pero el aterrizaje había dañado la relación. “Quizá, le explicó él a Rosalía, estuviera dañada de antes pero no habíamos podido verlo porque allá estábamos bastante solos y con mil cosas y sin nada de ayuda a pesar del buen sueldo. No teníamos familia a nuestro alrededor y algunos pocos amigos”.
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No se animaron a más. Ni siquiera a ir a tomar un café. Solo intercambiaron teléfonos. Por las dudas. “Por si necesitás algo”, dijeron a la vez. Los dos reconocen hoy que sentían algo más que curiosidad. Y Rosalía agrega que le había vuelto a latir el corazón como a los 11 años en aquella misa.

Tercer reencuentro a los 40
Los años volaron. Tres años después la vida volvió a ponerlos a uno frente a otro en el cumpleaños de 40 de Malena. Iba a ser una fiesta nostalgiosa. Todo el pasado estaba invitado.
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“Ya los dos estábamos divorciados. Yo salía cada tanto con un tipo que no me cerraba del todo porque era fóbico y malhumorado. Él picoteaba por ahí o por allá según me contó después. Éramos dos almas tristes porque se nos había terminado la idea de la familia perfecta. Los hijos eran más grandes y nosotros un poco solos”.
Ese cumpleaños fue el día del comienzo del romance real entre Rosalía y Pablo.
No se despegaron en toda la noche. Animaron la fiesta y bailaron como nunca lo habían hecho.

“La fiesta fue en un club de Belgrano. Con dj, banda musical, mago y cotillón… espectacular. Me produje como nunca. De hecho hasta creo que esta última semana antes del cumpleaños tomé cama solar e hice un poco de dieta. Quería que me viera como nunca. Creo que lo impacté. Él estaba como siempre con su sonrisa instalada y su amabilidad tranquila. Se acercó, me saludó como si fuese su propia hermana. Me dio un abrazo y nos sentamos por ahí a conversar. No paramos. La gente desapareció para nosotros. A partir de esa madrugada fuimos novios. No lo dijimos, pero fue obvio que lo sentimos. Al día siguiente me llamó a la tarde para vernos y al volver nos besamos en su auto. Jajaja treinta años después de la misa ahora me chapaba el hermano mayor de mi amiga. Fue genial. Creo que unos días después tuvimos relaciones en su depto de separado y nunca más nos separamos. Después de dos años de estar juntos nos mudamos hace poco a mi casa y él dejó su departamento alquilado. Nuestras familias se pusieron muy contentas de que estuviéramos juntos. Los dos éramos gente conocida para ellas. No hubo ruido, no existió conflicto alguno entre nuestros hijos. No había de por medio infidelidades ni peleas graves y, además, nuestros ex por suerte ya estaban saliendo con alguien y rehaciendo sus vidas. Todo fue tan perfecto que parece mentira. Podemos encontrarnos con los ex por temas de nuestros hijos y no pasa nada. ¡Civilizados como noruegos! repito siempre riéndome. Por todo esto me gusta contar nuestra historia porque no arrastra llantos de otras ni complicaciones, fue una simple división de caminos que, una vez superada la primera etapa dolorosa, recorrimos con la mayor felicidad”.
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Elecciones inteligentes con cabeza y corazón
Malena analiza desde su perspectiva: “El pasado te une. Mucho más de lo que uno cree. Yo había conocido su infancia, su casa de chicos, a sus padres. Él si bien no venía a mi casa, conocía a mis padres. No éramos dos extraños de mundos distintos. Era un poco como volver a tu patria. Suena romanticismo tonto, pero es así: tu tierra, tu pasado, tus recuerdos, los olores, tu barrio, tu colegio, las anécdotas. Compartir un pasado común ¡une tanto! No hay mucho que explicar. Volvimos al primer amor distintos, pero siendo básicamente los mismos. Y así estamos hoy bajo el mismo techo, con familias ensambladas e intentando convertir en realidad el sueño infantil pero con mirada adulta. Hay una frase de los estoicos que dice: ama a las personas con las que el destino te une, pero hazlo con todo tu corazón. La tenemos impresa y pegada en la heladera. Hoy por hoy somos totalmente felices, no perfectos, pero felices. Tenemos enojos tontos, pero por sobre todo somos dueños de la alegría, las risas y la complicidad. El amor está también en la imperfección. Nunca me sentí más entendida y más acompañada que con Pablo. Lo elegiría una y otra vez. Pero ojo, siempre a esta misma edad en la que comenzamos a recorrer nuestra historia. Antes no hubiéramos estado preparados. Eso creo. Además, están nuestros hijos, que solo pueden existir gracias a nuestros pasados respectivos. Somos unos convencidos de que para vivir el hoy, hay que haber atravesado nuestro ayer”.

*Escribinos y contanos tu historia. amoresreales@infobae.com
* Amores Reales es una serie de historias verdaderas, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres de los protagonistas serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas
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