Joe Hisaishi, la voz musical de Studio Ghibli, retoma su amor por la música clásica

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Joe Hisaishi había pasado la noche dirigiendo a la Orquesta Sinfónica de Chicago desde el podio. Pero, casi al final del concierto, sacaron un piano de cola al escenario y Hisaishi se sentó frente a él. Empezó a tocar una serie de acordes en cascada y el auditorio estalló en vítores.

Sus seguidores reconocieron de inmediato el inicio de la banda sonora de El viaje de Chihiro (2001), una de sus muchas y apreciadas colaboraciones con el cineasta Hayao Miyazaki, del Studio Ghibli. Ese entusiasmo --el mismo que hace que el público grite de emoción en los conciertos de música pop al escuchar los primeros acordes de una canción favorita-- suele acompañar a Hisaishi dondequiera que se presenta.

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Normalmente, esos vítores van seguidos de un silencio absorto y reverencial. En el Symphony Center de Chicago, con capacidad para 2500 personas, una multitud silenciosa es impresionante; en un estadio como el Madison Square Garden, donde es capaz de atraer a miles de personas a un concierto de orquesta, resulta asombroso.

Ese es el poder excepcional que tiene Hisaishi, de 75 años, como compositor y director. Aunque es famoso por sus bandas sonoras camaleónicas y encantadoras, lleva mucho tiempo llevando una vida paralela como artista de música clásica. Ahora está centrando sus esfuerzos en ese mundo. Ha empezado a componer más para conciertos que para el cine, graba para Deutsche Grammophon y actúa con algunas de las mejores orquestas del mundo. Y, tras haber llenado el Radio City Music Hall y el Madison Square Garden, esta semana volvió a Nueva York a un lugar sagrado para los músicos clásicos: el Carnegie Hall.

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"Quiero encontrar nuevas formas de atraer a un público más amplio hacia la música clásica", dijo Hisaishi en una entrevista. "Y si, en el proceso, eso también amplía mis propios horizontes como músico, creo que sería maravilloso".

Hisaishi, nacido tras la Segunda Guerra Mundial, creció en una época en la que los músicos japoneses se empapaban de la cultura occidental y la transformaban en nuevos géneros de fusión, como el city pop. Su lengua materna es el minimalismo de Philip Glass y Steve Reich, pero sus bandas sonoras son mucho más eclécticas, incluso desorientadoras.

La banda sonora de Kiki, entregas a domicilio (1989), por ejemplo, empieza con un vals al que luego se le añade el sonido callejero de un acordeón y una mandolina, pero también la riqueza de una orquesta sinfónica. A medida que avanza, aparece una melodía efervescente propia de la televisión infantil, un piano honky-tonk y una melodía que parece contener elementos de Madama Butterfly, Blancanieves y baladas pop modernas, todo a la vez.

Es una música con un pie en muchos universos sonoros, que se fusiona en un todo cautivador y distintivo. Hisaishi hace que parezca fácil, pero pocos compositores pueden desplegar una libertad tan segura, y pocos tienen una formación cosmopolita tan adecuada para acometer esas piezas. Hisaishi no solo es famoso en todo el mundo, sino que es uno de nuestros compositores más globales.

DE ESTUDIANTE, formado en el método Suzuki de violín y piano, Hisaishi tenía la mente puesta en los clásicos, pero también en la música de compositores vivos como Shostakovich y Pierre Boulez. Descubrió el álbum de Terry Riley "A Rainbow in Curved Air", que le inspiró una inmersión transformadora en el minimalismo. Además, su amor por el jazz era tan intenso que abandonó su nombre de nacimiento, Mamoru Fujisawa, para adoptar el nombre artístico de Joe Hisaishi, basado en los kanji japoneses y los equivalentes fonéticos de "Quincy Jones".

A través de toda esta exposición y estudio, surgió un estilo personal. "En vez de limitarme a imitar los géneros de forma superficial", dijo Hisaishi, "estoy absorbiendo las filosofías, las técnicas y el espíritu experimental inherentes a cada forma musical, y mi objetivo es integrarlos en mi propia expresión artística".

Su primer álbum, MKWAJU, de 1981, es minimalismo con toques pop, como "Songs From Liquid Days" de Glass cinco años después. Empieza con figuras repetitivas en un vibráfono que, acompañadas de sonidos electrónicos, se convierten en un trance con mucho ritmo. Es una sensibilidad que trasladó a la banda sonora de Nausicaä del Valle del Viento (1984), su primera película con Miyazaki.

En un principio, contrataron a Hisaishi para componer el álbum de imágenes de la película, una especie de trabajo preparatorio. A Miyazaki le gustó tanto que contrató a Hisaishi para la banda sonora definitiva. Han seguido trabajando juntos desde entonces, aunque Hisaishi dijo que su relación es, ante todo, profesional, y compara sus colaboraciones con unas elecciones: algo que ocurre de forma fiable cada varios años. (Miyazaki se retiró, no por primera vez, con su última película, El niño y la garza, de 2023).

