(Foto: Carlos Villalon/Bloomberg)
(Foto: Carlos Villalon/Bloomberg)

Viajan hasta 8.000 kilómetros –a pie– para huir de la miseria provocada por el régimen de Nicolás Maduro.

Los llaman "los caminantes", venezolanos tan pobres y tan desesperados por huir de la crisis humanitaria en su país que parten a pie hacia los países cercanos en busca de trabajo. Su viaje puede llevarlos solo hasta Cúcuta, la ciudad colombiana justo al otro lado de la frontera, o hasta Buenos Aires, a unos 8.000 kilómetros de Caracas.

Luis lleva a la hija de Héctor, Lucianny, por las calles de la ciudad colombiana de Pamplona. El primo de Richard, Antony, los sigue (Fotógrafo: Carlos Villalon / Bloomberg)
Luis lleva a la hija de Héctor, Lucianny, por las calles de la ciudad colombiana de Pamplona. El primo de Richard, Antony, los sigue (Fotógrafo: Carlos Villalon / Bloomberg)

Y aunque la mayoría de ellos consigue aventones durante partes del trayecto, no tendrán más opción que caminar por horas, y en ocasiones días, sin parar, en lo que pueden ser condiciones brutales: el crudo frío de los Andes y el abrasador calor de la sabana tropical. Uno solo de los puntos temidos, el Páramo de Berlín –un altiplano de unos 3.200 metros atravesado por vientos helados–, ha cobrado varias vidas, según algunas versiones.

Mientras Nicolás Maduro, el autócrata líder de Venezuela, obstaculiza los esfuerzos internacionales por sofocar su gobierno y sacarlo del poder, una cosa está clara: más y más personas decidirán salir caminando del país. En total, se espera que 2 millones migren en 2019. Pasamos un par de días con un grupo. Esta es su historia.

Luis está en el fondo, mostrando su pulgar hacia arriba. Su mano está en el hombro de Héctor. La esposa de Héctor, Gualesca, sostiene al bebé con un gorro blanco. Richard está inmediatamente a su derecha (Fotógrafo: Carlos Villalon / Bloomberg)
Luis está en el fondo, mostrando su pulgar hacia arriba. Su mano está en el hombro de Héctor. La esposa de Héctor, Gualesca, sostiene al bebé con un gorro blanco. Richard está inmediatamente a su derecha (Fotógrafo: Carlos Villalon / Bloomberg)

Febrero, 25, 12:00 p. m.

Cuando se viaja por días enteros en la parte de atrás de un camión o a pie, la higiene es un desafío constante. Cualquier fuente de agua es una bañera en potencia. A apenas minutos de haber divisado al grupo –un clan de 17 hombres y mujeres jóvenes y niños reunidos poco antes de cruzar la frontera– todos se dirigieron a un río cercano para bañarse, cepillarse los dientes y lavar su ropa.

Estaban a 10 horas (caminando) de la frontera venezolana, en las afueras de un pequeño pueblo colombiano llamado La Donjuana. Primero fue el turno de los hombres. El sol brillaba y calentaba, y el agua estaba fría, así que se quedaron por un rato mientras charlaban. Luis, Richard y Héctor se convirtieron rápidamente en los líderes del grupo. Cuando estuvieron secos y vestidos, regresaron al pequeño refugio en el que habían estado descansando, y entonces fue el turno para la esposa de Héctor –Gualesca– y las demás mujeres.

Febrero, 26, 7:30 a. m.

Descansados y con la barriga llena por primera vez en días, el grupo estaba listo para partir hacia uno de los puntos más difíciles del paso por Colombia: a través del Páramo de Berlín. A principios del día había muchas sonrisas. No durarían mucho.

El grupo se había encontrado días antes en una parada de bus en Barinas, una ciudad sofocante, bañada por el sol, a varios cientos de kilómetros de la frontera con Colombia. Cuando se dieron cuenta de que todos iban hacia el mismo destino, Perú, decidieron unirse y viajar en manada. Era un grupo variado: un trabajador de una fábrica de Kimberly-Clark, un vendedor de fruta, un paracaidista del ejército, un miembro de la Guardia Nacional, un trabajador de la industria petrolera, entre otros.

Viajar en manada tenía sus ventajas. La principal: la seguridad. Podrían ayudar a protegerse entre ellos de los criminales que pudieran a encontrar. Y para los hombres que viajaban solos, la idea de ir acompañados por niños era tentadora. Sí, los niños los obligarían a marchar más despacio, pero calculaban que las pequeñas e indefensas criaturas conmoverían a los camioneros para que pararan y se ofrecieran a llevarlos.

El viaje se complicó rápidamente, incluso antes de que dejaran Venezuela. Cuando se acercaban a la frontera, Maduro la cerró de repente. Sin poder simplemente cruzar el puente internacional Simón Bolívar, como lo habían hecho millones antes que ellos, tuvieron que entregar algo del precioso y escaso dinero que tenían a bandidos armados, conocidos como "trocheros", para que los escoltaran a través de los senderos controlados por los carteles de drogas.

Héctor reza en una iglesia cerca del páramo de Berlín, Colombia (Fotógrafo: Carlos Villalon/ Bloomberg)
Héctor reza en una iglesia cerca del páramo de Berlín, Colombia (Fotógrafo: Carlos Villalon/ Bloomberg)

Febrero, 26, 9:00 a. m.

