El presidente ruso, Vladimir Putin, y el iraní, Hassan Rohani (Shutterstock)
El presidente ruso, Vladimir Putin, y el iraní, Hassan Rohani (Shutterstock)

En 2015, cuando el presidente Hassan Rouhani anunció su "acuerdo nuclear" con la administración Obama como "la mayor victoria diplomática en la historia del islam", pocas personas se dieron cuenta que, de hecho, había respaldado un documento neocolonial y que estaba entregando aspectos fundamentales de las políticas económicas, industriales, científicas y de seguridad de Irán a la tutela de seis potencias extranjeras lideradas por los Estados Unidos.

Por varias razones, el "acuerdo nuclear" no provocó en Irán la satisfacción popular que algunos analistas esperaban. Para empezar, nadie había ratificado lo firmado en ese acuerdo, lo que significaba que no era ni un tratado ni un acuerdo internacional vinculante, sino un listado de expresiones de deseos.

El acuerdo tampoco fue sometido al proceso legislativo para otorgarle autoridad legal. Más importante aún, el texto no ofrecía una imagen fácilmente reconocible y concreta de la humillación que el régimen khomeinista de la "República Islámica" había aceptado en nombre de Irán.

La euforia del presidente Rouhani le hizo decir públicamente que "incluso los estadounidenses han reconocido nuestro derecho a enriquecer uranio". Tal declaración sonaba muy bien para algunos que no saben que el derecho internacional reconoce el derecho a enriquecer uranio a todas las naciones. Sin embargo, Rouhani y su equipo parecieron salir airosos en ese momento, por lo que decidieron hacer un favor similar a Vladimir Putin, y hoy están actuando igual que en 2015, con la firma de un acuerdo con Moscú por la supuesta soberanía del Mar Caspio.

El texto, de 24 artículos, adolece de una notable crisis de identidad nacional iraní y de los mismos vicios del acuerdo nuclear. No está claro si es un tratado o un borrador para un futuro acuerdo. No ofrece una definición del Caspio, ya sea como lago o mar, una definición que establecería automáticamente su estatus bajo las leyes y convenciones marítimas internacionales existentes. Sin embargo, pretende establecer el estatus legal del Mar Caspio sin abordar el tema crucial de la soberanía. En su preámbulo, el texto refiere a los "cambios y procesos que han ocurrido en la región del Caspio a nivel geopolítico y nacional (ruso, no iraní)" e insiste en "la necesidad de fortalecer el régimen legal del Mar Caspio", no obstante, deja si clarificar la confusión entre "Región del Caspio y Mar Caspio". Así, el texto implica que ya existe un régimen legal pero que necesita ser fortalecido.

Entonces, ¿cuál es ese régimen legal?

Lo correcto es remitirse a su origen y en tal sentido, está conformado por dos tratados entre Irán, la Rusia zarista y la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas en los siglos XIX y XX. Según esos tratados, Irán y Rusia tienen soberanía conjunta sobre el Mar Caspio. Aunque los tratados no mencionan, en realidad, el Caspio, a todos los efectos prácticos fue siempre un lago ruso.

Sin embargo, los tratados muestran que Irán y Rusia eran las dos únicas potencias soberanas en el Caspio. En consecuencia, eso podría ser desafiado con el principio legal de cambio reconocido internacionalmente, en particular por la aparición de "estados sucesores" o "rebus sic stantibus" en latín.
El texto ruso no lo hace. Si lo hiciera, tendría que aceptar que los cuatro estados litorales del Caspio que surgieron de la desintegración de la URSS tendrían que compartir su mitad de soberanía entre ellos, dejando la participación de Irán sin cambios.

Para enturbiar las aguas, el texto, que, según su primer artículo, es trabajo exclusivo del Departamento General de Navegación y Oceanografía del Ministerio de Defensa de la Federación de Rusia, ignora por completo el tema de la soberanía y va directamente a determinar participación de los estados litorales en la propiedad del cuerpo de agua. En ese contexto, Irán con la costa más corta en el mar, recibe la porción más pequeña, alrededor del 11 %.

Sin embargo, soberanía y propiedad son dos conceptos diferentes. Por ejemplo, usted puede ser dueño de un apartamento en Buenos Aires y ser reconocido como propietario. No obstante, la soberanía del área en la que se encuentra su departamento pertenece a la República Argentina.

La relación entre soberanía y propiedad se presenta en numerosas formas. Todo el estado del Vaticano es soberano, pero está ubicado en el centro de la capital italiana, Roma, y está sujeto a sus normas municipales.

La soberanía también podría ejercerse a larga distancia. Nueva Caledonia, en el Océano Pacífico, está bajo la soberanía francesa al igual que las Islas Malvinas bajo los británicos, ambos a miles de kilómetros de distancia de sus respectivas autoridades soberanas. Más cerca del Caspio, tenemos el enclave Shah-i-Mardan en Kirguistán que está bajo la soberanía de la vecina Uzbekistán al oeste.

Para asegurarse de que este es un documento exclusivamente ruso, el texto utiliza terminología rusa (aunque fue traducido al inglés, pero no al farsi por agencias de noticias rusas e iraníes), en lugar de conceptos, términos y referencias internacionalmente y codificadas en la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar.

En consecuencia, la pregunta que surge es ¿Cuál es el bien de la propiedad y los derechos de propiedad, si no sabemos qué autoridad soberana los hará cumplir?

Debido a que este es un texto ruso, en cuya preparación no participaron otros estados litorales, la implicación puede ser que Rusia es el único poder soberano y, por lo tanto, el árbitro final de las disputas en el Mar Caspio. Si esa suposición es correcta, podemos concluir que Rusia ha adquirido una ventaja colonial que no pudo obtener incluso cuando Irán era débil, azotado por el hambre y destruido por la guerra durante la dinastía Qajar.

Lo concreto es que, con este texto, Rusia obtiene otras dos ventajas que el régimen de los khomeinistas otorgó. Primero, obtiene el control de las tuberías que transitan por las inmensas reservas de petróleo y gas de la cuenca del Caspio hacia los mercados mundiales, especialmente hacia Europa. Eso empujaría a Irán, que es la ruta económica para esos gasoductos, fuera de toda competencia. Así, Rusia retiene su carta principal para enfrentar a las potencias occidentales.

Y segundo: Rusia, que no era la única fuerza militar significativa en el Caspio, mantendrá su monopolio al prohibir a otros estados litorales construir una presencia militar con la ayuda de aliados no litorales.

Al tratar de impulsar este texto, el presidente Vladimir Putin actuó como un táctico que busca una ventaja rápida ratificando su estrategia neocolonial.

Sacudidos por las consecuencias de sus aventuras infantiles, los mulás de Teherán han aceptado tomar "esa cerveza rusa mezclada con vodka que Putin les ha hecho beber".

Sin embargo, nadie puede asegurar en Moscú que el advenimiento de cualquier futuro gobierno iraní que valga la pena no escupa esa cerveza con vodka.