Quienes certifican que el oro es limpio rara vez visitan las minas

Reportajes Especiales - Business

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La asociación que funciona como regulador de la industria ha permitido el ingreso de oro extraído en condiciones de abuso, según una investigación del Times.

En el último año, he visto a niños pequeños trabajando en minas de oro. He conocido a mineros que le pagan a un cartel de la droga por el derecho a excavar, y he visto a un niño beber de la tubería de aguas residuales de una mina subterránea. Conocí a trabajadores en Colombia cuyas manos tiemblan por la intoxicación con mercurio.

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Una cosa que tienen en común es que suministran oro al mercado, supuestamente muy controlado, de los financistas de Wall Street, los bancos centrales y las casas de moneda de los gobiernos.

Mientras mis colegas y yo desentrañábamos cómo era posible, volvíamos una y otra vez a un punto clave: las personas que deben impedir que el oro sucio entre al mercado legítimo rara vez visitan las minas

Ese es el enorme vacío en el centro del mercado principal de oro del mundo. La industria cuenta con capas de personas encargadas de certificar que el suministro está libre de abusos y criminalidad, pero nadie las obliga a levantarse de sus escritorios en lugares como Londres y Ginebra.

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El Times informó esta semana que la Asociación del Mercado de Lingotes de Londres (LBMA, por sus siglas en inglés), la entidad más cercana a un regulador de la industria, ha permitido en repetidas ocasiones el ingreso al mercado de oro extraído por bandas criminales, cárteles de la droga y niños. En un caso, descubrimos que la asociación ayudó a una refinería a encubrir aparentes infracciones.

Los abusos a los derechos humanos y la criminalidad suelen ser evidentes si uno se presenta y pregunta. A principios de este año, visité una mina en el norte de Colombia, donde los mineros nos dijeron que le pagan a un cartel de la droga por el derecho a trabajar allí. El oro estaba certificado por cumplir con los más altos estándares de la industria, y fue vendido a un proveedor de la Casa de Moneda de Estados Unidos.

Asimismo, mis colegas revelaron que el presidente Donald Trump autorizó apresuradamente importaciones de oro de Venezuela antes de que inspectores independientes pudieran visitar las minas y antes de que los comerciantes hubieran completado su diligencia debida.

Las minas venezolanas están notoriamente vinculadas a la corrupción y la criminalidad; la compañía nacional de oro está designada como una amenaza para la seguridad de Estados Unidos. El importador contrató a uno de los principales expertos en cadenas de suministro del mundo, quien elogió el plan de importación sin siquiera visitar las minas.

Un reportero del Times las visitó y rápidamente descubrió que las pandillas se beneficiaban del oro.

Visité minas en Madagascar donde niños lavaban oro entre aguas residuales sin tratar y trabajadores picaban roca, sin cascos ni zapatos, en pozos de cientos de pies de profundidad. Los adolescentes dijeron que la atracción del oro es más fuerte que la de la escuela.

"Ya he probado el dinero", dijo Fredo, un adolescente de 15 años que carga tanques de agua de 20 litros para los mineros.

Hace cuatro décadas, el Banco de Inglaterra regulaba el mercado del oro, efectivamente como un brazo del gobierno británico. Pero en 1987, transfirió su supervisión a la LBMA, un grupo de la industria dirigido por los bancos y las refinerías más grandes del mundo.

Durante años, a la LBMA le preocuparon principalmente la pureza y el peso del oro, no los abusos a los derechos ni el daño ambiental. El oro era mucho más barato en aquel entonces. Por eso la minería ilegal de oro, aunque problemática, ni de cerca era tan rentable, tan extendida ni tan catastrófica.

Pero en las últimas dos décadas, inversionistas adinerados y gobiernos impulsaron un alza de precios que llevó el oro a niveles récord (el precio actual es cuatro veces el de 2010). A esto le siguió un auge destructivo de la minería ilegal en algunos de los lugares más pobres del mundo.

Los mineros, y los delincuentes que se lucran con ellos, se han precipitado hacia zonas ecológica y políticamente sensibles, y a menudo peligrosas.

Bandas brasileñas han trasladado balsas mineras cientos de millas río arriba, hacia algunos de los rincones más remotos del Amazonas. Minas de oro han vertido millones de toneladas de desechos en los ríos de Papúa Nueva Guinea. Cerca de 200 personas han muerto este año en minas en Uganda, la República Centroafricana, Sudán y Sumatra.

En un esfuerzo por combatir los peores abusos, Estados Unidos y la Unión Europea aprobaron leyes que buscan excluir los llamados "minerales de conflicto" del suministro mundial.

En respuesta, la LBMA emitió normas para eliminar de la cadena de suministro el lavado de dinero, la corrupción, el crimen organizado y el abuso infantil. Desde 2012, las refinerías han tenido que realizar auditorías anuales para demostrar que cumplieron esas normas.

Un requisito importante: las refinerías que procesan oro proveniente de operaciones a pequeña escala deben inspeccionar las minas. Esto es distinto de las inspecciones gubernamentales. Los funcionarios de gobiernos corruptos o de países con historiales deficientes en materia de derechos humanos tienen un incentivo para afirmar que su oro se extrae de manera limpia. Las inspecciones de la industria buscan garantizarlo.

Pero las lagunas legales y la laxitud en la aplicación de las normas hacen que las inspecciones no se realicen siempre. Si el oro de una mina de alto riesgo pasa por un intermediario, por ejemplo, la refinería puede ocultar su origen. Así es como el oro de los carteles de la droga terminó en la Casa de Moneda de Estados Unidos y en la Real Casa de Moneda de Canadá. Los vínculos con el narcotráfico se desvanecieron en un crisol de oro en Texas.

En Madagascar, el oro de minas sin licencia ingresó sin problemas al suministro mundial. A pesar de las normas escritas de la LBMA, la refinería dijo que no necesitaba inspeccionar las minas por sí misma. El oro fue certificado como conforme a los más altos estándares de la industria.

Justin Scheck es un reportero del Times afincado en Londres.

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