"Retira todas las piedras de nuestro camino, Señor… Bendito seas, Padre… Señor, que el Espíritu Santo nos guíe".

Luego de juntarse para orar, empiezan el trayecto del día. Lo primero era atravesar el pueblo de Pamplona. A pie, el grupo se cansa con facilidad. El pueblo está ubicado alto sobre los Andes –a más de 2.400 metros sobre el nivel del mar–, y todas las calles parecen ir hacia arriba o hacia abajo.

Incluso para alguien bien alimentado y en forma, la caminata sería agotadora. Para los migrantes, con hambre, arrastrando maletas difíciles de llevar y cargando bebés, puede ser insoportable. Y peligrosa. A solo unos minutos del inicio del viaje, sonaron gritos frenéticos a lo lejos. Héctor y Richard se dieron la vuelta para encontrar a una joven desmayada en el suelo, mientras su compañero de viaje la miraba impotente.

Corrieron. La mujer desmayada se veía demacrada y pálida. Intentaron reanimarla, pero no respondía. Por suerte, había una doctora cerca. Escuchó la conmoción y se apresuró en una motocicleta para llevarse rápidamente a la mujer y a su compañero.

Febrero, 26, 2:00 p. m.

A medida que se acercan al Páramo de Berlín, las tensiones empiezan a aparecer. El plan era que las mujeres tomaran un bus a través de la montaña con los niños y los hombres la cruzaran a pie. Mientras esperaban el bus, las mujeres compraron algo de comida y luego, preocupadas por la rápida caída de la temperatura, compraron gorros y guantes para los niños. Los hombres se enojaron. Los gorros y los guantes eran un desperdicio de dinero, se quejaron porque ellos también tenían hambre. "Los hombres no son de acero", vociferó Richard en algún momento. Él y algunos de los otros hombres hablaron de separarse del grupo mientras empezaban el ascenso.

Febrero 26, 4:00 p. m.

La caminata por el páramo fue demasiado para Luis. Perdió el aliento rápidamente y se detenía con frecuencia, para frustración de los demás. Según dijo, tenía problemas respiratorios, resultado de un pulmón dañado y un asma severa.

Luis fue una figura polarizadora dentro del grupo casi desde el principio. Derrochaba el poco dinero que tenía en cigarrillos, afectando al resto del grupo y, según los demás, fumaba marihuana en la noche, a veces delante de los niños.

Notas de agradecimiento dejadas por los migrantes en un refugio fuera de Cúcuta, Colombia. (Fotógrafo: Carlos Villalon/ Bloomberg)
Notas de agradecimiento dejadas por los migrantes en un refugio fuera de Cúcuta, Colombia. (Fotógrafo: Carlos Villalon/ Bloomberg)

Pero conocía la ruta, puesto que ya había hecho el viaje a Perú, y tenía las cicatrices para demostrarlo. Cuenta que a su regreso a Venezuela semanas antes para encontrarse con su familia lo asaltaron tres hombres, quienes le arrebataron sus objetos de valor –un teléfono Huawei y USD 250 en efectivo– y lo hirieron con un machete. El ataque iba dirigido a su cuello, dice, pero logró bloquear el machete con su antebrazo y escapar. El ataque lo dejó con una herida profunda y desagradable por encima de la muñeca izquierda. Se preocupaba por ella y con frecuencia la presionaba. Cuando lo hacía, salía pus y sangre.

Febrero 26, 7:00 p. m.

Los brotes de xenofobia contra los migrantes venezolanos reciben la mayor parte de la atención en Sudamérica por estos días, pero eclipsan los actos bondadosos, grandes o pequeños, que se ven cada hora de cada día. En 48 horas, el grupo de 17 personas recibió refugio, comida, consejos de viaje y, tal vez lo más importante, aventones de varios camioneros, incluido uno que recogió a los hombres en su momento de mayor vulnerabilidad: cuando cruzaban el Páramo. Helaba en la parte de atrás del camión descubierto y tuvieron que juntarse en parejas para darse calor, pero se ahorraron horas de viaje y se reunieron con las mujeres poco después del anochecer.

Epílogo, marzo, 4

Seis días después. volvimos a conectarnos con el grupo. Estaban a cientos de kilómetros al sur y caminaban por la autopista a través de las montañas verdes y ondulantes, al norte de la frontera con Ecuador. A pesar de la tensión y las peleas, seguían todos juntos –todos, menos Luis–. Se habían separado de él unos días antes y no lo habían vuelto a ver.

Marzo, 10

Por fin en Perú. La mayor parte del grupo, incluidos Héctor, Gualesca y sus dos hijos, terminaron su viaje en Piura, una pequeña ciudad acuñada en el franja de desierto entre los Andes y el Océano Pacífico. Cuando llegaron, no tenían planes concretos para ganarse la vida.

Richard y su primo, Antony, continuaron hacia el sur hasta llegar a un pueblo en las montañas que circundan la ciudad capital de Lima. La hermana de Richard ya vivía allí y recibió a los dos hombres. Como soldador que trabajó por años en la industria petrolera venezolana, Richard encontró trabajo inmediatamente en un taller de mecánica. Antony no tuvo tanta suerte al principio y se mantuvo vendiendo dulces y limpiando parabrisas hasta que, después de unos días, Richard logró conseguirle trabajo.

Fuente: Bloomberg.