En las antologías de Miyazaki Starting Point y Turning Point, describió su trabajo con Hisaishi más como un intercambio que como una colaboración codo a codo. Para cada película, el director le enviaba al compositor una nota o una recopilación de poemas para darle una idea del ambiente y los personajes, confiando en que Hisaishi le devolvería el sonido adecuado. Para Mi vecino Totoro (1988), Miyazaki sabía que la presentación del personaje principal no debía ser demasiado mística ni siquiera entrañable.

"Por eso la música minimalista de Hisaishi-san era la mejor", escribió Miyazaki. "Si fuera más misteriosa, resultaría sobrenatural. Lo que me pareció perfecto fue que incluyera sonidos que hemos oído en alguna parte y que reconocemos, pero que aun así nos diera la sensación de que hay algo un poco diferente".

Lo mismo podría decirse de todas las bandas sonoras de Hisaishi, aunque cada una es también una creación única. Adopta con generosidad estilos y formas de todo el mundo, y de lo más profundo de la historia de la música, con referencias que abundan: las sinfonías marciales de Shostakovich en La princesa Mononoke (1997), "La cabalgata de las valquirias" de Wagner en Ponyo y el secreto de la sirenita (2008), los ritmos contundentes de John Adams en Se levanta el viento (2013). Son un equivalente musical de la estética de Miyazaki en películas como Kiki, entregas a domicilio y El increíble castillo vagabundo (2004), cuya arquitectura y moda, vagamente europeas, resultan cómodamente familiares pero imposibles de ubicar.

La música cinematográfica de Hisaishi es, sobre todo, encantadora e imborrable, en parte porque aborda la composición de forma horizontal en lugar de vertical: a través de una línea melódica más que de armonías superpuestas. Esto crea bandas sonoras que se comportan casi como un contrapunto, fluyendo junto a la película en lugar de limitarse a acompañarla con efectos ilustrativos y señales emocionales.

"Cuando creo una sola melodía, la cuestión es cómo puede fluir de forma natural y cómo puedo escribirla para que realmente cobre vida, al igual que las leyes de la naturaleza", dijo Hisaishi. "Siempre intento que mi música sea lo más natural posible, dejando que se desarrolle con naturalidad, creando algo con lo que cualquiera pueda identificarse".

Y desde luego que la acogen. Esteban Batallán, trompetista principal de la Sinfónica de Chicago, que ha interpretado el solo de una pieza adaptada de la diana de El castillo en el cielo (1986), dijo que cualquiera que escuche una melodía de Hisaishi "se emociona al instante". Ryan Fleur, presidente y director ejecutivo de la Orquesta de Filadelfia --donde Hisaishi es compositor residente--, dijo que cuando Hisaishi tocó como bis su música del Studio Ghibli, a los espectadores "se les caían las lágrimas por las mejillas".

Incluso a Hisaishi le conmueve. "El primer público de mi música soy yo mismo", dijo. "Si no me conmueve ni me emociona, entonces no es lo suficientemente buena".

HISAISHI SE HA VUELTO tan popular que puede llenar estadios durante varios días seguidos con conciertos de suites sinfónicas adaptadas de sus bandas sonoras del Studio Ghibli. Con un montón de mercadeo a la venta y un toque de sentimentalismo en el escenario, estas actuaciones tienen un aire de crossover clásico, y si fueran lo único que tiene en su agenda, correría el riesgo de convertirse en un Yanni o un André Rieu.

Pero siempre ha mantenido una carrera más tradicional como director de orquesta clásica en Japón; los seguidores que busquen sus bandas sonoras en internet quizá también se hayan topado con sus interpretaciones enérgicas y limpias de sinfonías de Beethoven, Brahms y Schubert, o con sus recopilaciones de música contemporánea, en su mayoría minimalista.

"Como compositor, opté por un enfoque minimalista", dijo Hisaishi. "Pero gracias a esa experiencia, al volver la vista atrás al repertorio clásico, empecé a pensar que quizá habría enfoques que nadie probó antes, y que la música clásica podría evolucionar de nuevas formas. Eso fue lo que me llevó a empezar a dirigir".

El reto ha sido dar a conocer la reputación y los compromisos clásicos de Hisaishi más allá de Japón. Salió del confinamiento por la pandemia del coronavirus con una gira por estadios dedicada al Studio Ghibli, pero por el camino consiguió una nueva agencia de representación, la prestigiosa HarrisonParrott, lo que le ha llevado a actuar en Filadelfia, París y otros lugares. También ha firmado con la prestigiosa editorial musical Boosey & Hawkes y está trabajando en una ópera.

"Llevaba varios años haciendo estas giras por estadios, y en realidad no era lo que buscaba", dijo Moema Parrott, directora ejecutiva de la agencia. "Sentía que se estaba desviando de su camino, así que la cuestión ha sido: '¿Cómo lo reposicionamos para alejar esa percepción de él como compositor de bandas sonoras y hacer que la gente vea cuál es su verdadera pasión?'. Esta es, sin duda, su época dorada".

