
El borrador de la Convención tiene ya 499 artículos, lo que la hace quizás la más extensa del mundo, más que la de la India y sus mil millones de habitantes. Solo falta la comisión de armonización para asegurar coherencia interna y estará lista antes del plazo, para que sea el electorado quien decida por el apruebo o el rechazo el 4 de septiembre.
Cumplir con el plazo ha sido todo un logro, ya que 155 constituyentes electos en forma paritaria, y con 17 escaños reservados para pueblos originarios, obtuvieron para cada artículo los 2/3 requeridos por la ley. Fue un logro, ya que un buen porcentaje no dominaba previamente los conceptos legales y no existía un orden partidario natural, sino que predominaban muchos colectivos e independientes.
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Tampoco hubo búsqueda del consenso o de una constitución que fuera la casa de todos. Por el contrario, hubo una clara mayoría, con muchos a la izquierda incluso del presidente Boric, que buscaron una refundación del país, eliminando no solo toda referencia a Pinochet, sino también instituciones que habían estado presentes desde la independencia, escenario que fue posible por la derrota casi total de las fuerzas de derecha y de la concertación socialdemócrata y socialcristiana que habían gobernado Chile las últimas tres décadas.
En 1980 quienes dieron el golpe de estado de 1973 impusieron su visión al país y ahora es el turno de esta propuesta, a la vez arcaica en su indigenismo y posmoderna en su visión identitaria, donde rasgos étnicos y de género reemplazan con privilegio a la igualdad básica del ethos democrático liberal, es decir, lo que en Chile se conoce como el “octubrismo”, la alusión al mes de 2019 en que en la violencia callejera se tomó las calles del país. Parte de su contenido es un verdadero experimento, en el sentido de que algunas normas no se encuentran ni en la experiencia chilena como tampoco en otros países. También hay un tributo a la colonialidad en su versión latinoamericana.
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Hubo descalificaciones y aplanadoras en vez de intercambio sereno de ideas, y hoy existe un escenario electoral distinto. Los excesos de los constituyentes han modificado el ambiente que permitió su elección, en el sentido que casi el 80% que aprobó este itinerario constitucional se ha desvanecido, y hoy casi todas las encuestas muestran que el rechazo se está imponiendo a quienes quieren aprobarla, deterioro que también coincide con la muy rápida caída de Boric y su gobierno en la apreciación ciudadana.
Es lo que debe resolver el llamado plebiscito de salida, es decir, la convocatoria al soberano, al electorado, para que mediante voto obligatorio decida si da su visto bueno a las nuevas reglas del juego o se regresa a la institucionalidad de las actuales normas, que llevan la firma no de Pinochet, sino del presidente Lagos, por la cantidad de modificaciones que tuvo esa carta fundamental. Es sin duda, la decisión más importante del país desde 1988 y el plebiscito que en que fue derrotada la pretensión del general Pinochet de permanecer en el poder.
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Mas allá de lo que digan las encuestas, solo ahora comienza el debate sobre el contenido de las normas, y yo sigo convencido que la nueva constitución todavía predomina por sobre la idea del rechazo. Sin duda que la Convención ha perdido apoyo, pero no lo que representa, ya que las mismas encuestas muestran que la mayoría sigue creyendo que expresa mejor el respeto por los pueblos originarios, mejor el cuidado del medio ambiente, más derechos sociales y mejor distribución del ingreso, todos temas muy importantes para las nuevas generaciones.
Que sea cierto o no es otro problema, cuando el voto ha adquirido una marcada división generacional. Es cierto que ha habido mucha soberbia y sectarismo, pero ahora no van a estar estos constituyentes copando las noticias, y un plebiscito es una elección muy particular que se expresa en los términos binarios de un sí y un no, en un combate de narrativas, donde no solo en Chile la emoción predomina por sobre la razón, y la narrativa sobre los hechos.
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No basta con discutir sobre hechos sino también emocionar, conmover. Lo que trae consigo el apruebo está muy claro (distinto es que guste o no), pero lo mismo no se puede decir a todo evento del rechazo. ¿Qué significa? ¿Volver a lo existente o incorporar elementos que reflejen el cambio cultural que ha sufrido Chile y que antecedió al cambio político?
Como pocas personas van a leer el detalle de la constitución, el tema es que, a partir del término del trabajo de la Convención, el debate va a estar dominado por una presentación en que la Constitución de los Derechos abundantes y gratuitos se va a oponer a la Constitución de Pinochet. Decir que es una presentación falsa no es el punto, toda vez que es exactamente esta forma de ver el problema lo que llevó a este proceso de reforma, ya resuelto por amplia mayoría.
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Un plebiscito es en sí una selección de alternativas, y la alternativa al apruebo no puede ser percibida como un salto al vacío o aún peor, un regreso a la violencia callejera de quienes rechazan al sistema.
Pienso que Chile tiene un buen ejemplo en como las fuerzas democráticas lograron derrotar al general Pinochet en 1988. No fue un simple ‘NO’, sino una visión propositiva de un Chile mejor, que no era tan solo su tradición, sino una visión optimista de algo mejor, y que le dieron junto con la transición una de las etapas mas exitosas de su historia.
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Pero hoy eso es pasado, por lo que no basta con el rechazo, sino que se necesita algo más. De partida, una visión ética, basada en principios, y una aceptación de los cambios que ha tenido la población chilena como, por ejemplo, una mejor distribución de los beneficios del progreso y un rol más activo para una versión que se pueda financiar del Estado de Bienestar. Se necesita también una narrativa más fácil de entender y el Brexit es un buen ejemplo de que no basta con entregar cifras o asustar con lo que podría pasar con las inversiones.
Sobre todo, se necesitan otras cuatro cosas que requieren decisiones y acuerdos previos. Primero, y ahí el 88 es un buen ejemplo, un esquema donde debe haber una unidad de propósitos y de organización, con un mensaje claro y optimista, donde se separen aguas con fuerzas extremas de cualquier tipo.
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En segundo lugar, un proyecto claro del tipo de constitución que se quiere, donde desde ahora mismo se podría dejar depositado en el Congreso (que hasta el día del plebiscito conserva sus facultades constituyentes), un proyecto que recoja lo que se quiere conservar como también modificar del actual texto, para que compitan dos versiones en igualdad de condiciones, ya que recordemos que hace poco tiempo casi el 80% aprobó iniciar un proceso de reforma. Por lo demás, se podría unir a la que dejó ingresada al terminar su mandato la ex presidenta Bachelet.
En tercer lugar, y muy importante, a la actual polarización se debe oponer la búsqueda de acuerdos, y por ello, a la confrontación que hoy predomina se debe oponer un Pacto por Chile que recoja las ideas centrales para un país que quiere un acuerdo hacia los próximos 30 años, y que mira hacia el futuro más que hacia el pasado.
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Por último, en cuarto lugar, es muy importante que se recuerde lo que ocurrió cuando se pidió el voto por una nueva constitución o la conservación de lo existente, por lo que la imagen y conducción del proceso debe estar mas bien en manos del centro político, más cerca de la concertación que de la derecha, la que debe entender que ha sufrido una derrota y al igual que la izquierda en el 88, debe entender que no es su momento y ceder el protagonismo.
El momento es del diálogo, el respeto y la amistad cívica, no la confrontación y la crispación, de tender puentes y no dinamitarlos, que los países avanzan más a través de la colaboración que de la confrontación.
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