Cuando cayó la noche sobre Bondi Beach, la playa más emblemática de Australia, el paisaje era irreconocible. En la arena y sobre las veredas quedaron cochecitos de bebés volcados, mochilas abiertas, sandalias y botellas de agua abandonadas en la huida. Horas antes, ese mismo lugar había sido escenario de una celebración de Janucá junto al mar. Luego llegaron los disparos. Al menos once personas murieron y decenas resultaron heridas en un ataque que la policía australiana calificó como terrorista y dirigido contra la comunidad judía.
Los primeros reportes situaron el inicio del tiroteo alrededor de las 18:40, cuando patrullas policiales ingresaron a la zona tras recibir múltiples llamados de emergencia. Testigos relataron que se escucharon decenas de detonaciones a lo largo de Campbell Parade, la avenida costera que concentra bares, restaurantes, hoteles y edificios residenciales frente al océano.
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“La gente arrastraba a sus hijos para alejarlos, hubo como 40 disparos. Sonaba como fuegos artificiales”, dijo Bianca, una profesora de 26 años, a AFP. “Parecían conmocionados, traumatizados, confundidos”.

Un periodista de AFP observó, tras la masacre, un cochecito de niño abandonado y objetos personales esparcidos, descartados por quienes huyeron en medio del pánico. Un testigo que pidió no ser identificado afirmó haber visto al menos seis personas muertas o heridas tendidas sobre la playa.
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En los restaurantes y comercios cercanos, la reacción fue inmediata. William Doliente Petty, trabajador de la playa, relató a Reuters que se encontraba sirviendo platos cuando escuchó los disparos. “Supe inmediatamente que eran disparos, pero no les presté mucha atención”, dijo. “Luego vi que la gente empezaba a correr y pensé que tal vez era un tiroteo aislado. Pero resultó serlo. Todo el restaurante se levantó y corrimos hacia la salida trasera. Todos empujaban”.

La confusión inicial se repitió en distintos puntos del barrio. Marcos Carvalho, residente de Bondi Junction, contó a Reuters que estaba por irse a su casa cuando oyó los primeros ruidos. “Pensamos que eran fuegos artificiales o algo del festival”, dijo. “Después de seis o siete disparos pensamos que era raro. Alguien empezó a correr y entramos en pánico. Dejamos todo atrás, las chanclas, todo”.
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Carvalho estima haber escuchado entre 40 y 50 disparos. “Seguíamos sin saber qué estaba pasando”, explicó. “Pensamos que tal vez era una falsa alarma, algo de la fiesta. Luego oímos a la policía y las ambulancias y pensamos: ‘Esto es grave’”. Más tarde, al regresar lentamente cuando la policía ya estaba en el lugar, comprendió la magnitud del ataque. “Vimos los cuerpos en el suelo y a las personas heridas”, dijo. “Todavía tengo que procesarlo”.
John Ryan relató a Reuters que también creyó al principio que se trataba de fuegos artificiales. “Pensé que tenía que ponerme a salvo”, dijo. Se refugió en la parte trasera de un local y permaneció allí porque no podía regresar a su auto, estacionado sobre la avenida principal.
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Entre los turistas, el desconcierto fue inmediato. Sam, un francés de 24 años, dijo a AFP que le costaba entender lo ocurrido. “No sé qué pensar. Solo me siento triste por la gente”, afirmó. Camilo Díaz, una estudiante chilena de 25 años, declaró a la misma agencia que los disparos se escucharon durante lo que parecieron diez minutos. “Fue impactante. Parecía un arma poderosa”.

Según la policía de Nueva Gales del Sur, al menos 29 personas resultaron heridas, incluidos dos agentes. Uno de los atacantes murió y otro permanecía en estado crítico. Un hombre y una mujer fueron arrestados posteriormente en una vivienda de Bonnyrigg, y las autoridades confirmaron que los arrestos estaban vinculados con el ataque. La policía informó además que examinaba varios dispositivos explosivos improvisados encontrados en uno de los vehículos de los sospechosos.
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El Sydney Morning Herald identificó a la primera víctima fatal como el rabino Eli Schlanger, rabino asistente en Jabad de Bondi, esposo y padre. Las autoridades no habían difundido aún la identidad del resto de las víctimas. Testigos citados por ese medio señalaron que los atacantes dispararon de manera indiscriminada y que entre las víctimas había ancianos y niños. Uno de los sospechosos fue identificado como Naveed Akram, de 24 años, detenido junto con otro presunto tirador, aunque no estaba claro si era el atacante fallecido.

La dimensión antisemita del ataque fue subrayada por las autoridades. El primer ministro Anthony Albanese lo condenó como “un acto de antisemitismo maligno”. “Un ataque contra los judíos australianos es un ataque contra todos los australianos”, afirmó. El jefe de gobierno de Nueva Gales del Sur, Chris Minns, lo describió como un “ataque horrible y malvado” y expresó que “el corazón sangra por la comunidad judía de Australia”.
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Horas después, Bondi Beach estaba vacía. A pocas cuadras, una mujer sostenía a su bebé con fuerza mientras hablaba por teléfono. Algunos testigos, aún en shock, se refugiaban bajo los toldos de los comercios, fumando y avisando a familiares que habían sobrevivido. Un miembro de la comunidad judía sostenía su kipá entre las manos, una señal visible de la fe que, según la policía, fue el blanco del ataque.
Australia registra pocos tiroteos masivos desde que endureció sus leyes de armas tras la masacre de Port Arthur en 1996. Por eso, el contraste entre la tarde soleada y el silencio posterior resultó difícil de asimilar. “Fue el día más perfecto y luego sucedió esto”, dijo Catherine Merchant a ABC News. En Bondi, los objetos abandonados quedaron como prueba tangible de una violencia que interrumpió, en minutos, una celebración comunitaria y la vida cotidiana de uno de los espacios públicos más concurridos del país.
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