El dictador Nicolás Maduro y Juan Guaidó, presidente interino de Venezuela. Las negociaciones en Noruega todavía no dieron resultado (Edición fotográfica Ariel Grieco)
El dictador Nicolás Maduro y Juan Guaidó, presidente interino de Venezuela. Las negociaciones en Noruega todavía no dieron resultado (Edición fotográfica Ariel Grieco)

Nicolás Maduro no ganó demasiado tiempo esta vez. Tan sólo un poco. Noruega únicamente le sirvió para gerenciar un engaño que quedó a mitad de camino: quiso mostrarse frente al mundo como una persona racional, dispuesta al diálogo. Democrático. Sin embargo, los delegados del presidente interino Juan Guaidó que se acercaron a la mesa propuesta por el país europeo fueron inflexibles en uno de los puntos que -sospechaban- la dictadura no aceptaría: la salida del Palacio de Miraflores del esotérico patrón que dice conversar con pájaros.

¿Cómo aceptar una negociación o salida electoral con el responsable de la violación sistemática de derechos humanos en Venezuela aún en el poder? Ningún pastor con algo criterio aceptaría que el lobo cuide al rebaño. El canciller chavista Jorge Arreaza, el ministro de la Comunicación Jorge Rodríguez y el gobernador de Miranda, Héctor Rodríguez se presentaron inflexibles y defendieron la permanencia en la cúspide de la pirámide de su capo político. Avisaron que el jefe debía formar parte del proceso eleccionario y, llegado el caso… ¿poder ser candidato?

La sospecha que flota en el aire de Oslo es si esos tres chavistas designados poseían alguna cuota -al menos ínfima- de autonomía. Es decir, si tenían algún poder de decisión y negociación frente a los hombres de Guaidó. A simple vista no parecerían ser los más idóneos para actuar con plena libertad ante sus interlocutores. ¿Por qué no volaron dignatarios más representativos a la capital nórdica? Quizás, eso hubiera demostrado verdadera vocación de diálogo.

Como repite una y otra vez Guaidó, no hay salida electoral posible si el chavismo continúa con el control formal del gobierno. Por más que se ofrezcan como auditores las Naciones Unidas (ONU) o el Vaticano, el sufragio estaría viciado de sospechas. ¿Qué legitimidad tendría, además, unos comicios con millones de venezolanos exiliados por el mundo con pocas posibilidades de votar? ¿Permitirán los jerarcas del régimen que las urnas se coloquen y el conteo de votos se realice en un consulado diferente al de su nación en diferentes países? Una parte y la otra denunciarán "¡fraude!" al conocerse los resultados iniciales.

La salida del dictador es imprescindible para el rearmado de las estructuras democráticas del país.

Pero ante la encerrona oficial, las conversaciones llegaron a un punto muerto. La mesa se disolvió. ¿Por ahora? La diplomacia noruega es optimista en que vuelvan a sentarse los enviados de ambas partes. A pesar de esos deseos no habrá avances si la primera condición no es revisada y aceptada en Caracas y en La Habana. Recorrer nuevamente los 8300 kilómetros que separan una capital de la otra sería una pérdida de tiempo y de recursos.

Maduro fue drástico y terminante al llamar "golpistas" a quienes buscan su salida de la sede gubernamental para comenzar a diagramar nuevos pasos en busca de la democratización de la nación.

Antes de su retorno a la capital, dos de los delegados del presidente encargado hicieron una escala eclesiástica: el jueves visitaron San PedroStalin González, vicepresidente segundo de la Asamblea Nacional y Fernando Martínez Mottola fueron recibidos por el cardenal Pietro Parolin. El secretario de Estado vaticano es el mismo que había llevado adelante el frustrado diálogo de 2016 y al que Diosdado Cabello fustigó por una carta en la que el funcionario de la Iglesia pedía "elecciones libres". También es quien recibió en la amurallada ciudad ocho días atrás a Elliot Abrams, el diplomático de los Estados Unidos que monitorea la crisis en la nación latinoamericana. Algo está gestándose en el corazón de Roma.

En tanto, la oposición comienza a agitar nuevamente el temido fantasma que asusta por igual a Miraflores y sus aliados. El pedido por parte de la Asamblea Nacional de la urgente implementación del artículo 187 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela. En su inciso 11 el mismo señala que corresponde a ese órgano "autorizar el empleo de misiones militares venezolanas en el exterior o extranjeras en el país".

Por ahora, el chavismo no cuenta con los votos para repeler esa embestida. En este ámbito, corre contra reloj y se preocupa por acelerar los tiempos. En principio, secuestra y encierra a diputados para debilitar esa posibilidad ante el parlamento. El cinismo es absoluto: ejecuta las detenciones ilegales mientras pretende mostrarse dialogante en Noruega. Pero no sólo eso. Maduro también azuzó con una nueva elección para renovar las bancas que le resultan rebeldes. Primará otra vez el fraude. Sería el final para el último eslabón con legitimidad democrática en el país.

En los últimos días, el régimen caraqueño expuso que está dispuesto a todo. Lejos de suavizar su narrativa e intentar pacificar el territorio, exhibió con pompa nuevo armamento. Algunos tan estrafalarios como amenazantes; otros un poco más sofisticados, fabricados y vendidos por Rusia, uno de sus pocos aliados. El interés de Moscú en sostener al chavismo tiene dos vencimientos: hasta que tenga la posibilidad de sustraer petróleo y minerales de su tierra; hasta que pueda negociar favorablemente algo muy lejano a América Latina. En Europa. La mira del Kremlin está sobre todo en Ucrania y en el megagasoducto Nord Stream 2.

Entre los jerarcas venezolanos y sus testaferros hay preocupación. O debería haberla. Sobre todo de aquellos que no abandonaron al bando gobernante cuando estuvieron a tiempo. Son funcionarios de primera línea, pero sobre todo militares y empresarios. Esta semana podría haber novedades desde los Estados Unidos. El por ahora ministro del Poder Popular para la Defensa, general Vladimir Padrino López y el presidente del Tribunal Supremo de JusticiaMaikel José Moreno Pérez quizás no estén durmiendo de corrido. Igual insomnio padecería un importante gobernador cuyos frontmen caerían de un momento a otro bajo las leyes de Florida. También un financista que pretendió sin éxito cambiar de equipo cuando era demasiado tarde.

Para peor: 800 presos políticos siguen bajo custodia estatal. No hubo noticias sobre ellos en Oslo. ¿Alguien los recordó? Al parecer, ni siquiera fueron ofrecidos como moneda de cambio por parte de la Dictadura del Siglo XXI. Todos permanecen detenidos de forma ilegítima sin permitirles siquiera el derecho básico de entrevistarse con sus abogados, incomunicados y sin contacto con familiares

Esta semana sólo se conoció que uno de los símbolos de esos cautiverios, el diputado de Voluntad Popular Gilber Caro, fue confinado a purgar el pecado de ser opositor en El Helicoide, la tenebrosa sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin) en la capital. Para el jueves estaba pautada una audiencia con el juez que entiende en su causa. Sin embargo, fue suspendida. Sus derechos y su futuro siguen siendo atropellados. Como el de millones de venezolanos.

Twitter: @TotiPI

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