
Ganó renombre por su trilogía sobre el golpe de Estado de Pinochet en 1973 y, más tarde, por otra trilogía sobre el legado del régimen autoritario que le siguió.
Patricio Guzmán, un documentalista chileno cuyas dos trilogías sobre su país natal --la primera sobre los eventos en torno al golpe de Estado de Pinochet en 1973, la segunda sobre las dificultades de la nación con la memoria del régimen que le siguió-- le valieron un lugar en los niveles más altos de los cineastas latinoamericanos, murió el 15 de septiembre en París. Tenía 85 años.
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Su hija, Andrea Guzmán Urzúa, anunció en las redes sociales que la muerte había ocurrido en un hospital. Había vivido en París por más de tres décadas.
Después de estudiar cine en Madrid, Guzmán regresó a Chile en 1971, poco después de que el gobierno marxista de Salvador Allende asumiera el poder. Fue una época emocionante, llena de promesas de progreso para la clase trabajadora del país, pero también de tensiones con los sectores profesionales y adinerados de la sociedad chilena.
Su primera película, El primer año (1972), sobre los primeros días del gobierno de Allende, atrajo la atención de Chris Marker, el cineasta experimental francés. Marker conoció a Guzmán en Santiago, la capital chilena, y lo ayudó a que la película se proyectara en Europa.
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Tras unas tumultuosas elecciones parlamentarias en 1973, en las que el partido de Allende remontó para mejorar su posición en el Congreso Nacional, los líderes militares del país instigaron un golpe de Estado, encabezado por el general Augusto Pinochet y apoyado por Estados Unidos.
Guzmán había estado trabajando en una película sobre las elecciones, así que estaba preparado cuando los tanques y bombarderos atacaron Santiago. Recordó el consejo que Marker le había dado: "Cuando quieres filmar un incendio, debes estar listo en el lugar donde aparecerá la primera llama".
Después de que Guzmán hubiera estado filmando durante varios días, las autoridades chilenas lo arrestaron. Pasó dos semanas encarcelado junto a miles de personas más en el Estadio Nacional en Santiago; cientos fueron torturados y "desaparecidos", un eufemismo para ejecutados.
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Pero Guzmán había tomado precauciones. Un amigo que había escondido los carretes de Guzmán en un compartimento oculto de un auto los llevó a la embajada de Suecia, que los envió fuera del país en una valija diplomática.
Tras obtener su libertad, Guzmán huyó a Cuba, donde se reencontró con sus carretes y pudo editar su película.
El resultado fue La batalla de Chile: La lucha de un pueblo sin armas, una obra maestra del cine documental en tres partes: La insurrección de la burguesía (1975), El golpe de estado (1976) y El poder popular (1979).
Con un ritmo metódico, las películas exponen el argumento de Guzmán de que el golpe de Estado de Pinochet fue en su esencia una contrarrevolución contra los trabajadores chilenos por parte de las clases profesionales y medias del país.
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Las escenas del golpe, en las que los tanques abren fuego en las calles de Santiago y las bombas caen sobre edificios residenciales, son algunas de las imágenes más horriblemente violentas jamás captadas en película.
En un caso, un camarógrafo del equipo de Guzmán, Leonardo Henrichsen, recibe un disparo y muere mientras su cámara está grabando, un suceso impactante que Guzmán insistió en incluir en la película.
"No es suficiente que La batalla de Chile se proyecte por un par de fines de semana en el Film Forum", escribió Pauline Kael en The New Yorker en 1978. "Necesita ser vista en la televisión pública, con aquellos funcionarios del gobierno que formaron nuestra política hacia Allende explicando qué intereses creían que estaban promoviendo".
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La trilogía consolidó a Guzmán como un destacado documentalista latinoamericano y una voz firme contra el régimen violentamente represivo de Pinochet. La revista Cineaste llamó más tarde a la trilogía una de las 10 mejores películas políticas jamás hechas.
Pero sus películas también implicaban que Guzmán no podía regresar a casa. Vivió en España y luego en Francia, y comenzó a visitar Chile recién dos años después del fin del mandato de Pinochet en 1990.
Cuando lo hizo, encontró un país enfrentado consigo mismo sobre el legado y la memoria de la dictadura. ¿Quién tenía la culpa? ¿Quién había colaborado? ¿Quién había resistido? ¿Y qué significaba para alguien como Guzmán regresar? ¿Todavía podía amar su lugar de nacimiento?
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Lidió con estas preguntas en otra poderosa trilogía, estrenada en la década de 2010: Nostalgia de la luz (2010), El botón de nácar (2015) y La cordillera de los sueños (2019).
Las películas son impresionistas y personales, en marcado contraste con el crudo realismo de sus primeros trabajos, aunque insistió en que había una continuidad a través de todos sus proyectos.
"La política siempre está presente en todo, no solo en mis películas", dijo Guzmán en una entrevista de 2011 con Documentary Magazine. "Es un elemento como la atmósfera, como la poesía. La poesía siempre está presente en todas partes".
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Patricio Guzmán Lozanes nació el 11 de agosto de 1941 en Santiago, y creció allí y en Viña del Mar, una ciudad en la costa central de Chile. Su padre era arquitecto.
Estudió teatro, historia y filosofía en la Universidad de Chile, en Santiago, pero la dejó antes de graduarse por razones económicas.
Mientras trabajaba en una agencia de publicidad, comenzó a hacer películas amateur. Después de que una de ellas llamara la atención de un director chileno, Rafael Sánchez, Guzmán fue invitado a estudiar en el Instituto de Cine de la Pontificia Universidad Católica en Santiago.
En 1966, viajó a España para estudiar cine en la Universidad Complutense de Madrid, y recibió su diploma de la escuela de cinematografía de esa institución en 1970.
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El primer matrimonio de Guzmán terminó en divorcio. Además de su hija, con quien colaboró en sus últimas películas, entre sus sobrevivientes se encuentra su esposa, Renate Sachse, quien trabajó con él como productora.
Guzmán hizo varias películas mientras vivía en España y Francia, y se convirtió en un galardonado habitual en los festivales de cine europeos. En 2019, La cordillera de los sueños compartió el premio Ojo de Oro al mejor documental en el Festival de Cine de Cannes (con la película siria Para Sama).
Nunca regresó a vivir a Chile, pero todas sus películas posteriores se centraron en su tierra natal, incluyendo su última obra, Mi país imaginario (2022), sobre el levantamiento popular en Chile en 2019.
"Creo que habrá otra revolución, pero tomará mucho tiempo", dijo a Film Comment en 2023. "Hay muchos jóvenes en Chile con buenos corazones. Están preparados y son los más entusiastas. Pero son jóvenes".
Clay Risen es reportero del Times en la sección de Obituarios.
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