A esta hora, el mundo entero conoce la secuencia. Ayer por la tarde, cuando se elevó la primera fumata negra desde el techo de la Capilla Sixtina, la multitud reunida en la plaza de San Pedro contuvo la respiración un instante —y luego, como si la costumbre regresara de pronto, bajó la mirada. Esta mañana, tras el primer escrutinio del día, el humo volvió a oscurecer el cielo romano. Dos señales, dos negativas que alimentan la duda: ¿qué pasa si el cónclave se extiende?
Tal vez la inquietud sea también hija de una costumbre reciente. Los dos últimos cónclaves fueron rápidos, casi inmediatos. En 2005, Benedicto XVI fue elegido en menos de 24 horas, al segundo día. En 2013, Francisco necesitó solo cinco rondas. Ambos episodios consolidaron la idea de que el humo blanco no tarda, de que la Iglesia moderna decide con celeridad, y de que el Espíritu sopla pronto. Pero esta vez, la espera parece querer instalar otra narrativa. Una más densa, más incierta.
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Como todo en la Iglesia, también esa eventualidad está prevista. No se improvisa en el corazón de la Santa Sede. Hay una regla. Un rito. Una arquitectura de tiempos, pausas y repeticiones pensada no solo para alcanzar una elección, sino para protegerla de la prisa. Si este viernes y sábado siguen sin resultado, el domingo —cuarta jornada desde el inicio del cónclave— se impondrá una pausa obligatoria. “El Espíritu Santo, dicen, también necesita silencio.”

Lo establece la Constitución Apostólica Universi Dominici Gregis, promulgada por Juan Pablo II en 1996. Tras tres días completos de votaciones infructuosas —uno el miércoles, cuatro este jueves, cuatro el viernes y tres el sábado— los cardenales deben interrumpir el proceso por un día entero. Sin votos. Sin humo. Solo oración y diálogo.
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El Cónclave 2025 comenzó ayer con la misa Pro eligendo Pontifice, presidida por el decano del Colegio Cardenalicio. Después, 133 cardenales electores, menores de 80 años y provenientes de 71 países, se aislaron en la Capilla Sixtina, donde se repetirá cada día el mismo ciclo: misa al alba, rezos en común, dos votaciones por la mañana y dos por la tarde. Al final de cada bloque, la mirada del mundo se posa en una chimenea.
Hasta ahora, solo ha salido humo negro.

La composición del colegio actual explica en parte la complejidad: 52 cardenales europeos, 37 americanos (17 de Sudamérica), 23 asiáticos, 17 africanos y 4 de Oceanía. La Iglesia que vota no es homogénea, ni en sus procedencias ni en sus proyectos. Y, desde 2013, ya no puede acogerse a una vía de escape: el papa Francisco, mediante un motu proprio, eliminó la posibilidad de elegir por mayoría simple después de muchos escrutinios. “La única mayoría válida es la de dos tercios. No hay atajos.”
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Si este fin de semana no hay papa, el cónclave entrará entonces en un ciclo sin límite de duración: siete votaciones más, nueva pausa, y así sucesivamente hasta que emerja un nombre con los votos necesarios.
Hubo tiempos peores. El cónclave más largo de la historia comenzó en 1268, en la ciudad de Viterbo, y duró dos años, nueve meses y dos días. El pueblo, harto, terminó encerrando a los cardenales, reduciéndoles la comida y derribando el techo del edificio donde deliberaban. La presión funcionó: eligieron a Gregorio X, quien a su vez instauró reglas para evitar que la historia se repitiera.
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En los siglos siguientes, las reglas se fueron endureciendo. El de 1799 duró más de tres meses. En 1830, casi cincuenta días. El de 1922, catorce. En el último siglo, la Iglesia aprendió a acortar tiempos, pero el riesgo de estancamiento nunca desapareció.

Hoy, con una Iglesia más fragmentada, más global y con más voces en pugna, la pregunta resuena: ¿qué nos dice la demora? Algunos la leen como una señal de equilibrio. Otros, como síntoma de fractura. Lo cierto es que la falta de humo blanco no significa ausencia de fe, sino que —quizás— todavía no hay un nombre capaz de reunirla.
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Mientras tanto, la plaza sigue esperando. Y si el domingo amanece sin anuncio, sin campanas, sin “Habemus Papam”, lo que vendrá no será el final del cónclave, sino su renovación.
Una pausa. Y después, otra ronda de votos y así hasta que llegue el próximo heredero del trono de Pedro.
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