En sus actuaciones como director, Hisaishi suele combinar su música con piezas que quizá sean menos conocidas para sus seguidores, como "Desert Music" de Reich. Esta semana, con la Orquesta de St. Luke's en el Carnegie Hall, combinará su reciente Concierto para orquesta con la Primera sinfonía de Glass; el próximo fin de semana, con la Orquesta Sinfónica de Boston en Tanglewood, su música enmarcará el Concierto para piano en sol mayor de Ravel, con Jean-Yves Thibaudet.

Esos conciertos suelen agotar las entradas, con un público visiblemente más joven. En Filadelfia, dijo Fleur, el 75 por ciento de los asistentes nunca había estado en la sala ni había escuchado a la orquesta antes. Este otoño llegará la prueba de fuego, cuando la música de Hisaishi forme parte del programa sin que él esté al frente del podio. Sin embargo, dijo Fleur, el 15 por ciento de los nuevos espectadores que atrajo volvieron para otros conciertos.

"Alguien que vino a uno de mis conciertos de música clásica me dijo una vez: 'Era casi como escuchar música rock'", dijo Hisaishi. "Creo que fue porque mi enfoque se basa mucho en el ritmo, lo que hace que la música resulte más inmediata y accesible. Quizá eso pueda convertirse en un punto de conexión, ayudando a más gente a descubrir lo poderosa que puede ser una orquesta".

Si las bandas sonoras de Hisaishi se rigen por la melodía, sus obras de concierto --que no se parecen en nada a las bandas sonoras-- se rigen por el ritmo. El efecto puede ser emocionante, como en su reciente Concierto para arpa, escrito para Emmanuel Ceysson y que sale este mes con Deutsche Grammophon. Pero también puede resultar complicado. La Segunda sinfonía de Hisaishi depende totalmente de la precisión rítmica; el verano pasado tuvo a la Orquesta de Filadelfia visiblemente nerviosa, y esta primavera le llevó la mayor parte del tiempo de ensayo con la Sinfónica de Chicago. Es, según dijo Batallán con un suspiro, "muy exigente".

En los ensayos, Hisaishi suele ser amable. Al subir al podio con zapatillas y ropa informal, saludó a los músicos de Chicago con sencillez: "Estoy muy contento de trabajar con ustedes hoy. Por favor, disfruten mi música". Aunque a veces podía exigir, lo normal era que simplemente pidiera a los músicos que volvieran a intentar un pasaje, a veces cantándoles la articulación correcta para guiarlos. Después, unos cinco músicos se le acercaron para hacerse selfis y pedirle autógrafos; uno incluso llevó a su familia para que lo conocieran.

Hisaishi no ha dejado de dirigir su música de cine. Ese concierto de Chicago terminó con la suite de El viaje de Chihiro y un bis de Mi vecino Totoro. (Y se ha adentrado en las bandas sonoras occidentales, como El gran viaje de tu vida el año pasado.) También tiene previstos más conciertos en estadios, pero de forma más selectiva, en lo que Parrott denominó "escenarios emblemáticos", como Red Rocks o la Arena di Verona. El verdadero cambio en su vida es cómo esas actuaciones conviven, de manera más equilibrada, con sus semanas en salas más pequeñas y con historia. Para él, no hay diferencia.

"Siempre he sentido que me comunico directamente con cada persona del público, compartiendo mi mensaje con ellos uno a uno", dijo Hisaishi. "Esa es la mentalidad que siempre tengo, así que da igual si hay 20.000 personas o 2000, para mí eso no representa ninguna diferencia. Para mí, siempre es una relación uno a uno".

Créditos de audio: Royal Philharmonic Orchestra y Joe Hisaishi, "One Summer's Day (The Name of Life)" (Deutsche Grammophon); Kiki, entregas a domicilio (Banda sonora original) (Studio Ghibli); conjunto MKWAJU, "MKWAJU" (Nippon Columbia); Nausicaä del Valle del Viento (banda sonora original) (Studio Ghibli); La princesa Mononoke (banda sonora original) (Studio Ghibli); Ponyo, y el secreto de la sirenita (banda sonora original) (Studio Ghibli); Se levanta el viento (banda sonora original) (Studio Ghibli); Royal Philharmonic Orchestra y Joe Hisaishi, "Las palomas y el niño (de El castillo en el cielo)" (UMG Recordings); Orquesta Filarmónica Real, Emmanuel Ceysson y Joe Hisaishi, Concierto para arpa: movimiento 3 (Deutsche Grammophon); Orquesta Sinfónica de Viena y Joe Hisaishi, Sinfonía n.º 2, I: What the World Is Now? (Deutsche Grammophon); Nueva Orquesta Sinfónica de Japón y Joe Hisaishi, "Sinfonía de Mi vecino Totoro" (Studio Ghibli)

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