
“¿Sabés qué? Te voy a matar a vos y voy a matar a los chicos”, se la había jurado el marido a Nelly. Ella se había acostumbrado tanto a vivir bajo el mismo techo con ese hombre, dice, que no veía nada.
“¿Viste cómo es el problema cuando sufrís? Te quedás ahí. No lo ves. Nueve años estuve”. Pero un día, por fin, Nelly logró correr el velo del sometimiento. Y vió.
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El principio del fin
El trabajo dignifica y -un poco por necesidad, otro por aburrimiento pero sobre todo como vía de escape a lo que soportaba en silencio en su casa-, la veinteañera Nelly consiguió su primer empleo en OSE (Obras Sanitarias del Estado de Uruguay) como limpiadora. La mujer no tenía la escuela terminada por lo cual, pensaba, “no puedo aspirar a más”, de todos modos el objetivo principal estaba cubierto: encontrar un recreo a su vida.
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Nelly Ravera nació un 23 abril de 1948 en Costa del Tala, plena campaña uruguaya, donde pasó su infancia junto a sus padres y sus cuatro hermanos. A los 18 años se casó con su novio pero las cosas no fueron como la joven esperaba. “Sufrí mucho. Y luego del nacimiento de mi segunda hija se agudizaron más los problemas de pareja”, cuenta Nelly. El matrimonio había tenido a su primer hijo Fernando a los 10 meses de la boda, y a Joselin, la segunda, siete años más tarde.

Gracias a su dedicación, Nelly fue ascendiendo de puestos en su trabajo y, de fregar los pisos, ahora ya atendía los teléfonos. Hacía cuatro años cumplía sus tareas en OSE según lo que le iban asignando, hasta que un día “alguien” la pidió para que sea su secretaria, noticia que tomó con alegría y orgullo, “acepté enseguida, me sentí importante de que alguien me vea para ocupar ese lugar”. Ese alguien tenía nombre y apellido: Heber Nelson De Souza, el secretario del gerente, ni más ni menos.
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Heber, un uruguayo bonachón, nacido el 22 de junio de 1933 en la ciudad de Artigas, había entrado en OSE a sus 23 años, como obrero. Enseguida sus habilidades y buen trato lo llevaron a ocupar puestos administrativos y, finalmente, uno de los sitios más aspirados por todos: secretario del gerente general, en criollo, ser el número dos de la oficina.
El hombre se había casado a los 22 años y nunca había tenido hijos con la que era su mujer. “Yo siempre había querido tener hijos pero mi señora no podía. Llevábamos 20 años de casados pero era un matrimonio muy solitario. Siempre andaba solo, no teníamos relación. Y el aburrimiento que sentía me hizo salir a buscar…”
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Entonces, como el que busca encuentra, a sus 42 años Heber le puso el ojo a una escultural chica 15 años menor que él. “Ella era telefonista y siempre la miraba. Me gustaba, era muy bonita, ¡y es muy bonita! Pero no me registraba. Entonces insistí e insistí y me la traje a trabajar a secretaría”.
Así empezó el cortejo de Heber hacia Nelly. “Era tooodos los días”, cuentan sonrientes al unísono, “pero no tenía resultado”. El hombre pasaba, le ofrecía unas palabras amables y seguía su camino sin ningún punto a su favor.
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La realidad es que Nelly vivía en una pesadilla, y todos en la oficina sabían la situación que atravesaba. “Heber también lo sabía porque se comentaba. Para mí, lamentablemente, ya era como una costumbre, estuve así de la muerte y no me daba cuenta, nunca lo pensé”, se sincera ella haciendo un gesto con los dedos índice y pulgar, de como cuando uno quiere medir un centímetro.
Además de los malos tratos, su marido la engañaba. “Era mujeriego, tenía varias mujeres; mi mejor amiga, una empleada de mi casa, no tenía respeto por nada”, y Nelly en su desesperación hacía lo que podía: “Claro que me daba cuenta pero me hacía la que no sabía nada”.
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Nelly venía de un mundo más oscuro que la noche, “y yo vine a despejarle un poco el panorama”, dice Heber que, sin dudas, era el único velador que se encendía en sus días negros. De todos modos, ella no registraba en lo más mínimo al que pronto pasaría a ser su jefe directo; sólo lo tenía visto de cruzarlo en los pasillos, “me parecía horrible”, remata y repite enfatizando la última palabra, “horrible”. Pero todos conocían al bueno de Heber que hacía 20 años trabajaba para la compañía. “Él me hizo la de Drexler: remó, remó y remó, así durante un mes. Y bueno, quizá mi falta de tener a alguien que me trate bien hizo que lograra salir con Heber”.

