
Desde 2022, la Navidad en Ucrania ya no se anuncia con campañas, sino con sirenas y sobresaltos. En algún rincón de Nikopol, a sólo cinco kilómetros de la Central Nuclear de Zaporizhzhia, un niño de trece años extiende la carta sobre la mesa, la caligrafía apresurada, la tinta temblorosa:
—Querido San Nicolás —comienza Maxym, usando el diminutivo ucraniano—, me llamo Maxim. Vivo en Nikopol, en la región de Dnipropetrovsk, pero desde hace más de dos años la ciudad sufre bombardeos constantes y diarios, por lo que estudio en línea en octavo curso.
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En su habitación, los estantes cargan memoria de ausencias. “No tengo contacto directo con mis amigos —escribe—, pero mi gata favorita, Asya, que tiene siete años, es lo único que me hace feliz”. Ni los muñecos ni los videojuegos aparecen en su lista. Solo dos líneas, limpias y desgarradas:
—Quiero pedirte que traigas comida para mi gatito y dulces para mí. Te estaría muy agradecido si cumplieras mi deseo.

La noticia principal se lee entre líneas: en medio de la devastación, los niños de Ucrania transforman los portentos navideños en súplicas mínimas: alimento para quienes aman, dulces que les recuerdan la normalidad perdida. Por instantes breves, la contraparte mágica de la guerra no es el final de los bombardeos, sino la llegada de una bolsa de comida para Asya y un pequeño paquete de caramelos para Maxim.
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El Fondo de Caridad Niños de los Héroes (Children of Heroes Charity Fund) recoge estos susurros en cartas, rotuladas con deseos que rara vez viajan más allá del papel. Desde del inicio de la guerra, la organización reparte milagros diminutos entre los más de 15.000 menores que la guerra arrinconó en la orfandad o el desarraigo: atención psicológica, botas para el frío, medicamentos, la promesa incierta de que “todo estará bien”.
En otro pueblo sin nombre, Anastasiia y su madre viven un presente al que se asoman sólo de puntillas. El padre lleva mucho tiempo desaparecido; el deseo mayor —que regrese, que la guerra se acabe— lo escribe primero, con mano firme:
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—¡Buenas tardes, querido Mago! —Anastasiia elige la palabra mágica que la devuelve a la infancia—. Deseo que termine la guerra y que mi papá vuelva a casa, y también deseo que mi mamá se recupere.

En la mesa nunca hay dulces normales. La tiroides y el corazón de la niña no toleran el azúcar ni el gluten. Aun así, no pierde la ternura en la petición:
—Me encanta comer dulces, golosinas y caramelos, pero no puedo tomar azúcar ni gluten. Por favor, dame unos dulces mágicos que no tengan gluten ni azúcar, por favor.
La escena se dilata entre exámenes médicos, diagnóstico de enfermedades autoinmunes, la sonrisa cansada de una madre con discapacidad que hace equilibrios sobre la felicidad frágil de su hija. Cuando finalmente llega la caja, “caramelos sin azúcar añadido”, la risa vuela por la casa como un pájaro asustado. “No estamos olvidadas” —musita la madre—. El milagro tiene el sabor inusual de lo permitido.
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En Dnipró, Nicole todavía no comprende del todo la ausencia del padre. Apenas tiene seis años y la magia aún reside en el color de una pulsera, el hilo dorado de unas cuentas luminosas, el baile de luces sobre su pared al caer la noche. Este Año Nuevo, su carta brota fantasía desde la primera línea:
—¡Hola! Me llamo Nicole, tengo seis años. Estoy en primer grado y me encanta dibujar, bailar, hacer manualidades y tejer joyas. Me fascina la música, la naturaleza y todo lo místico y poco común.
Los reinos de la guerra y la infancia rara vez se cruzan en la misma oración, salvo aquí. Nicole se atreve a pedir:
—Para las vacaciones de Año Nuevo, me encantaría recibir un kit para hacer joyas y un proyector de cielo estrellado. También me encantan los dulces. ¡Muchas gracias por los milagros que nos regalan! ¡Felices fiestas de Año Nuevo!
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La rutina de mudanzas, los empleos precarios de su madre, la intermitencia de los refugios, todo eso queda suspendido cuando las estrellas —en forma de proyector y cuentas de colores— empiezan a brotar en su habitación. La felicidad, por unos minutos, resulta hipnótica y casi normal.
En la región de Kharkiv, la carta de Denys es tan breve como concreta. Braquiosaurio. Ningún niño del mundo debería dormir sin un amigo. La madre lo recuerda buscando refugio entre mantas, temiendo la noche. Cuando finalmente halla al dinosaurio esperado bajo el árbol, su abrazo deja sin aire a la guerra.
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Más de 2.400 menores han muerto y 1.833 han resultado heridos desde el inicio de la invasión ordenada por Vladimir Putin, según cifras de la ONU. La estadística, que duele y desfigura, sólo se humaniza al escuchar sus voces. Los desplazados suman 737.000, los deportados hacia Rusia superan los 19.000, cientos de escuelas han desaparecido bajo los escombros. Casi un millón estudia solo en línea, ahuyentando el miedo con clases a oscuras. La infancia —que antes era vacaciones, juguetes y descubrimientos— se reduce a un dulce sin azúcar, una lámpara de estrellas, un dinosaurio de peluche.
“A través de la campaña Los milagros de Navidad vienen en muchas formas, ayudamos a cumplir tanto sueños simbólicos de la infancia como necesidades urgentes”, repiten los voluntarios. Las cartas —escritas como conjuros en tiempos de invierno— se convierten, a veces, en milagros. Otras veces, solo en la promesa de que algún día los milagros serán innecesarios.
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Porque en Ucrania, los niños siguen lanzando cartas al viento; y cada deseo cumplido es una victoria de la bondad contra la devastación.
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