
Durante una mañana helada en el Ártico noruego, soldados británicos y noruegos avanzaron en silencio entre abedules cubiertos de nieve, en una misión de reconocimiento simulada durante un ejercicio militar de la OTAN en marzo que reunió a más de 30.000 efectivos.
Bajo el nombre de Arctic Sentry, estas maniobras respondieron a un compromiso asumido entre los aliados de la alianza y Donald Trump: garantizar la seguridad del Ártico, una región relegada durante décadas en la política de defensa occidental, pero cuyo valor estratégico cobró una nueva dimensión ante la modernización militar rusa y el deshielo que abre rutas y recursos antes inaccesibles.
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El ejercicio se desarrolló en un contexto de presión creciente por parte de Moscú, que en los últimos diez años avanzó con rapidez en la defensa del Ártico: reabrió decenas de bases soviéticas, consolidó la mayor flota de rompehielos del mundo y reforzó su presencia militar en una zona que representa el trayecto más corto para un hipotético ataque nuclear intercontinental hacia Estados Unidos.
El aumento del poder ruso se evidenció en la península de Kola, vecina a Noruega y Finlandia, donde Rusia concentra cerca de dos tercios de su capacidad nuclear estratégica. Desde allí, la Marina rusa despliega submarinos armados con misiles nucleares y puede lanzar misiles hipersónicos hacia territorio estadounidense, lo que volvió crítica la vigilancia sobre la zona, especialmente en corredores marítimos como el Bear Gap y el GIUK Gap, entre Groenlandia, Islandia y el Reino Unido.
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Noruega mantiene una labor constante de espionaje sobre Kola y comparte información con Estados Unidos, pero las capacidades de inteligencia y vigilancia aliadas enfrentan limitaciones técnicas y climáticas: el equipamiento convencional suele fallar a temperaturas que pueden descender hasta los -45°C en invierno.

La defensa del Ártico exige una presencia naval robusta y costosa. Estados Unidos cuenta con apenas dos rompehielos operativos, mientras Rusia opera 42, algunos de propulsión nuclear. Además, se requiere tecnología avanzada de comunicación satelital, radares de nueva generación, sensores submarinos adaptados a la variabilidad de los océanos por el cambio climático y drones que resistan condiciones extremas.
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El costo estimado de estos desarrollos asciende a cientos de miles de millones de dólares. Al mismo tiempo, el calentamiento global complica la detección de submarinos: los cambios de salinidad y temperatura modifican la propagación del sonido bajo el agua, reducen la capacidad de rastreo y obligan a innovar en sensores y sistemas de alerta temprana.
En los últimos meses, el despliegue aliado en el Ártico ganó intensidad. Canadá anunció un plan de defensa ártica de 35 mil millones de dólares canadienses, que incluye nuevas bases aéreas y una cooperación reforzada con los países nórdicos y Dinamarca, que invierten en barcos preparados para el hielo. Finlandia y Estados Unidos construyen hasta seis nuevos rompehielos, con el primero previsto para el año siguiente, mientras Noruega incorpora fragatas y submarinos.
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Los países nórdicos unificaron sus fuerzas aéreas y lograron una flota de tamaño comparable a la británica. El Reino Unido duplicó su contingente de Royal Marines en Noruega y la OTAN activó un nuevo grupo de 600 soldados en regiones árticas de Suecia y Finlandia.
Pese a estos avances, la atención estratégica siguió dividida por el conflicto en Ucrania. Según exfuncionarios estadounidenses, el foco de recursos y atención se mantuvo en Europa del Este, lo que dificultó priorizar el Ártico pese a los riesgos.
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Por otro lado, el primer ministro noruego, Jonas Gahr Støre, pidió a Europa que reconsidere su veto a nuevas extracciones de gas y petróleo en el Ártico, cuestionando si resulta más seguro importar energía del Golfo Pérsico o de Estados Unidos en lugar de abastecerse de los yacimientos del Ártico, que provienen de un aliado cercano.
Støre remarcó que, tras la invasión rusa a Ucrania, Noruega incrementó sus exportaciones de gas a la Unión Europea, y todo ese aumento salió desde el Ártico, en referencia a la planta de gas natural licuado de Hammerfest, situada al norte del círculo polar. Según el mandatario, si Europa rechaza ese suministro, Noruega buscará otros mercados, y destacó que corresponde a los países europeos decidir de dónde prefieren obtener su energía.
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(Con información de Reuters)
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