La primera cita fue el 5 de enero de 1975. Heber tenía 42 y Nelly 27. Se olvidaron de su estado civil y fueron a cenar a “El papagayo”, un conocido restaurante en pleno centro de Montevideo. Ya poco les importaba el qué dirán. “Esa salida fue maravillosa. Para mí ahí se me terminó el mundo, sentí que hubo un hombre que me trató diferente”, se quiebra Nelly y entre lágrimas pide disculpas por su emoción. “Enseguida dije ‘me quiero separar’, y nadie lo podía entender”. La película de terror en la que vivía hacía décadas había sido tal que, de pronto, sintió un renacer inmediato.
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Los dos infelizmente casados casi sin querer habían encontrado un refugio de esperanza en su oficina, y en los brazos del otro. “Desde el primer día yo dije ‘qué me pasó, qué es esto, cómo me enamoré’ porque sentí que me enamoré. Y en la segunda salida le dije a Heber, ‘no sé en qué mundo me metí pero no puedo seguir’. Yo no era una mujer que me gustara traicionar a nadie, y me parecía que hasta a mis hijos estaba traicionando”. Entonces enseguida decidió separarse y así meterse en ese mundo el cual nadie comprendía. “En aquella época el maltrato no era tan grave, entonces ni mi hermana me entendía al principio. Me decían que tenía que aguantar por mis hijos. A mí no me importó, y dije: ‘yo me separo, qué él haga lo que quiera’”.
A los dos meses de la primera cena en “El papagayo”, Nelly citó a su jefe fuera de OSE y le dijo:
-Mirá, yo me separé, tú hacé lo que quieras. No es para que te cases conmigo es que no quiero seguir así y lamentablemente me estoy enamorando de vos.
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-Yo también me enamoré de vos pero mi situación es difícil -respondió Heber, pensando en su pareja actual que era mayor que él.

Tal como lo había anunciado, Nelly le dijo a su marido que se quería separar. “No le dije que me había enamorado de otro hombre; le dije que no lo quería más”. Por fin logró que el marido dejara la casa, la cual, increíblemente, era ella quien pagaba el alquiler. Y, a los seis meses, Heber cumplió su parte y se fue a vivir con ella, “fue todo muy rápido”.
“Él era mi jefe; yo una oficinista más, casada con dos hijos. Él casado sin problemas ni hijos. Nos enamoramos con locura. Yo 27 años; él 42, sentí mucho desprecio de su familia al ser yo una mujer joven y con hijos, pero la luchamos…”
Los comentarios malintencionados no tardaron en llegar; su entorno celoso pensaba que Heber la estaba viviendo o que todo lo que ocurría eran falsas ilusiones de Nelly. “Mi hermana mayor Irma, que es como una madre para mí, lo citó y le dijo de todo”.
-Usted no se da cuenta que ella es una niña, está haciendo todo mal, ni siquiera piensa.
El amor fue más fuerte
Nada ni nadie hizo que Heber y Nelly se separen. En los comienzos todo fue duro para ella pero en comparación con el sufrimiento que venía soportando, el desprecio de su suegra le hacía cosquillas. “Vos no te das cuenta que dejaste sola a una mujer que hacía 22 años que estaba con él”; “hiciste que él la dejara”; “sos una egoísta”; eran algunos de los comentarios que tenía que escuchar de parte de su nueva familia. Pero Nelly había encontrado por fin el amor y estaba decidida a empezar a escribir su verdadera historia feliz, en la cual sólo cabían intenciones positivas.
Así fue que enseguida quedó embarazada y, al año, con Heber tuvieron a su primera hija juntos: Maria Eloisa, un bebé que terminó de unir a la familia y hacer que acepten a Nelly.

Señales de alarma
“Quiero decirle algo a las chicas que puedan estar viviendo una situación parecida a la que me pasaba a mí. Yo nunca en mi vida pensé que me podían suceder cosas malas, tanto es así que el día que le dije a mi ex marido que lo dejaba por un hombre que no es pintón -mi ex era muy buen mozo-, al que amo y que me conquistó con su bondad, él me dijo: ‘¿Sabés qué? Te voy a matar a vos y voy a matar a los chicos’. Y no le creí, ¡no le creí! Recién ahora que veo tanto desastre entiendo que podría haberlo hecho. Y me parece importante decirlo porque hay gente que no cree que eso suceda”.
“Los voy a jorobar hasta el día que me muera”, había sentenciado el marido en algún momento. Y, cumpliendo con su palabra, se terminó suicidando la Nochebuena de 1996.
Para ese tiempo Nelly ya había conformado una familia feliz con Heber, junto a sus hijos Fernando, Joselin y María Eloísa. “Mis hijos lo aceptaron enseguida como un padre. Mis nietos no conocen a otro abuelo que no sea Heber”.
“Tuve una satisfacción muy grande cuando se casó Joselin -la hija de Nelly con su primer matrimonio- porque cuando estaba pronta para entrar de novia al altar me dijo ‘quiero entrar contigo’”, recuerda emocionado Heber que se lo pidió aún teniendo a su padre vivo.
Diez años más tarde de la primera cena en “El papagayo”, un 9 de diciembre, se casaron. Hoy, hace 47 años que viven juntos en Buceo, un tranquilo barrio de Montevideo, junto a su hermosa familia. “Él me cambió la vida, es el hombre de mi vida y lo será para toda mi vida porque ha sido un ser maravilloso. Con mis hijos, conmigo, con mis nietos. ¿Sabés lo que es no tener para decir absolutamente nada malo de él? Lo quiere todo el mundo”, y se vuelve a quebrar.
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